La responsabilidad de casi todo esto la tiene Frank Sinatra.

A principios de los 80, el empresario brasileño Roberto Medina acumulaba experiencia en la publicidad y los espectáculos, y lo desvelaba la quimera de levantar un megaevento en sincronía con el retorno de la democracia a su país luego de casi dos décadas de dictadura. Viajó hasta EE.UU., agendó reuniones con una cincuentena de mánagers y a todos les narró su plan de convertir a Río de Janeiro en el eje planetario del rock, pero solo recibió portazos de vuelta. En una Sudamérica aún con resaca de los regímenes militares, con gruesos índices de pobreza y casi irrelevante en la agenda de las superestrellas, nadie le creyó.

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Hasta que se acordó del viejo Frank. En 1980 había organizado en el Maracaná el mayor show que el cantante daría en su vida -175 mil personas- y había tejido una amistad sostenida en el tiempo. "Llegué a Los Ángeles y le conté la historia. Le pedí que me consiguiera una cita con la prensa y reuniones con los agentes de los artistas. Y lo hizo. En un día tenía listo a casi todos los músicos", cuenta Medina a Culto, justo en la oficina que tiene en la llamada Ciudad del Rock, el lugar donde el 27 de septiembre se iniciará la octava versión de Rock in Rio.

Curioso: Sinatra, el artista que menos simpatía tuvo hacia la cultura rock, había dado el empujón final hacia un hito del género. En enero de 1985, el debut del festival congregó uno de los carteles más impresionantes de todos los tiempos -Queen, Iron Maiden, AC/DC, Ozzy Osbourne, Yes, Rod Stewart- y juntó a un millón y medio de personas en 10 días. Pero también algo más: estableció una marca gigantesca en la escena de los festivales, hasta hoy un festín cuya programación corta el aliento -este año estarán Drake, Red Hot Chili Peppers, Foo Fighters, Bon Jovi, Muse, los mismos Maiden- y que creció hasta tener réplicas en Lisboa, Madrid y Las Vegas.

La misma franquicia que tiene a Chile en la mira como su próximo destino.

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Medina recuerda que hace casi 40 años conversaba con su esposa durante las noches el sueño de lograr el primer Rock in Rio. Hace cerca un mes también hablaba con su mujer el anhelo de extender la cita hacia otras latitudes del continente, con Santiago como la principal alternativa.

Alrededor de esos días, según relata, recibió a través de sus asesores un mail del productor chileno Felipe Araya, de amplia experiencia en la producción de eventos vinculados a marcas y a las principales empresas del país, quien le presentaba el proyecto de exportar el festival hacia la capital chilena. Se reunieron en Brasil semanas después, analizaron el negocio, conversaron de las cualidades del mercado nacional y empezaron a trazar las coordenadas del inminente arribo del mayor encuentro musical del planeta, estableciendo una fecha para su debut: octubre de 2021.

Un plan que en los próximos días tendrá algunos acercamientos con sponsors locales y que quedaría sellado de forma definitiva en las semanas subsiguientes. Así trabaja Medina: con plazos extensos, con abrumadora claridad sobre las cifras que agita su negocio y con un entusiasmo desbordante ilustrado en un portuñol que marcha a alta velocidad.

"¿Por qué no Chile? Es un país tranquilo, con una economía estable, una comida buena, me pareció lógico. Esto puede ser una contribución para el turismo de Santiago, una cosa buena que puede aportar en muchos sentidos", asegura el productor brasileño, avalado por estadísticas que hablan de un impacto de US$500 millones en la economía de la ciudad durante las jornadas del espectáculo.

Luego sigue: "La proximidad con Brasil también me parece que puede ser un complemento. Acá las entradas se venden en horas y tienes casi 200 mil personas que no pueden ir, y para Santiago tienes cuatro horas de vuelo, está muy próximo. Entonces, la potencia económica que hay en Brasil creo que puede ser un 'gana-gana' para Chile, para los empresarios, para los músicos y para los sueños. Tiene que ser un placer para ambas partes. Tiene que ser un placer combinado con elevar a Chile en un proyecto económico importante, que le pueda dar visibilidad en toda América".

-¿Por qué pensó en Santiago?

