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Actualizado el 20/04/2017

Blog de Juan Ignacio Brito. Es periodista

Juan Ignacio Brito

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Venganza de los nerds

Venganza de los nerds

DESPUÉS DE sufrir una dura derrota la semana pasada con el abandono forzado de Ricardo Lagos, lo que podríamos denominar “las fuerzas del establishment” han conseguido un triunfo resonante con la decisión del SII de descartar la vía penal en los casos de empresas investigadas por aportes irregulares a la política.

El contrataque ha sido fulgurante y confirma una tendencia que se registra de manera simultánea y no relacionada en varios frentes dispersos: uno de los candidatos a la presidencia de la Sofofa proviene del tronco del grupo económico que se coludió por años en los mercados de los pañales y del papel tissue; en la derecha, se consolida el candidato que representa -en voz de un connotado analista- “la única opción para volver a la sensatez que reinó entre 1990 y 2014”, mientras la DC se resiste a claudicar frente a la incógnita que plantea Alejandro Guillier, aunque no se sabe bien si lo hace porque verdaderamente pretende seguir el camino propio o porque quiere bajar en condiciones más ventajosas a su abanderada en el futuro.  

El “partido del orden” parece basarse en un realismo pesimista: la democracia y la política tienen limitaciones obvias. Son “mediocres”, como recalca Daniel Innerarity. Requieren de la construcción de consensos trabajosos que toman tiempo y que deben ser negociados sin que nadie pueda aspirar a un triunfo absoluto. El juego político democrático exige entender que es imposible ganarlo todo: hay que ceder.

Pocos podrían refutar la sensatez de ese realismo.

Sin embargo, el problema es que en la versión del Chile de los 90 y la primera década de este siglo dicha actitud condujo a lo que Alfredo Jocelyn-Holt denominó con acierto el “transar sin parar”. Todo se hizo negociable, incluso los principios, al punto que la derecha se sometió a un cosismo que la vació de contenido y la centroizquierda se rindió ante la popularidad de una Michelle Bachelet que terminó personalizando y dejando sin alternativas a la centroizquierda. En ese entorno ocurrió el gran divorcio que hoy nos aqueja: por un lado, los miembros de la elite adquirieron una influencia enorme que muchos usaron para servirse a sí mismos; por otro, el público se alejó desencantado y molesto.

Si el establishment no toma nota de estas nuevas realidades y de las fragilidades del experimento noventero, pecará del voluntarismo que tanto critica a sus rivales. Idealizar los 90 porque en esa época el país crecía al 6% anual y reinaba una calma superficial es tan ciego e imprudente como promover una retroexcavadora que barra con todo lo que está en pie.

Las preguntas claves son si el intento restaurador que se ha puesto en marcha tendrá la fuerza para imponerse y si, de lograrlo, será capaz de entender que el país necesita reformas importantes y un cambio de actitud verdadero, no cosmético. Si la respuesta a cualquiera de estas preguntas es negativa, a la larga resultará inevitable que los bárbaros toquen a la puerta.

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