Esos hombres que miraban al cielo

llustración de Johannes Kepler (1571-1630), uno de los científicos que le dio forma a la astronomía moderna.

En Los sonámbulos, el periodista de origen húngaro Arthur Koestler describe el trayecto curioso y ondulante que va desde Tales de Mileto a Newton y que dio forma a la astronomía. Un camino sorprendente cruzado de cálculos, sueños estrafalarios, errores y fe.


Recibió el libro en su cama de enfermo. El 24 de mayo de 1543 Nicolás Copérnico vio el primer ejemplar completo de su texto Sobre las revoluciones de las esferas celestes. Le tomó 30 años publicarlo. Horas después, el clérigo murió de una hemorragia cerebral.

Copérnico tenía 70 años y estaba en su habitación, en una de las torres de la fortaleza que rodeaba la catedral de Frauenberg, en la actual Polonia. Allí pasó la mitad de su vida. La torre tenía tres pisos; no era un lugar acogedor ni agradable, pero desde ella Copérnico podía observar el mar Báltico hacia el noroeste, los campos verdes hacia al sur y, de noche, el cielo cubierto de estrellas.

La principal novedad que encerraba la teoría de Copérnico se sintetiza en este enunciado: “En medio de todo mora el Sol… Ocupa el trono real y gobierna la familia de los planetas que giran alrededor de él… Encontramos, pues, en esta disposición, una admirable armonía del mundo”.

Para las ideas que reinaban en la Europa que salía de la Edad Media, el sistema de Copérnico implicaba un cambio revolucionario: proponía pasar del sistema geocéntrico, con la Tierra al centro del cosmos, a uno heliocéntrico.

Irónicamente, Copérnico no vivió para ver la revolución copernicana; eventualmente, tampoco la planeó. Con certeza, las ideas del clérigo no eran del todo nuevas: 300 años antes de Cristo, Aristarco de Samos, uno de los últimos astrónomos pitagóricos, planteó que el Sol es el centro del universo. Para infortunio de la ciencia, Aristarco no tuvo discípulos y el sistema heliocéntrico, que lo cubrió de admiración en el mundo antiguo, se perdió en la noche de la historia.

De este modo, “la correcta hipótesis de Aristarco fue rechazada en favor de un sistema monstruoso de astronomía, que hoy nos impresiona como una afrenta a la inteligencia humana, y que reinó, soberano, durante mil quinientos años”, escribe el periodista y ensayista de origen húngaro Arthur Koestler en Los sonámbulos. Publicado originalmente en 1959, el libro es editado por primera vez en el país por Hueders, en un momento de interés por los textos de astronomía, con éxitos como Hijos de las estrellas de María Teresa Ruiz y Somos polvo de estrellas de José Maza.

Ciencia y fe

Figura intelectual y a menudo controvertida, Koestler fue un hijo del siglo XX: nació en Budapest en 1905 y se suicidó en Londres en 1983; vivió en Palestina, París, Berlín y fue detenido durante la Guerra Civil española. Se unió a la Legión Extranjera y luego se radicó en el Reino Unido. Fue comunista en los años 30 y denunció el estalinismo en su novela El cero y el infinito, que fue un bestseller de la posguerra. En los años 50 se alejó del trabajo político y comenzó a trabajar en una biografía sobre Kepler, la que finalmente se transformó en Los sonámbulos, una historia de la visión del hombre sobre el universo.

Desde la Grecia de Tales de Mileto y Pitágoras hasta la formulación de las leyes de Isaac Newton, el libro traza el curioso, sorprendente y ondulante camino de la cosmología. Un camino cruzado por aventuras inesperadas, algunas provenientes del ejercicio de la razón y el estudio metódico, pero también de la imaginación o el misticismo, incluso del error.

Los sonámbulos a los que alude el título son los grandes científicos de la historia, quienes empujaron el progreso un poco a tientas, caminando en la oscuridad, con mapas errados o diseños que hoy consideraríamos absurdos, aferrados a ideas fijas y, con frecuencia, a través de métodos muy poco fiables. Sin embargo, de ese modo conquistaron nuevos terrenos para el conocimiento, aun cuando no siempre dimensionaron cabalmente sus nuevas conquistas.

El caso de Kepler -el favorito del autor- es ejemplar. Miope de nacimiento, perseguido por la miseria física como por las penurias económicas, Kepler era un genio matemático y al mismo tiempo un ferviente místico, un estudioso metódico, y un devoto de la astrología. En su búsqueda intelectual, concibió la idea de que el universo se basa en figuras geométricas que forman un esqueleto invisible. Una idea poéticamente bella y científicamente errada, y sin embargo ese error lo condujo al desarrollo de las leyes de Kepler, esenciales para la astronomía moderna.

El matemático nacido en 1571 defendió que el sistema de Copérnico es “un tesoro inagotable de comprensión, verdaderamente divina, del maravilloso orden del mundo y de todos los cuerpos en él contenidos”. A 50 años de la muerte de Copérnico, la revolución copernicana tomó forma.

Si hasta entonces los hombres que miraban al cielo se abocaban a su descripción, Kepler se pregunta por el movimiento de los planetas. Descubre que estos “se mueven en órbitas elípticas, con el Sol en uno de los focos”, y esta sería la primera de sus leyes. Para explicar la excentricidad de las órbitas, dedujo que los planetas estaban sometidos a fuerzas contradictorias, procedentes del Sol y de sí mismos. Naturalmente, era una idea estrafalaria, pero las leyes de Kepler designaron un hito: apartaron la astronomía de la teología y la asociaron a la física.

Luego de los enormes aportes de Galileo en torno al movimiento de los cuerpos y su querella con la Iglesia Católica, Newton tomaría el relevo para elaborar la teoría de la gravitación universal.

Con sensibilidad narrativa y ambición intelectual, Koestler dibuja el gran arco de la historia de la astronomía sin temor a las densidades teóricas (ni a la expresión de sus simpatías personales). Generoso en detalles, expone de modo cautivador el trabajo de los científicos, sus celos y vanidades, así como el proceso creativo, que lejos de descansar solo en la pureza de la razón, a menudo está guiado por la imaginación y los sueños. El libro tiene el mérito inobjetable de humanizar a los genios, aterrizar sus exploraciones, sus logros y fallas. Y de este modo, acercar la ciencia de las estrellas a los lectores a ras de suelo.

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