Un silencio vasto y árido como el desierto

Agobiada porque la cuarentena dictada por el gobierno solo le permite salir de su casa para comprar provisiones en el supermercado y remedios en la farmacia, harta de sentirse prisionera en su propia casa, frustrada porque no puede ver a sus amigas, desesperada porque no puede salir a pasear por el barrio a comprar chucherías, Susana Vargas, argentina, jubilada, sesenta y cinco años, residente en Buenos Aires, llama por teléfono a su hija Siena.


-No aguanto más. Este departamento se ha convertido en una pesadilla. No puedo dormir. Los ruidos son espantosos. Necesito mudarme cuanto antes.

Susana Vargas vive en un departamento muy pequeño, de dos habitaciones, dos baños, casi en la esquina de la avenida Callao con la avenida Santa Fe, en el corazón de Barrio Norte. Lleva veintiocho años viviendo en esa esquina tumultuosa, bulliciosa, un hervidero de vapores, humores, ardores y olores de toda índole. Vive con su esposo Juan de Dios Nazareno, también jubilado, setenta años.

-Tranquila, mamá. Yo te voy a ayudar. Pero ahora no es un buen momento para que se muden.

Siena es enfermera. Tiene cuarenta años. Nació en Buenos Aires. Ahora vive en Madrid. Se mudó a esa ciudad poco después de la crisis económica que sufrió la Argentina a finales de 2001.

-Te equivocas, hija -dice Juan de Dios Nazareno, padre de Siena, un hombre que puede ver dos y hasta tres partidos de fútbol cada día, hipnotizado por la pantalla del televisor: pero ahora, durante la odiosa cuarentena, no se juega al fútbol, y Juan de Dios Nazareno encuentra que su vida es insoportablemente chata y vacía-. Este es el momento ideal para comprar. Las propiedades han bajado muchísimo.

-Sí, hija -lo secunda Susana Vargas-. Los departamentos están regalados. Se venden por mucho menos del precio original. Tenemos que mudarnos ahora.

Siena trabaja como enfermera en el hospital Gregorio Marañón. Vive en un pequeño departamento a pocas calles del hospital, en la avenida de Menéndez Pelayo, con su esposo, un médico nacido en Córdoba, Argentina, llamado Patricio Leuco, que también emigró a España, tras la crisis argentina de 2001.

-Pongan a la venta el departamento y, cuando lo vendan, salen a buscar uno que les guste -les sugiere Siena a sus padres, en tono cordial.

-No, hija, no es así -se impacienta Susana Vargas-. Tenemos que mudarnos ya. Después vendemos con calma este departamento. Tampoco vamos a rematarlo. Hay que venderlo al precio que vale.

-¿Y cuánto vale? -pregunta Siena.

-Doscientos mil dólares -responde Juan de Dios Nazareno-. Con suerte, doscientos veinte mil.

-¿Y han pensado dónde quieren vivir? -pregunta Siena.

-En San Isidro, hija -dice Susana Vargas, sin titubear-. El barrio de mi infancia. Cerca del CASI, el club de rugby. Ya somos socios. Queremos pasar nuestros últimos años en un barrio tranquilo, de gente educada.

-Genial -dice Siena-. San Isidro me encanta.

Hace una pausa, reflexiona y enseguida pregunta:

-Pero, si no han vendido el departamento de Callao y Santa Fe, ¿con qué dinero comprarían el de San Isidro?

Se hace un silencio vasto y árido como el desierto.

Entonces Susana Vargas se arma de valor y le pregunta a su hija:

-Siena, ¿vos tenés unos ahorros, no es cierto?

Sorprendida, Siena responde:

-Sí, claro. Lo que te conté cuando estuve en Buenos Aires, mamá.

-¿Cuánta plata tenés? -pregunta Susana Vargas.

Algo incómoda, Siena carraspea y responde:

-Trescientos mil euros.

De nuevo el silencio se instala entre la hija y sus padres.

-Son mis ahorros -dice Siena-. No los comparto con Patricio. Él tiene sus propios ahorros. Ahorramos separadamente.

-Te felicito, hija -dice Juan de Dios Nazareno.

-Te cuento nuestro plan -dice Susana Vargas-. Vos nos prestarías tus ahorros. Con esa plata compraríamos el departamento en San Isidro. Después vendemos este y te pagamos lo que nos prestaste. ¿Te parece un buen plan?

Siena medita su respuesta, no quiere atropellarse, no quiere parecer mezquina:

-Busquen departamentos en San Isidro y, si encuentran algo lindo, me llaman -dice.

