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Actualizado el 07/12/2017

Blog de Álvaro Matus. Es Periodista

Álvaro Matus

Álvaro Matus

Periodista
Reportera del dolor

Reportera del dolor

Son muchos los documentales biográficos que adolecen de jerarquización de la información y tensión narrativa. Sus realizadores confían en que el solo nombre (o la fama) garantiza el atractivo de la película, desconociendo que la personalidad de cualquiera puede ser delineada a través de unas pocas experiencias. La lección de Borges, en este sentido, también resulta fundamental para los cineastas: uno o dos acontecimientos permiten entender el destino de un hombre.

Parece que los biopic beben demasiado de Freud: se enredan en la infancia, en la relación con el padre y en detalles que más que alumbrar, aburren. Me ha pasado con documentales de rockeros, narcotraficantes, deportistas y, ahora mismo, con El centro cede, sobre la escritora Joan Didion. Distinto es el caso de Boris Becker, el jugador, que está lejos de la exhaustividad biográfica: a partir del presente, marcado por una deuda que atemorizaría a cualquiera y el desgaste irreversible de un tobillo, la cinta indaga en lo que hace que Becker desconozca las derrotas económicas que se han sucedido, una tras otra, después de su retiro.

Pero me desvío. El documental de Didion se detiene en cada etapa de su vida y repasa sus libros con una ecuanimidad que termina ocultando las cimas. Poco jugado, El centro cede se limita a mostrarla como la gran cronista de la movida contracultural de los 60 y los cambios vertiginosos que la sociedad gringa experimentó en los 70 y 80.

Puede que todo eso sea verdad, pero lo que Didion ha hecho mejor que nadie es reportear el dolor, desde las migrañas hasta la muerte de un ser querido. Su propia internacionalización vino con la publicación de El año del pensamiento mágico, un ensayo sobre el duelo, es decir, sobre la fragilidad, la autocompasión, la culpa, la aflicción y el sinsentido en que se puede transformar la vida sin el otro. Es un texto sentido y abierto en múltiples direcciones, que Didion escribió casi un año después de que su esposo falleciera de un infarto, en circunstancias especialmente complicadas, pues su única hija se encontraba en coma debido a una septicemia.

“Te sientas a cenar, y la vida que conoces se acaba”, escribe Didion en este ensayo que cuestiona “el deber ético del goce”, esa admiración que existe hacia quien no demuestra su dolor. Asimismo, analiza su enfermedad (porque eso es el duelo), en aspectos muy puntuales, como las fallas en la memoria, la falta de apetito y esa sensación descorazonadora de vivir sin futuro, cuando ya todo son recuerdos.

Dos años después de la partida de su esposo, Didion sufrió la muerte de su hija. Narró este duelo en Las noches azules, volumen que junto a El año del pensamiento mágico conforman una melancólica meditación sobre el paso del tiempo. No sé si fue Pessoa o Tabucchi el que definió la vida como “una suma de restas”, una imagen que podría aplicarse a estos hermosos libros que Didion le ha dedicado al dolor y la pérdida.

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