Todo sea por el bien de los pobres

Un relato de Jaime Bayly.



Tan pronto como llegó al poder y se juramentó como presidente de la nación, Cristiano Fernández anunció en tono pomposo que donaría su salario presidencial a una organización benéfica, de caridad, vinculada con la iglesia católica:

-No cobraré un centavo mientras sea presidente. Será un trabajo honorífico.

Sus sicofantes y botafumeiros en la prensa local no se molestaron en preguntarle de qué viviría, con qué dinero pagaría sus cuentas. De hecho, antes de ser elegido presidente, el señor Fernández vivía en una casa opulenta que le había prestado un amigo:

-Mi casa se la quedó mi exesposa cuando nos divorciamos. Por suerte tengo un gran amigo de toda la vida que me ha prestado su casa, una casa que tenía desocupada.

-¿Por cuánto tiempo se la ha prestado? -preguntó un reportero, cuando Cristiano Fernández era candidato, arriesgándose a una respuesta malhumorada.

-Indefinidamente -respondió el candidato presidencial.

Ahora, ya elegido presidente, Fernández vivía en la vetusta mansión reservada a los jefes de Estado. Extrañaba la casa que le prestaba su amigo. Era más cómoda y moderna, estaba mejor ubicada, tenía extensos jardines y una piscina. Pero no podía seguir viviendo en aquella casa prestada. Era presidente y debía dormir en la casona presidencial.

Nadie se atrevía a preguntarle si tenía ahorros, cuánto dinero tenía en los bancos, si había abierto cuentas en el exterior. Nadie osaba preguntarle cómo pagaría la educación de sus tres hijas que asistían a la universidad. Nadie se animaba a preguntarle con qué dinero viviría todos los años que ocupase la presidencia, por lo pronto cuatro, quizás ocho, con qué plata compraría su ropa o pagaría sus visitas a restaurantes, con qué fondos solventaría sus gastos personales y los de sus hijas, que viajaban frecuentemente. El presidente Fernández no se rebajaba a hablar de esos temas tan mundanos y nadie, ni sus amigos, sus confidentes, sus ministros, ni mucho menos los reporteros, se atrevía a hurgar en sus bolsillos y descubrir cómo Cristiano Fernández obraba el prodigio de vivir tan cómodamente sin cobrar un centavo de la patria.

El presidente escondía un pequeño y abultado secreto, que le permitía sufragar sin sobresaltos los gastos más o menos onerosos en que incurrían sus hijas universitarias y las cuentas mínimas, inescapables, que él debía pagar: en un convento de monjas en las afueras de la ciudad, la madre superiora, María Maleva, su amiga de toda la vida, una mujer que se proclamaba de izquierda socialista y revolucionaria, le había escondido, debajo de su cama, cuatro valijas negras, de material rígido, dotadas de cierre numérico, no muy pesadas, con un millón de dólares cada una. Cuando Cristiano Fernández le pidió a su amiga, la madre superiora, que por favor le guardase esas maletas, le dijo:

-Son mis ahorros de toda la vida, María. No puedo meterlos en el banco porque acá los bancos están dominados por una pandilla de ladrones. No confío en los bancos. Confío en ti, madrecita querida.

¿Cómo el astuto abogado Cristiano Fernández había ahorrado cuatro millones de dólares? ¿Ejerciendo la noble profesión del derecho? ¿Litigando en tribunales, defendiendo causas justas? No exactamente. Había amasado ese dinero siendo jefe de gabinete de un presidente ladrón que robó decenas de millones de dólares y tuvo la cortesía, o el gesto dadivoso, de obsequiarle esas cuatro valijas, una por cada año que Cristiano Fernández fue su jefe de gabinete, en vísperas de las navidades.

No dudó la monja en recibir y esconder los dineros de su amigo, entonces retirado de la política, debajo de su cama y en los pliegues de su colchón. No tuvo problemas éticos en ocultar el dinero. Porque además su amigo le dio un sobre manila con cien mil dólares de regalo para ella y el convento, lo que facilitó grandemente que la monja recibiera las cuatro valijas y dijera, conmovida:

-No te preocupes, Cristiano. Cuidaré cada valija como si fuera una de mis novicias.

