El pop coreano en la primera línea

Imagen-A_UNO_248401pw

En enero, el Estadio Nacional albergó un festival de K-Pop de dos días.

Tras ser mencionado en un informe de inteligencia sobre influencia extranjera en los disturbios, productores e investigadores ligados al K-Pop ponen en duda ese vínculo y analizan cómo éste ha permeado en una generación de jóvenes chilenos.



A siete años de su aterrizaje oficial en Chile con el primer concierto de este estilo en Santiago, el K-Pop, el género musical que Corea del Sur exporta al mundo, vuelve a ser tema país.

Un vínculo que The New York Times consignó en un reportaje de 2017, donde dio cuenta del singular culto a esta música en Chile, y que reflota ahora desde un frente inesperado, luego que La Tercera revelara parte del informe de "big data" que la Agencia Nacional de Inteligencia habría enviado al gobierno con actividad en redes sociales desde el 18 de octubre. Allí se menciona el gusto por el K-Pop como factor común dentro de la caracterización del segmento más joven ligado a la protesta social.

Una vinculación que ha llamado la atención tanto en las principales agencias de noticias de Corea del Sur -que han destacado la noticia- como también entre los fanáticos locales de un género que, en general, no contiene en sus letras alusiones a temas sociales o a política contingente. Más bien las prohíbe.

Manejada por un puñado de gigantescas agencias que controlan el mercado, la millonaria industria del pop de Seúl recluta a sus artistas (o "ídolos") desde muy jóvenes para inculcarles disciplina de trabajo y los valores de la conservadora sociedad surcoreana. Además del rígido entrenamiento al que son sometidos, con clases de baile y canto, los cantantes firman contratos que incluyen restricciones con respecto al consumo de alcohol y drogas o incluso para referirse públicamente a sus relaciones de pareja u opiniones políticas.

"No me gusta hablar de apolítico, para mí todo es político, pero sí veo que acá la lógica es que el K-Pop en sí no tiene afiliaciones políticas específicas, sino que ciertos objetivos, como la superación personal, salir adelante, trabajar duro, que es algo muy asiático y que puede hacer eco acá", comenta Constanza Jorquera, investigadora asociada del Centro de Estudios Coreanos de la Usach.

Si bien durante las manifestaciones han aparecido carteles o vestimentas vinculadas con este movimiento musical -sumado a la convocatoria para este viernes a la "marcha K-Pop más grande de Chile", difundida ayer en redes sociales-, Jorquera asegura que son imágenes o mensajes que los jóvenes "pueden poner en un cartel o compartir contenido alrededor de eso, pero no es que el K-Pop en sí llame a eso".

Políticamente correcto

Estilísticamente, el pop de Seúl combina diversos elementos de la música anglo pero deja de lado las letras explícitas o referencias sexuales de otros ritmos de gusto masivo, como el hip hop o la música urbana latina. Y salvo excepciones, como el popular conjunto BTS -que logró llegar al mercado estadounidense-, la mayoría de los grupos de la escena no abordan temáticas LGBT, que siguen siendo tabú en Corea del Sur.

"La sociedad coreana es muy resguardada en lo políticamente correcto, para bien o para mal. Los 'idols' tienen tanta presión que en el último tiempo hemos visto una seguidilla de suicidios de tanto que se les exige ir por el camino correcto", comenta Lorena Miki, periodista y parte de la producción de algunos eventos de pop coreano que se han hecho en Chile, como el SM Town Live, festival que marcó un hito en enero pasado con dos fechas consecutivas en el Estadio Nacional.

El productor de este último concierto, Gonzalo García, también a cargo de los primeros recitales de pop coreano que se realizaron en Chile en 2012, ha seguido de cerca la expansión local de este fenómeno, que se ha traducido también en bloques en televisión y radios dedicados al tema, incluso en el debut de un grupo de K-Pop en la pasada Teletón.

"Algo que tiene y que nunca he visto en otro género es una cierta pureza, son cabros que se instalan en el parque San Borja bailando, compartiendo, no ves a nadie tomando o drogándose", asegura. Y agrega: "Es un movimiento muy sano, de niños y adultos con un gusto musical muy particular. Pero nunca hemos tenido problemas en los conciertos, manifestaciones de ningún tipo, como quizás sí se puede ver en un concierto de rock, por ejemplo".

Comenta