Manifiesto: Carla Guelfenbein, escritora
Vivo en un limbo. Ser tan práctica y cuadrada ha deteriorado mi memoria y muchas veces quedo en medio de la nada misma. Vivo en Providencia y extrañamente me cuesta llegar a Ñuñoa, porque se me olvidan todas las calles. Paso perdida; no sé de días, no sé de calles, se me olvidan los nombres y no me sé números de teléfonos. Siempre he creído que esa incapacidad para acordarme de las cosas tiene que ver con que recuerdo lo esencialmente importante y con la idea de desprenderme de las cosas que realmente no me interesan. No sé si es una virtud o un defecto, pero me he dado cuenta que estar en el limbo no me molesta demasiado.
La palabra "éxito" es como la literatura femenina: sólo tiene connotaciones negativas. A mí me va bien y tengo absolutamente claro que así es, pero como hoy ser exitoso es sinónimo de barato, popular o masivo, prefiero no definirme como una persona exitosa. En Chile hay una discriminación gigantesca a las escritoras, aunque pasa también a nivel global: antes de mí habían pasado 10 años antes de que una mujer se ganara el Premio Alfaguara.
Ya no estoy en edad para que se me vayan los humos a la cabeza. Rodrigo Guendelman me comentó hace algunos días lo tranquila que me veo después de viajar a España para recibir el premio. Probablemente si me hubiera llegado a los 25 años habría perdido la perspectiva de las cosas, pero con la trayectoria que tengo y considerando que no es mi primer libro y logro, lo miro con más orgullo que un triunfo.
El exilio lo viví junto a mi mamá en Inglaterra. Ella, militante socialista, fue perseguida y luego expulsada del país. Fue una experiencia novedosa, pero también muy triste, porque mi mamá se fue con cáncer de mama y allá empezó a deteriorarse lentamente. Al poco tiempo después murió. Ahí pensé: o muero en la depresión más profunda o sobrevivo. Y sobreviví. Gracias a ella y a la experiencia feroz del exilio pude encantarme de los libros y dedicarme a lo que hago hoy.
Se me cayó el mundo cuando supe que no podía tener hijos. En un principio lo tomé como un fracaso, porque si bien tuve una infancia un poco complicada y marcada por hechos duros, cuando crecí todo me resultaba bien y más fácil, porque era empeñosa. Me concentré en ser mamá y no pude de manera natural. Lamentablemente, con el asunto de los hijos todas mis teorías sobre voluntades se fueron a la punta del cerro. Tuve que hacer 11 vitros: el número 10 fue Micaela (20) y el número 11 fue Sebastián (18).
Mis hijos no leen nada de lo que escribo, porque les da pudor. Lo que sí tengo claro es que se sienten orgullosos de todo lo que he logrado. Hay otras áreas en las que no me luzco tanto, como la cocina. No se me da y nunca ha sido una prioridad en mi vida. Tampoco sé hacer arreglos florales o cosas propiamente femeninas. No me educaron para ser la dueña de casa perfecta, pero creo que soy una mamá buena y con eso compenso todo.
Mi relación con las redes sociales es complicada. Me cuesta eso del Twitter y Facebook. Mi hija optó por manejarme ella las dos cuentas, porque cuando intenté hacerlo yo me complicaba entera. Se convirtió en algo común confundir los nicks de la gente y hablarle a alguien por error. Por eso mismo, yo sólo apruebo los mensajes que se publican, pero, contradictoriamente, no escribo nada.
No soy de grupos ni de andar apatotada. Me gustan las juntas pequeñas y poder conversar las cosas tranquila. Por lo general, mis amigos saben que prefiero juntarme con una amiga a la vez, porque juntarme con dos al mismo tiempo me parece un exceso. Es una manera de cuidar las relaciones y darle prioridad a lo íntimo. La multitud me satura rápidamente.
No tengo ningún tipo de pudor. Por mí andaría pilucha todos los días, porque tengo una excelente relación con mi cuerpo. Invierto tiempo en mí: hago yoga y corro todos los días. A veces confunden que yo no use escote con ser pudorosa, pero no los uso porque no me acomoda. Sin juzgar a quien lo haga, siempre he querido decir mucho más que mostrar las pechugas simplemente.
Por más de 10 años estudié ballet, pero tengo que ser franca: era pésima. Nunca pasé de curso. Siempre estuve en etapa de principiante, porque, hasta hoy, soy súper descoordinada. Es tanta mi torpeza, que para aprender a manejar tuve que hacer cinco cursos de manejo. Pero me defiendo con otras cosas: cuando bailo en una fiesta tengo todas las habilidades del cuerpo para hacerlo y lo hago increíble. Me encanta bailar de todo y sé que lo hago súper bien. No soy una fome ni acomplejada con eso.
No soporto estar en un espacio que para mí no es estéticamente equilibrado. Tampoco caigo en el extremo de analizar cada lugar al que voy, pero es un estilo de vida. Conmigo también soy exigente: me gusta combinar bien los colores y estoy convencida de que la ropa es un lenguaje que puede decir mucho de alguien. Por ejemplo, si mis prendas hablaran dirían que soy una mujer sobria y cuidada.
Es absurdo que crean que porque escribo de mujeres mi target son sólo mujeres. Hay muchos hombres que escriben cosas similares a las mías y nadie los encasilla ni hay etiquetas sexistas con las que los clasifiquen. Ser mujer es uno de los elementos que tienen que ver con la literatura que yo hago, pero no es todo. Es una crítica infundada. Este problema del que algunos reniegan lo resolví de manera simple: cuando una mujer habla sobre mujeres, escribe para mujeres; cuando un hombre habla de sus protagonistas hombres, no habla de los hombres, sino que del ser humano. Es impresionante. Eso no es más que machismo, le guste a quien le guste.
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