La monja Maleva había cumplido su promesa. Cada mes, su amigo pasaba por el convento y retiraba discretamente un fajo de dólares: diez mil, doce mil, quince mil, veinte mil dólares. Ahora, ya siendo presidente de la nación, Cristiano Fernández continuaba visitando el convento, orando con la madre superiora y llevándose una plata en efectivo para cubrir sus gastos y los de sus hijas.

Secretamente, sin embargo, Cristiano Fernández pensaba que esas cuatro valijas no le alcanzarían para solventar sus gastos de toda la vida que le quedase por delante. Pensaba que debía organizar una manera sigilosa de proveerse de más valijas, más dólares, porque la vida del político era incierta, azarosa, brutal, y porque no se podía hacer política profesionalmente sin tener dinero: era algo que había aprendido de su exjefe, el presidente ladrón, al que sirvió con diligencia, viéndolo robar con una temeridad, una codicia y un rigor impresionantes, robar tanto dinero que ya no tenía dónde esconderlo y entonces lo metía en barriles y los enterraba él mismo en los jardines de su casa en el campo.

Fue entonces cuando el presidente Cristiano Fernández diseñó un plan malicioso para hurtar dineros del gobierno y acrecentar su fortuna. Quería tener más dinero que el expresidente ladrón al que había servido con la obediencia cómplice del apandillado, con la callada lealtad que el miembro de una banda mafiosa le debe a su padrino y protector, al capo. Ahora ese expresidente ladrón estaba muerto, había expirado en el exilio tras un cáncer prolongado, y sus dineros se hallaban enterrados sabía Dios dónde, quizás ni su viuda atrabiliaria conocía todos los escondrijos, las madrigueras, los recovecos, las cuevas y los albañales donde aquellos dineros mal habidos habían sido ocultados con celo paranoico, y Cristiano Fernández quería tener más dinero que la viuda de su exjefe y, sobre todo, más dinero que los jefes políticos rivales de su país.

Las instrucciones que el presidente Fernández dio a su ministro de Economía fueron precisas: todos los meses había que enviar al embajador en el Vaticano, en Roma, una valija diplomática secreta e inviolable, con cuatro millones de dólares en efectivo, en billetes de cien, pesando unos cuarenta kilos la valija con clave numérica de seguridad, para que luego dicho embajador, cumpliendo órdenes del presidente, entregase esos dineros al Vaticano, en gesto de profunda admiración al Sumo Pontífice y su trabajo evangélico.

Así, pues, cada mes el embajador en el Vaticano recibía la valija diplomática inviolable con cuatro millones de dólares. Pero ese dinero se desviaba por extrañas bifurcaciones eclesiásticas y no llegaba al Vaticano. Porque el presidente Fernández le había pedido a su embajador en el Vaticano, Carlo Canaglia, un íntimo amigo de toda la vida, su compadre, el padrino de una de sus hijas, que entregase la valija mensual a un prelado, monseñor Manolunga, en una abadía en las afueras de la ciudad. Dicho monseñor Manolunga, le dijo el presidente Cristiano Fernández a su embajador en el Vaticano, se ocuparía de entregar las donaciones mensuales a los responsables de la tesorería y la contabilidad del Estado Vaticano. Ingenuamente, el embajador Canaglia cayó en el embuste. Pero monseñor Manolunga, viejo cazurro, se había coludido con Cristiano Fernández, antiguo amigo de un viaje en tren por Europa cuando eran jóvenes (compartieron una prostituta en el barrio rojo de Ámsterdam), para defraudar al Vaticano, sin que el Papa ni sus ministros consejeros se enterasen: con rigurosa discreción, Manolunga llevaba las valijas a su despacho, introducía la clave numérica que Fernández le había dado y retiraba el cinco por ciento, doscientos mil dólares, para sufragar los gastos crecientes de la abadía y sus monjes, y de paso comprarse zapatos y relojes de alta gama. ¿Dónde escondía el pícaro monseñor los dineros de ultramar? En las doce celdas monásticas reservadas a los antiguos frailes, ahora desocupadas, cuyas llaves de acceso solo tenía él y nadie más en el monasterio. A menos que ocurriera un terremoto, el botín estaba a buen recaudo.

