Columna de Gabriel Zanetti: Una historia familiar

Room in New York, 1932. Edward Hopper

Conversamos de lo sensibles que estamos todos. Nos contamos peleas particulares, quiebres definitivos con amigos y conocidos, tensiones laborales. Creo que el desahogo resultó un alivio.



Llama mi mamá. Dice que va a andar cerca de mi casa y puede pasar a dejar el café que me tiene prometido. Antes de eso estaba limpiando la casa, ventilando. Prendí unos inciensos: hace un tiempo descubrí que el aroma de esos humos hace un efecto parecido a recordar los placeres de la vida. Mi madre y yo vivimos en comunas que se encuentran en fase 3 de desconfinamiento. Esto es como un knockout a la racionalidad y el ánimo: se puede salir sin permisos, recibir gente, ir a parques y a un mismo tiempo debemos usar mascarilla, alcohol gel, amonio cuaternario —qué combinación de palabras—. Podemos vivir, pero con riesgo subrayado de enfermedad o muerte.

Vemos el Suzuki blanco por la ventana. Flora, mi hija menor, se asoma afirmada de la reja, saluda a la abuela y se pone a gritar: “Mi mamá está enferma, tiene amigdalitis, por eso estamos durmiendo en el living los tres con mi papá, es como un campamento, tengo una carie, el gato vomitó”. Le digo que parece conductora de noticias y ríe. Además del café vienen pasteles, unas facturas y al final nos ponemos a tomar el té. Les recuerdo que llegó la primavera, muestro un ciruelo florecido.

“Un día como hoy se murió mi abuelo Carlos. Estábamos almorzando y la perra de la nada se puso a aullar. En verdad nunca aullaba, pero ese día aulló como diez minutos. Al rato llamaron por teléfono de la casa de reposo. Contestó mi mamá y le comunicaron el deceso”, dijo mi madre. No sé de dónde salen esas cosas. Tal vez cuando se tienen nietos se relatan historias que habían perdido importancia durante décadas. Mis hijas ni siquiera preguntaron. Me sentí forzado a decir: Carlos Craig, el papá de mi mami Carmen.

En la sobremesa conversamos de lo sensibles que estamos todos. Nos contamos peleas particulares, quiebres definitivos con amigos y conocidos, tensiones laborales. Creo que el desahogo resultó un alivio para los dos. Mi mamá se fue y proseguí con la “aseoterapia” —lavar ropa y colgarla, cambiar sábanas, regar las plantas—, cubierto de recuerdos de las muertes de mis abuelos Alfredo, Héctor y mi mami Juli. Pensé que no podrían creer el escenario actual. Cuando vivían las vías reversibles, los cajeros automáticos y el internet, ya representaban innovaciones de las cuales desconfiar. Sentí cierto alivio de que ya no estuvieran.

Llega la noche y con eso la hora de comer. Sirvo pasta para los tres en la cocina, llevo una bandeja a la cama donde descansa la enferma. Apenas puede tragar del dolor. Armamos nuestro campamento, jugamos un rato, nos lavamos los dientes, cambiamos la arena del gato. El silencio abrumador de las horas de toque de queda nos acompañan en las camas improvisadas. Yo pensaba en el olvido, en lo lejos y cerca que están nuestros antepasados. “Ya, vayan a escoger un cuento”, les dije. Mi hija mayor me respondió: “¿Y si nos cuentas de nuevo cómo nacimos?”.

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