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Actualizado el 22/10/2017

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Álvaro Bisama

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Wena Profe: la comedia de la inocencia

Wena Profe: la comedia de la inocencia

¿Cuánto tiene que ver la realidad con la ficción? ¿Cómo influye la política en los culebrones? ¿Podemos usarlos para leer el debate público? Estas tres preguntas aparecen a la hora del análisis de Wena profe, la teleserie vespertina de TVN, protagonizada por María Elena Swett y Marcelo Alonso. Anoto esto porque a primera vista, la sombra de las dos temporadas de El reemplazante (la serie sobre un colegio que exhibió el mismo canal entre los años 2012 y 2014) se extiende sobre el relato de modo alargado. La razón tiene que ver con el hecho de que después del 2011 (el año en que la movilizaciones estudiantiles marcaron la agenda del país), cualquier narración enmarcada en una escuela tiene, aunque no lo se lo proponga, un costado político urgente.

Al parecer, ese costado no es tan explícito en Wena profe, que tiene la forma de una comedia adolescente: Alonso es el profesor de música que se enamora de Swett, la directora del colegio donde trabaja. Al lado de ellos hay alumnos, alumnas, apoderados, amigos y enemigos en una corte de secundarios que refleja el ecosistema que rodea a un establecimiento educacional. En esa trama ficcional, Alonso tiene una relación compleja con su hija y el hijo de Swett es un desastre. Así, la vida escolar se escenifica como una picaresca no exenta de encanto gracias a que Carolina Arregui (que es la dueña del colegio) es capaz de construir un personaje complejo, capaz de darle una profundidad inesperada a la intriga.

Rápida y eficaz, el culebrón asume su costado teenager como una suerte de consigna, lo que la vuelve una apuesta interesante para el horario, gracias a una estructura coral bien trabajada y veloz. De este modo, antes que una trama llena de secretos, Wena profe se propone más bien desde la lógica de una serie juvenil, donde antes que la intriga de fondo importan más la problemática cotidiana del mundo que describe, haciendo que la tensión romántica entre los protagonistas sea apenas una de las muchas historias que se presentan. Aquello le quita dramatismo pero le da velocidad; modulando cualquier estridencia y dotando de coherencia interna a lo que vemos. Gracias a lo anterior Wena profe no funciona como una comedia desbocada como Tranquilo Papá (Mega) pero tampoco juega a la corrección insípida que terminó apoderándose de La colombiana.

Por el contrario, lo más potente de la nueva teleserie de TVN es que se toma las cosas con calma mientras desliza sin estridencias el drama verdadero que anima a sus protagonistas y figurantes: Swett ha sido víctima de violencia intrafamiliar, Alonso pasó un tiempo en la cárcel y entre los estudiantes el bullying y el clasismo asolan como lenguajes de lo cotidiano. Nada de esto aparece en la superficie pero todo está ahí, puros pedazos del corazón trizado que late debajo de la trama.

Por lo mismo, en el momento exacto en que el debate sobre el funcionamiento del sistema escolar es parte de la agenda política diaria, Wena profe trabaja de modo metafórico las formas de relación que se dan ese mismo sistema. En El reemplazante aquello era descrito como una crisis terminal. Acá esa crisis existe de modo más solapado tomando el aspecto de caricaturas aparentemente inofensivas, dados el horario y la necesidad de disputar un rating esquivo.

Pero es solo una apariencia: el colegio es un universo bonsai capaz de encarnar al país completo. Eso hace interesante a la teleserie, que describe al sistema escolar desde sus lugares comunes pero también volviendo héroes románticos a unos docentes quebrados en medio de un mundo escolar feroz y mezquino. Ahí quizás la comedia se supera a sí misma y funciona como una lectura posible de un universo ritualizado, reacio a los cambios y en permanente tensión por los mismos. Por supuesto, la eficacia del relato que Wena profe ejecuta todos los días hace que soslayemos esa posibilidad de lectura pero ésta sigue ahí, agazapada bajo las luces falsas del set, convertida en un drama que apenas se esboza pero que justamente vuelve agridulce y urgente la levedad de lo que vemos.

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