Tiger King: la historia de asesinato, violencia y locura de Joe Exotic

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La delirante serie documental —convertida en el nuevo fenómeno de Netflix— revive el conflicto entre la propietaria de un supuesto santuario de grandes felinos en Estados Unidos, sospechosa del crimen de su exesposo, y otro extravagante empresario redneck de parques zoológicos hoy en cautiverio. Una extraña mezcla de poligamia, amputaciones innecesarias, conspiración de asesinato y tigres, muchos tigres.


Cuenta Rachel Syme, firma notable de The New Yorker, que encerrada en casa por la cuarentena comenzó a repetirse

Grey's anatomy

, pero que la abandonó al instante porque en la ficción nunca faltaban mascarillas entre los médicos.

Desmotivada probó con Tiger King.

"De repente habían pasado siete horas", tituló Syme su crítica a la adictiva docuserie de siete capítulos estrenada por Netflix.

Ya desde el título, el documental Tiger King: asesinato, violencia y locura se queda corto.

La serie no solo profundiza en el demencial enfrentamiento que durante años mantuvieron Joseph Schreibvogel —alias Joe Exotic, aka Tiger King—, un criador y traficante de grandes felinos, propietario de un parque de animales donde exhibía con cuestionable ética a cientos de tigres, y Carole Baskin, una supuesta defensora de los animales y dueña de otro lucrativo santuario de fieras.

Los directores Rebecca Chaiklin y Eric Goode consiguen perfilar a una serie de personajes borders, hortera, rednecks y traficantes de todo tipo de mercancías, que componen un cuadro demencial del llamado Estados Unidos profundo y sus aspiraciones y deseos más enfermizos.

El resultado es tan adictivo como hacerse una selfie con un cachorro de tigre, una de las claves del éxito de los parques según explican en la serie.

¿Devorado por tigres?

Entre enormes ligres, leones, jaguares, panteras, chitas y sobre todo tigres —por ahí deslizan el dato de que solo en Estados Unidos hay más que en todo su hábitat natural—, el submundo de los parques zoológico en ese país asoma apenas como el paisaje de un entramado delirante y violento.

Carole Baskin, vestida casi siempre con animal print, aparentemente benefactora de los grandes felinos desde su propio parque en Florida y enemiga pública de Tiger King, pretende camuflar un pasado oscuro.

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Violada por tres vecinos a los 14 años, conoce a su segundo esposo una noche a los veinte caminando descalza por una autopista.

Varios años de matrimonio después, Don Lewis, el multimillonario veinte años mayor y esposo de Carole, en plena crisis matrimonial y temiendo por su vida, desaparece sin dejar rastro, para siempre, en agosto de 1997.

Lo último que se conoce del hombre es que le confesó a su círculo íntimo que Carole lo había amenazado de muerte ante la inminencia del divorcio.

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La versión de Carole, la viuda y casi única heredera, es que Lewis pilotó su avioneta con destino a Costa Rica y tal vez cayó al mar, en el Golfo de México, en una ruta habitual para el multimillonario que se desvivía por ocultar su fortuna y aventuras sexuales.

Otros, incluyendo a Tiger King, sospechan que un tercero hizo el trabajo sucio y que la propia Carole arrojó el cadáver a los tigres de su parque.

Antes, aseguran con escabrosos detalles, lo habría despedazado en una máquina picadora de carne.

Culto a la personalidad

El protagonista de la serie, Tiger King, un redneck casado al mismo tiempo con otros dos hombres en la primera boda de tres cónyuges en Oklahoma, es propietario de un parque de cientos de grandes felinos atendido por una tropa de desadaptados y abierto al público: el Greater Wynnewood Exotic Animal Park.

Su megalomanía lo lleva a protagonizar su propio reality show dando riendas a un histrionismo que incluye armas, pasión animal y un negocio al límite de lo legal.

Cantante de country y autor de un puñado de graciosas canciones disponibles en Spotify, confiesa que no utiliza ropa interior mientras su fortuna crece hasta que comienza a rivalizar con la mujer.

Esa tensión alimenta un conflicto que se bate entre la legalidad de los parques y la historia de la desaparición.

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Alocado pero real

Mientras Carole mantiene su parque Big Cat Rescue a punta de bienintencionados voluntarios y becarios —a quienes exprime con un sistema de fidelización por antigüedad—, Joe hace lo propio con exconvictos de su zona, a quienes ofrece un nuevo comienzo en sus vidas.

La narración de la serie nunca deja de sorprender con nuevos datos sobre la vida de Joe y Carole, aderezada con la aparición de personajes como la trabajadora que pierde un brazo a manos de un tigre, o un tipo que muchos apuntan habría inspirado a Tony Montana de Scarface.

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Hay un tercer personaje con cierto magnetismo: Doc Antle, otro singular coleccionista de animales.

Antle es propietario de otro parque enfocado en la conservación de grandes felinos y habitual proveedor de animales para Hollywood.

Un personaje que recorre su propio santuario a lomo de elefante y que vive como el gurú de una secta polígama, donde cada mujer que pretenda trabajar con sus animales debe pasar previamente por su cama.

Alocado pero real, el último fenómeno de Netflix llegó sin más publicidad que el boca a boca producto del aislamiento provocado por el coronavirus. Y con un protagonista que acaba, paradójicamente como la vida de sus tigres, tras las rejas.

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