-Estuve ahí dos o tres veces y es una ciudad tranquila y sólida. Brasil va a tener una importancia para la economía de Chile si lo hacemos y tenemos la situación perfecta para hacerlo. Sería una salida de la marca para América Latina. Argentina es un gran mercado, el principal que envía personas para Río desde la primera versión, pero sufre una inestabilidad política y económica muy grande, no sería una opción. Nosotros debemos tener tranquilidad en esos aspectos para trabajar. Y si hacemos una proporción, por ejemplo Lisboa, que este año está completando 15 años desde que llegó Rock in Rio, es una ciudad con 800 mil personas, mientras Santiago tiene cinco millones, es un país con una economía mucho mayor a la de Portugal.

Por otro lado, Medina adelanta que la entrega santiaguina iría una semana después de su matriz carioca -por lo general, culmina los primeros días de octubre- y prácticamente con el mismo lineup de artistas. De hecho, desde hace años que parte de las figuras de Rock in Rio siempre terminan desembarcando en conciertos en solitario en Santiago; esta temporada es el caso de Iron Maiden, Muse, Scorpions y Weezer. Eso sí tendría una duración más abreviada: mientras en la ciudad del carnaval se extiende por siete jornadas, repartidas en dos fines de semana, en Santiago se haría en cuatro días.

Hay otro punto de relevancia. En Río, la Ciudad del Rock se monta en un gigantesco recinto cedido por la municipalidad local a los organizadores, quienes lo readecuaron para que durante el año se utilizara para otros eventos e incluso sirvió para los Juegos Olímpicos de 2016. También cuenta con características especiales, como la ausencia de baños químicos -se usan urinarios conectados al alcantarillado- y de cables arrojados sobre el piso, además de nueve escenarios que incluyen uno llamado Espacio Favela, con músicos reclutados de las barriadas cariocas, y varios arenas, entre ellos uno que cobijará a la compañía argentina Fuerza Bruta. En Santiago, aún está en análisis el recinto.

Medina sigue: "En Portugal, yo me quedé con un parque que estaba muy deteriorado y ahí el gobierno hizo gran parte de la estructura. En España, el municipio de Arganda del Rey hizo una inversión muy fuerte para hacer un sitio de música, diseñado para aquello. En Chile sería diseñar el proyecto en manos de ingenieros y arquitectos, quizás aprovechando un parque ya hecho, que tenga buena condición de tráfico y que tenga belleza, porque eso es importante. Siempre es clave el apoyo del gobierno. Es la base. Yo hago la Ciudad del Rock y después el gobierno la puede usar para otras cosas. Se queda ahí, si quieres hacer conciertos de otros cantantes, tienes una estructura sólida. Estoy muy ilusionado con la idea de hacerlo en Chile".

-En Chile ya hay un festival exitoso, Lollapalooza. ¿Cree que pueden convivir ambos?

-Mira, por ejemplo, en Portugal hay un proyecto similar a Lollapalooza, que es muy bueno, pero no tiene nada que ver. Se hace en otro momento. ¿Cuándo se hace Lollapalooza en Chile?

-En marzo.

-Este sería en octubre. El patrocinio aquí en Rock in Rio sería con certeza mucho mayor que los otros festivales, porque es otro proyecto. No me parece una competencia, es una cosa que no tiene que ver con la otra, esto no es igual a Lolla o Coachella en nada. La dimensión y el acercamiento son distintos. Aquí hay una inversión muy pesada, no tiene parámetro en América, estamos hablando de casi 150 millones de dólares. Y hacemos un trabajo de comunicación de esto que no hay en el mundo. Estamos hablando ahora la posibilidad de hacerlo en Chile y, si continuamos, vamos a hacer un lanzamiento que tiene que ser una bomba.

En la segunda mitad del diálogo, Medina habla de Bolsonaro -dice que lo conoce y que la situación económica de Brasil está mejorando, aunque recalca que lo suyo no es mezclarse con la política- y recuerda que cuando conoció a Freddie Mercury le pareció un tipo "tímido", aunque tiene más calificativos para Prince: "Es el artista más extraño con el que he trabajado". También se para, muestra un mapa del festival pegado en la pared, y con un lápiz traza una y otra vez líneas sobre un papel para bosquejar su proyecto de traer Rock in Rio a Santiago. A metros lo observa una figura de bronce del Quijote, uno de sus oráculos, mientras sobre una mesa un resumen biográfico entregado por sus encargados de prensa dice: "Una vez que le surge la inspiración y una idea toma forma en su mente, ya no hay vuelta atrás".