Cuando interrumpen la comunicación entre esas dos computadoras a diez mil kilómetros de distancia, Susana Vargas y Juan de Dios Nazareno se abrazan, eufóricos, como si hubiesen ganado un premio de la lotería, al tiempo que su hija Siena se siente maniatada, desasosegada, metida en un embrollo. A la noche Siena le cuenta todo a su esposo Patricio, quien le dice:

-Me parece genial que ayudes a tus viejos a mudarse. Pero ¿cuál es el apuro? Ahora, en plena cuarentena, ¿tienen que mudarse?

Siena se queda pensativa y dice:

-Me sentiría mal si no los ayudase. Tengo que ayudarlos. No puedo ser egoísta. Son mis viejos. Les queda poca vida.

-Y, sí, pero llevan viviendo en Callao y Santa Fe casi treinta años, ¿y ahora no aguantan un mes más? -dice Patricio.

-No aguantan -dice Siena-. Están locos por los ruidos. Están haciendo obras en el edificio. Hay un chico que toca la batería de madrugada. Hay una ninfómana que coge a gritos.

-Será lo que vos digas, amor -dice Patricio-. Yo solo trato de proteger tus intereses.

Al día siguiente, Susana Vargas, adversaria de la quietud y el silencio, adicta al teléfono como fuente de placer, llama a su hija Siena, que está en la cafetería del hospital, comiendo un yogurt, bebiendo un refresco, descansando un momento, y le dice:

-¡Ya encontramos el departamento, hija! ¡No sabés lo lindo que es! ¡Es una maravilla! ¡Te va a encantar!

Sorprendida, Siena pregunta:

-¿Y cómo así pudieron ir a verlo en plena cuarentena?

-Tu papá consiguió un permiso para ir al hospital de San Isidro.

-Genial. ¿Y el departamento está en San Isidro?

-Sí, en Roque Sáenz Peña, frente al CASI, el club de rugby. ¡Un sueño! ¡Vamos a poder ir al club todos los días! ¡Vamos a pasar una vejez tranquila!

-¿Y cuánto cuesta, mamá?

-Pedían cuatrocientos ochenta mil dólares. Pero lo rematan en cuatrocientos veinte mil. ¡Un regalo, hija! ¡Un precio bárbaro!

-¡Cuatrocientos veinte mil dólares! ¿Y con qué plata van a comprarlo? ¿Van a pedirle al banco?

-No, no queremos ir al banco. Nuestro plan es pedirte la plata a vos, Siena, mi hija adorada. Y con esa guita compramos lo de San Isidro. Y luego cuando vendamos Callao y Santa Fe, te pagamos.

-Pero San Isidro cuesta cuatrocientos veinte mil dólares, mamá. Y lo de ustedes ahora no vale ni doscientos mil dólares.

-Tu papá dice que con suerte lo vendemos en doscientos veinte mil.

-Yo no tengo cuatrocientos veinte mil dólares, mamá. Te dije que tengo trescientos mil euros. Nada más. Es todo lo que tengo.

-Bueno, hija, vos nos prestás trescientos mil dólares, y luego hablás con Patricio, que es un divino, y seguro que él nos puede prestar el resto.

Siena se queda muda. Se siente violentada. Se siente abusada.

-Y si Patricio nos presta ciento veinte mil dólares, y yo les mando todos mis ahorros, y ustedes compran el departamento de San Isidro, ¿cómo nos van a pagar el préstamo, mamá, si Callao y Santa Fe no vale más de doscientos mil dólares?

-Bueno, es muy simple, hija -dice Susana Vargas-. El departamento de San Isidro lo ponemos a tu nombre, solo a tu nombre. Y los doscientos mil dólares que saquemos por vender Callao y Santa Fe, te los transferimos a Madrid. Así vos ponés trescientos mil dólares, Patricio pone ciento veinte mil dólares, y vos salís ganando: recuperás doscientos mil en efectivo y te hacés de un departamento que cuesta casi medio millón de dólares. ¡Es un negocio redondo para vos! ¡Salís ganando el doble de lo invertido!

-Pero el departamento de San Isidro no sería mío, mamá.

-Sí sería tuyo, Siena. Lo vamos a poner a tu nombre. Y lo podés vender cuando tu papá y yo ya no estemos en este mundo.

A la noche, abrumada, Siena le cuenta a Patricio todo lo que ha hablado con su madre. Patricio tiene más dinero que Siena. Como es médico, gana más y ha podido ahorrar más.

-Si vos querés ayudar a tus viejos, yo pongo lo que haga falta -dice Patricio-. Y cuando ellos se mueran, vendés lo de San Isidro y me pagás.

Siena tiene dudas, temores, recaudos, prevenciones. Todo aquello entreverado le provoca ansiedad.

