Columna de Matías Rivas: Lou Andreas Salomé, única

Lou Andreas Salomé.

Lou Andreas Salomé fue una estudiosa del erotismo y sus inmediaciones sentimentales. Conocida por haber sido amante de Friedrich Nietzsche, Rainer Maria Rilke y Sigmund Freud, en rigor fue una devota de las pasiones arrasadoras y una fina analista de caracteres. De temperamento audaz, su ardor y franqueza, la convirtieron en una confidente de quienes la rodeaban.


Llevo varias noches leyendo a Lou Andreas Salomé. Es un ejercicio semejante a escucharla, a conversar con ella. Pendiente de exponerse sin adornos, sus ensayos y memorias están ligados a cómo evoca los sucesos que marcaron su vida. Mirada retrospectiva es un libro que acompaña y seduce por la sutileza al narrar episodios decisivos de su existencia. Todo lo que cuenta de ella y de sus cercanos está plagado de matices y escrúpulos. Sobrevivió a una cantidad de relaciones, ideales y malos entendidos que la llenaron de poder y heridas. Era una mujer osada, dispuestas a comprender a los demás con dedicación. Expresa miedos y emociones luego de diluirlas en sus conjeturas. Irse a la cama con ella, a leer sus escritos, implica observar sus dobleces íntimos, saber sus inclinaciones y soledades, viajes y sensaciones y, sobre todo, qué entendía por libertad y amor.

Lou Andreas Salomé fue una estudiosa del erotismo y sus inmediaciones sentimentales. Conocida por haber sido amante de Friedrich Nietzsche, Rainer Maria Rilke y Sigmund Freud, en rigor fue una devota de las pasiones arrasadoras y una fina analista de caracteres. De temperamento audaz, su ardor y franqueza, la convirtieron en una confidente de quienes la rodeaban. En sus recuerdos, anota, con absoluta distancia las apreciaciones, no solo privadas, sino que también intelectuales: “Para Nietzsche, su propia situación, la hondura de su necesidad, se convertía en el crisol donde se calentaba al rojo, para volverse forma, su voluntad de conocer”. Y concluye, respecto de sus obras: “la poesía es en ella más esencial que sus verdades”.

Compartió los desvelos de Rilke por escribir. Viajó con él por su Rusia natal, donde vio cómo se gestaban en la neurosis del poeta los textos que componen El libro de las horas. De Freud fue una aplicada discípula en ciertas materias y una maestra en destrezas que el psicoanalista no intuía. Una de estas tiene que ver con la creatividad. En un pasaje del volumen El erotismo, sostiene: “El amor entre dos personas llegará tan lejos como estén dispuestos a darle juntos esa posibilidad. Y esa dimensión, sea cual sea su ámbito vital, se perfila concentrándose y desplegándose por sí misma en su creatividad de una forma análoga a cómo puede ocurrir en el acto físico del amor entre los cuerpos: lo que internamente actúa en ellos no se puede exponer racionalmente, ni tampoco puede fundarse en la concepción de los elementos comunes de su ser pues podría arraigar en rasgos más centrales, más ocultos y oscuros de cuanto aparece en la conciencia”.

No es difícil entender por qué Lou Andreas Salomé desencadenaba tantos ímpetus. Su inteligencia e instinto funcionaban con menos represión que la habitual. Atractiva por su estilo salvaje, ejerció la libertad sin la culpa occidental. La curiosidad por las ideas, decanta como investigaciones acerca de las secuelas del deseo en los hombres. Su percepción es psicoanalítica en lo esencial y feminista en la práctica. Entendía, eso sí, esas disciplinas desde una óptica poco ortodoxa. La noción del individuo, destinado a obedecer a las arremetidas de pulsiones, la hicieron escéptica de los dogmas y afanes de control.

Los testimonios se refieren a su belleza irresistible. Busco fotos de ella en Google. Hay pocas. En una sale joven, vestida de negro, destaca su cintura estrecha y su gesto seco. Otras, la exhiben sonriente con un abrigo de piel. Hay varias películas que muestran fragmentos de su historia. Siempre la interpreta una mujer sexy. La última está dirigida por una alemana, Cordula Kablitz-Post, es una fiel representación del mito de Lou Andreas Salomé. Ninguna de estas cintas, sin embargo, logra desentrañar el misterio de su figura. Sospecho que su forma de consentir era única. Relata el gusto que le producía ver a sus amigos y parejas gozando. La búsqueda del éxtasis, intelectual y físico, es uno de sus rasgos. Pagana y directa, emancipada de los juicios morales, el contacto con los otros era sentimental. Al leerla, uno se queda con la impresión de que Lou Andreas Salomé estaba dispuesta a oír más que a entregar consejos. Su moral se limitaba a lealtades específicas. Lo razonable y apegado al sentido común no entraba al campo de sus obsesiones. Prefería contactarse con el animal oscuro que anida en cada sujeto, cuando el discurso ha sido borrado por la libido. Por eso dedicó sus estudios a los estados crepusculares en los que el cuerpo balbucea y se estremece de placer.

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