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Actualizado el 08/12/2016

Blog de Pedro Palominos Belmar. Es SmartCityLab Universidad de Santiago de Chile

Pedro Palominos Belmar

Pedro Palominos Belmar

SmartCityLab Universidad de Santiago de Chile
Las ciudades inteligentes y la seguridad ciudadana

Las ciudades inteligentes y la seguridad ciudadana

 

Esta columna fue escrita en conjunto con Juan Barrientos Maturana.

La OCDE publica cada año su ‘Índice para una Vida Mejor’. El estudio de 2016 ubicó a Chile como uno de los peores, ocupando el lugar 34 entre una lista de 36 países evaluados. La medición abarcó el nivel de bienestar ocupando once parámetros, entre los cuales destaca el de seguridad.

Se trata de un tema que convoca gran interés en nuestro país, lo que fácilmente se desprende del volumen de propuestas que impulsaron sobre la materia los candidatos durante las últimas elecciones municipales.

En el estudio, Chile aparece con nota 5,4 en este indicador, puntuación baja considerando que sólo superó a Rusia, Sudáfrica, México y Brasil. Si revisamos el detalle, la cifra de personas que se sienten seguras al caminar solas por la calle durante la noche deja al país en el lugar 35 de 38. Un poco más arriba, en el lugar 31, nos ubicamos en lo que refiere a nuestra tasa de homicidios (promedio reportado por cada 100 mil habitantes), obteniendo una nota de 3,8. Sin embargo, está claramente por debajo del promedio de la OCDE.

Es frente a este tipo de temáticas y desafíos, que las ciudades inteligentes o Smart Cities deben generar propuestas y soluciones innovadoras, que pueden ser tremendamente eficientes y exitosas en el combate de problemas, como la inseguridad. El paradigma de las ciudades inteligentes apunta no sólo a mejorar la calidad de vida de los ciudadanos, sino que también que quienes habitan las urbes también sean protagonistas de las soluciones. Todo indica que los proyectos desarrollados a la fecha en Chile son insuficientes.

Además, parece comprobarse de manera elocuente que un mayor gasto en infraestructura de seguridad no resulta una solución eficiente al problema. Basta ver el caso de Estados Unidos en el estudio OCDE, que pese a desembolsar mayores recursos por este concepto, está por debajo de países como Chile. Al contrario, podría incluso generar un efecto adverso, pues cuando una persona debe equipar su casa con alarmas y cámaras, contratar a empresas, tener siempre a la mano los teléfonos de las policías y pagar guardias en sus condominios, no está claro si, al final del día, se siente más o menos segura.

En este sentido, además de la labor y responsabilidad de los organismos tradicionales en la persecución del crimen, es determinante la acción complementaria de los ciudadanos, la colaboración social y en la que la ayuda que brindan las nuevas tecnologías pueden ser decisivas. Una Smart City logra usar eficientemente sus recursos, con la finalidad de mejorar la calidad de vida de sus habitantes.

Las claves de la  seguridad

Una ciudad genera en sus habitantes una mayor sensación de seguridad cuando logra instalar la idea de la colaboración social para la protección mutua, cuando incrementa su confianza en las instituciones encargadas de velar por estos servicios y cuando los recursos utilizados se usan de manera inteligente.

El dilema es que si bien la colaboración social es esencial, resulta a menudo una meta compleja. Cuando los ciudadanos perciben temor, naturalmente entran en un círculo de desconfianza hacia el otro y hacia las instituciones. Por eso, este es el punto donde mayor trabajo se requiere.

Resulta vital que las personas logren reencontrarse con sus vecinos en los espacios públicos. Las alarmas comunales de la década de 1990 fueron exitosas cuando se  requirió del empoderamiento de las comunidades frente a la delincuencia, pero hacer sonar silbatos o tocar campanas son soluciones extemporáneas en una época absolutamente digitalizada como la actual.

Con la creciente penetración de los smartphones y las redes sociales,  estos mismos medios pueden utilizarse para impulsar el encuentro comunitario. Es en este contexto que los desarrolladores de aplicaciones tienen un enorme campo de acción para que el ciudadano retorne a la vida de barrio. Un grupo cohesionado en un condominio, edificio, pasaje o cuadra será siempre un complejo obstáculo para la delincuencia.

Por supuesto que el rol de las policías es importante. A diferencia de lo que ocurre en otros países de la región, Carabineros de Chile cuenta con una gran validación social, ubicándose repetidamente entre las instituciones que más confianza generan en la población. La colaboración de la ciudadanía con la institución uniformada es central, y la rápida respuesta de ambas partes es crucial para enfrentar la delincuencia.

Sin embargo, no puede desconocerse que la ciudadanía cuestiona simultáneamente el rol de la justicia y aspectos como la denominada “puerta giratoria de la delincuencia”, el hacinamiento en las cárceles y la amnistía a presos, que sólo acrecienta la percepción de impunidad y la ciudad se hace impresentablemente ineficiente al producirse un desbalance entre las detenciones y las condenas. Por otro lado, algunos medios de comunicación, especialmente programas de televisión centrados en la criminalidad y la crónica roja, contribuyen en ciertos casos a que los ciudadanos incrementen sus sentimientos de vulnerabilidad, desconfianza e incluso de violencia. Como postula el psicólogo canadiense Albert Bandura, a propósito de su concepto de “efecto de aprendizaje vicario”, las personas expuestas a imágenes de violencia también se tornan más violentas con quienes le rodean.

La tecnología debe ser mediadora de una ciudadanía empoderada, que vuelve a confiar en el otro, y las instituciones encargadas de velar por la persecución y el castigo de la delincuencia. Tenemos que ser capaces, como sociedades inteligentes, responsables y eficientes, de desarrollar y fomentar el desarrollo de soluciones que permitan el acceso universal, la instantaneidad y la seguridad.

Aplicaciones para smartphones que permitan avisar sobre actos delictuales de manera inmediata; postes inteligentes con botones de alerta; iluminación eficiente en espacios públicos; tecnologías que permitan la coordinación de distintas comunidades de vecinos e, incluso, la promoción de noticias que apunten más a la colaboración que al individualismo, son herramientas necesarias y urgentes de fomentar.

También es necesaria la coordinación de diferentes instancias, para conseguir objetivos comunes. Tal es el caso del uso de cámaras de seguridad, las cuales deben servir no solo para verificar el tránsito, sino que para informar a todos los involucrados en la prevención y persecución de la delincuencia. Existen esquinas que poseen múltiples cámaras solo por el hecho de confluir allí instituciones públicas con actores privados.

La tecnología debe servir como puente entre la institucionalidad y el ciudadano, entregando un mayor nivel de certeza y seguridad que las tradicionales redes sociales. Para eso, se requieren aplicaciones específicas, que conciban un tratamiento y un destinatario distinto.

Según la OCDE, estamos aún lejos de alcanzar los estándares de frontera, pero a diferencia de otros indicadores, que implican necesariamente enormes inversiones, la seguridad parece requerir medidas que involucran al ciudadano común. Se trata de uno de los aspectos más valorados por los habitantes de una ciudad. Por eso, debemos volver a confiar en el otro, en las instituciones y en la posibilidad de usar la tecnología como una plataforma de colaboración que nos brinde una mejor calidad de vida como habitantes de la ciudad y un mayor nivel de desarrollo.

 

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