Cada tres meses, cada cuatro meses, cada seis meses, el presidente Cristiano Fernández viajaba en jet privado a Europa para presentarse en algún foro socialista, anticapitalista, antiimperialista, en el que, con su verbo caudaloso y florido, fustigaba a los individuos egoístas con desmedido afán de lucro, y luego se daba tiempo para visitar la abadía de su amigo, monseñor Manolunga, quien le entregaba discretamente las valijas millonarias (tres, cuatro, seis valijas), unas maletas que los guardaespaldas de Fernández acomodaban en los autos y las camionetas de la comitiva, y luego en la bodega del avión presidencial. De modo que, al llegar a la ciudad donde mandaba como si hubiera nacido para ocupar naturalmente el poder, Cristiano Fernández, sin pasar controles aduaneros, llevaba las valijas al convento de su amiga, la madre superiora Maleva, que ya no sabía dónde esconder tantas maletas, tantos millones. Como el convento les quedaba pequeño para ocultar su botín, el presidente instruyó a la monja Maleva que comprase la casa vecina, con el pretexto o la coartada de que la usaría como casa de huéspedes para las monjas visitantes de provincias o de otros países, pero, en realidad, la madre superiora usó aquella casa deshabitada para guardar con más comodidad y holgura los tesoros de su amigo, el presidente de la nación.

En un cuaderno pequeño que había hurtado a una de sus hijas universitarias, Cristiano Fernández llevaba las cuentas prolijas de sus ahorros, a expensas del tesoro público: tenía ya más de cuarenta millones de dólares, y eso le parecía poco, y quería más, mucho más, todo el poder, todo el dinero, toda la gloria. No pensaba entregar el poder a sus adversarios, qué ocurrencia: si tenía que maquinar y ejecutar un fraude electoral, no vacilaría en hacerlo, porque el gobierno tenía que estar al servicio del pueblo, no de la oligarquía cleptómana. Si tenía que encerrar en hediondos calabozos a sus enemigos, así lo haría, no le temblaría el pulso. Si tenía que sacar del aire a un canal díscolo o clausurar un periódico hostil, sus abogados encontrarían los atajos legales para silenciar esas voces críticas. Todo se negocia, menos el poder, pensaba Fernández, pero no lo decía, claro: simulaba ser un demócrata, un republicano, un moderado, un hombre de buena entraña, incapaz de un crimen, una maldad.

Hasta que ocurrió una desgracia impensada que sorprendió a Cristiano Fernández: la madre superiora Maleva, su amiga y cómplice de sus rapiñas, fraudes y trapacerías, enfermó de coronavirus y murió a los tres días, víctima de una neumonía que llenó de agua sus pulmones. Por supuesto, Fernández acudió a su sepelio, sin saber que, mientras él despedía a su amiga religiosa, la nueva madre superiora, asqueada del colchón viejo y oloroso en que dormía la finada monja Maleva, ordenó que el camión de la basura se lo llevase y adquirió un colchón nuevo para ella. Los basureros se llevaron el vetusto colchón, sin advertir que dentro de él había dos millones de dólares. Cuando el presidente Fernández se enteró de que había perdido parte de su botín, casi le da un infarto. Pero se repuso cuando comprobó que en la casa vecina al convento aún estaban las valijas negras enterradas en el jardín, con la mayor parte del tesoro. Receloso de la nueva madre superiora, Fernández ordenó a sus custodios retirar aquellas maletas polvorientas, extraídas del subsuelo de la casa contigua, y, sin saber qué hacer, adónde ir, cómo esconderlas, resolvió que, de momento, le pediría al Nuncio Apostólico, su amigo, el arzobispo Mangiatutto, que se las guardase, pues eran dineros que, le dijo, se destinarían a los más pobres, los más necesitados, los desposeídos y desheredados de este valle de lágrimas. El presidente y el Nuncio pronunciaron una oración sentida y luego el arzobispo metió todas las valijas en el cuarto de huéspedes y lo cerró con llave y doble candado.

-Cuídeme bien ese dinero -le pidió Fernández, sin decirle la clave de seguridad de las maletas-. Es dinero del pueblo. Y guárdeme el secreto.

Encantado de conspirar, el Nuncio Mangiatutto respondió:

-Todo sea por el bien de los pobres.

Fue así como el presidente Cristiano Fernández se convirtió en un hombre muy rico, aunque no tenía una casa a su nombre, un auto a su nombre, una cuenta bancaria a su nombre.

-Estamos saliendo de la pobreza -decía a menudo, ante las cámaras de televisión, pero, en realidad, se refería a sí mismo, no a sus compatriotas.

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