-Lo importante es cómo te sentís vos -le dice Patricio-. ¿Estás cómoda mandando a Buenos Aires todo lo que has podido ahorrar en casi veinte años en Madrid? ¿Comprendés que ese dinero se va a Buenos Aires y no regresa en mucho tiempo? Porque tus padres pueden vivir veinte años más y vos no podrías recuperar tu dinero hasta que se mueran.

-Les voy a decir que primero vendan Callao y Santa Fe y, con esa guita en mano, salen a comprar en San Isidro -dice Siena-. Y les voy a decir que solo puedo prestarles cien mil dólares. Y vos no ponés nada, Patricio. No me siento cómoda pidiéndote dinero para mis viejos.

Al día siguiente, Siena les dice a sus padres que primero vendan el departamento donde han vivido casi treinta años y luego se hablará del siguiente paso. También les aclara, con voz algo tensa, a riesgo de parecer aguafiestas:

-Yo solo puedo prestarles cien mil dólares, no más. Y no quiero que Patricio nos preste nada, no me siento cómoda. Así que primero vendan y luego salen a buscar.

-¡Pero vamos a perder el departamento que ya hemos reservado! -grita, angustiada, Susana Vargas-. ¡Es el departamento de nuestros sueños! ¡Es ideal para nosotros! ¡Ya hemos pensado cómo lo vamos a decorar! ¡No podés hacernos eso, hija! ¡No seas egoísta!

Poco después, al borde de un ataque de nervios, Siena lo habla con Patricio, su esposo:

-Tranquila -dice él-. Yo pongo la mitad, doscientos mil, y vos ponés la otra mitad, doscientos mil, y le decís a tu vieja que el departamento de San Isidro se escritura a tu nombre y a mi nombre, así protegemos nuestra inversión.

Cuando Siena les plantea eso a sus padres, ellos se preocupan:

-¿Y si vos te divorciás de Patricio? -pregunta, azorada, Susana Vargas.

-La propiedad puede estar a tu nombre y al de Patricio, pero con una cláusula de usufructo vitalicio -dice Juan de Dios Nazareno.

-¿Qué coño es eso? -pregunta Siena.

-Que no pueden venderla ni desalojarnos mientras estemos vivos -responde Juan de Dios Nazareno.

Siena está molesta con su madre, no con su padre. Siente que todo es un capricho de su madre. Siente que no hay tanta prisa por mudarse, que todo se ha precipitado por la histeria o la neurosis de su madre, la mujer que no sabe estar tranquila. Recuerda la miríada de veces que, siendo niña, se sintió abusada, descuidada, maltratada por su madre, quien la amenazaba con suicidarse, tomando pastillas. Es mi madre, de nuevo abusando de mí, piensa: cree que mis ahorros son sus ahorros, que puede disponer de mi dinero, que mi esposo también tiene que poner su dinero para cumplirle el capricho de mudarse a un departamento que ella no puede pagar.

Siena no llama a su madre, ya no quiere hablar más con ella. Le escribe un mensaje escueto, diciéndole:

-Mamá, no quiero mandar mis ahorros a Buenos Aires, no quiero pedirle dinero a Patricio, déjense de joder, quédense tranquilos en Callao y Santa Fe, o véndanlo y compren algo con ese dinero. Lo siento, pero mandar mis ahorros a la Argentina me angustia demasiado, me recuerda al trauma del corralito. No quiero invertir un puto dólar en Buenos Aires, ¿entendés?

Susana Vargas no le responde a su hija, la castiga con el silencio. Se hunde en una depresión feroz. Se cuestiona si quiere seguir viviendo.

Juan de Dios Nazareno encaja el contratiempo con resignación, se sienta a ver por televisión los partidos de la liga española que ahora se juegan a estadio vacío, comprende la neurosis de su esposa y, a la vez, los recaudos de su hija.

Patricio Leuco le escribe a su suegro y le dice que él puede prestarles los cuatrocientos veinte mil dólares, siempre que el departamento de San Isidro lo registren a su nombre, para cuidar su inversión.

Enterada de que su esposo ha hecho esa propuesta, Siena se enfada con él y le prohíbe mandar un dólar a Buenos Aires, sin su consentimiento.

-Lo siento, querido Juan de Dios, pero tu hija no aprueba la operación -se disculpa Patricio con su suegro.

-Damos por recibida tu negativa a una operación que vos mismo nos propusiste -responde escuetamente Juan de Dios Nazareno, decepcionado.

Siena está furiosa con sus padres. No quiere ir más a Buenos Aires. No quiere verlos. No quiere invitarlos a Madrid. Ya basta, piensa. Ya basta de que abusen de mí. Se instala entre ellos un silencio vasto y árido como el desierto.

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