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Actualizado el 13/03/2017

Blog de Alberto Rojas. Es Director del Observatorio de Asuntos Internacionales, de la Facultad de Comunicaciones y Humanidades de la Universidad Finis Terrae

Alberto Rojas

Alberto Rojas

Director del Observatorio de Asuntos Internacionales, de la Facultad de Comunicaciones y Humanidades de la Universidad Finis Terrae
Trump y la amenaza de los “hechos alternativos”

Trump y la amenaza de los “hechos alternativos”

Para el próximo lunes 20 de marzo, la Cámara de Representantes de Estados Unidos tiene previsto realizar la primera audiencia acerca de la supuesta injerencia de Rusia en las elecciones presidenciales del año pasado. Pero también será la instancia para analizar la grave acusación formulada por el propio Donald Trump —a través de su cuenta personal de Twitter—, relativa a que el ex Presidente Barack Obama habría ordenado intervenir su teléfono durante la campaña.

Hasta la fecha, el gobierno de Trump no ha entregado pruebas que respalden esta denuncia que, a pocos días de que cumpla dos meses en la Casa Blanca, debe ser de las más graves que ha formulado.

Obama, rápidamente, ya desmintió dichas afirmaciones a través de un vocero. Y James Comey, actual director del FBI, pidió al Departamento de Justicia que negara las acusaciones de Trump contra el ex Mandatario, aunque sin éxito.

En el contexto de la historia y la política estadounidenses, que un Presidente en funciones realice este tipo de acusaciones en contra de su predecesor, es casi inédito. Sobre todo para un país en el que el fantasma del Caso Watergate —que le costó su segundo mandato a Richard Nixon— aún ronda los pasillos de la Casa Blanca.

De comprobarse que la acusación de Trump es real, esto tendría consecuencias devastadoras para Obama y su legado. Pero, del mismo modo, si la Cámara demuestra que no existen pruebas contundentes de ese supuesto espionaje, Trump deberá responder por haber difundida una mentira.

La relación entre Trump y la realidad ha sido compleja. Ya durante la campaña, los medios de comunicación se vieron enfrentados —con gran desconcierto— a que el entonces candidato republicano tenía la capacidad de afirmar cosas que no eran correctas. O de las cuales podía retractarse en cuestión de horas. Algo que muchos consideraron que no tendría mayores repercusiones, salvo por el hecho de que lejos de haber sido hechos aislados durante ese periodo, se volvió una constante al interior del nuevo gobierno.

El primero se produjo apenas dos días después de asumir la presidencia, el pasado 20 de enero, cuando una de sus asesoras más cercanas, Kellyanne Conway, en una entrevista televisiva se refirió a la existencia de los “hechos alternativos”. Un concepto que surgió a partir de las fuertes críticas al vocero Sean Spicer, luego que en una conferencia de prensa asegurara que los medios de comunicación habían mentido respecto de la baja asistencia de partidarios a la ceremonia de cambio de mando de Trump, comparada con la de Obama en 2009.

A este se sumó el episodio en que Trump afirmó que la tasa de homicidios en Estados Unidos estaba “aumentando horriblemente”, siendo que la situación era al revés. O que en las elecciones presidenciales habían votado tres millones de indocumentados, lo que explicaba la ventaja de Hillary Clinton en el voto popular. Sin olvidar cuando el Mandatario hizo referencia a un supuesto atentado terrorista en Suecia que jamás había ocurrido.

En tiempos en que el inquietante concepto de la “posverdad” parece haberse instalado con fuerza, resulta imprescindible que tanto las autoridades como los medios de comunicación —de cualquier país— tengan presente la responsabilidad que implica responder a la confianza de la sociedad. Distorsionar los hechos socava la credibilidad de las fuentes de información que incurren en eso, genera incertidumbre y desconfianza en la ciudadanía, e impide tomar decisiones correctas. Algo que escala en gravedad cuando esos “hechos alternativos” provienen del gobierno del país más poderoso del mundo.

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