Mi Manifiesto: Carlo de Gavardo
Soy pura experiencia. No soy un conocedor de las cosas a través de la lectura.
Me gusta conocer lugares y situaciones con trascendencia. La competencia me ha dado la oportunidad de conocer lugares que de otra forma no habría conocido: el Sahara, el interior del Amazonas, el Medio Oriente.
Mi vida tuvo un vuelco cuando mi abuelo Guillermo Prohens decidió cambiar el caballo por una moto para recorrer el campo en Ovalle. Mi papá hizo algo parecido trayéndose un motor mosquito desde Italia y poniéndoselo a una bicicleta. Ellos usaban la moto por una cosa práctica de trabajo, para recorrer el campo. Un amigo de mi papá le ofreció un día competir en enduro, una categoría nueva en ese tiempo. Mi viejo le dijo que estaba muy gordo para eso, que por qué no me llevaba a mí, que pasaba desordenándole las vacas con la moto. Así empecé.
Desde el primer día del Dakar sabía que iba a tener problemas. Estoy en un equipo nuevo y este es un Dakar de transición. El segundo día quedé fuera. En mi cara tengo dibujado un 3, por los 3 Dakar que no llegué a la meta. Es fuerte.
Soy un hombre súper pacífico, pero me han llegado mails de gente que me dice que me retire, que les dé la oportunidad a los más jóvenes, todo con muy malas palabras. Pero no importa: el Dakar 2013 ya empezó para mí y mi equipo.
Estudié en el Craighouse y en segundo medio me fui al Marshall, para terminar rápido el colegio y dedicar más tiempo a las motos. Tenía déficit atencional, dislexia, pésima conducta. Me tenían que dar un jarro de Ritalín. En el Marshall estaba lo que botó la ola de los colegios particulares. Tenía compañeros de 19 años en segundo medio. Camiroaga ya se había ido. Un curso más abajo estaba Felipe Braun, el actor.
Tengo muy poca vida nocturna por el tema del deporte. Alcohol no tomo. A los 15, 16 tomé porque había que tomar, pero tú me dabas un poco y me iba al suelo.
Me asocié con un ingeniero en prevención de riesgos y tengo una Otec (Organismo Técnico de Capacitación). Hacemos cursos teórico-prácticos a empresas. Voy a las forestales, a las mineras, a las empresas de telecomunicaciones a hacer cursos de manejo seguro. También hacemos consultorías en prevención de riesgos. Mi labor es tratar de minimizar el factor de error humano.
Mi pasaporte dice que tengo 42 años. Mi cuerpo, por los porrazos y las quebraduras, tiene 69. Y en mi cabeza tengo 18. No por inmadurez, sino porque un cabro chico logra los objetivos sea como sea. Así me siento.
Hace años le dije a mi sicólogo deportivo que me sentía pésimo. Tenía culpa de dejar a mi familia y a mis hijos botados. Llegaban noticias de muertes, de accidentes de motoristas… Era igual que en la guerra para mi señora. En vez de empatizar, el sicólogo me pegó un grito. Me dijo que me enchufara, que si no lo hacía así no habría llegado a ser campeón mundial. Ahora, cuando manejo, no hay nadie que me saque de la determinación de competir. Bloqueo lo externo, el sufrimiento de los míos, y me concentro a mil.
Cuando chico me decían el trapero, porque lloraba mucho. Era asqueroso cómo lloraba. Hasta que a los 18 paré. Me puse duro, como un romano.
Lo que más me ha impactado en mis viajes es la comparación entre los desiertos. He estado en el Gobi en Mongolia, en el Sahara, en Mojave en California, en el Atacama. Que no haya nada, pero nada de vida, me parece totalmente enigmático.
Hace un par de años murieron cinco compañeros míos. Murió el mejor motorista italiano, el mejor inglés, el mejor francés, el mejor de Sudáfrica y el mejor de Australia. El mejor español quedó lisiado y el mejor gringo también. Por eso cambié las motos por los autos. Quiero seguir disfrutando la vida. Además, sentí que ya había cumplido mis objetivos: 11 Dakar corridos y tres campeonatos mundiales ganados. Ya era tiempo de cambiar de rubro.
La moto es mi pasión y el auto ahora es mi obsesión. Me doy cuenta de que mucho de lo que sé sobre la moto se traspasa al auto. Estoy contento. Me metí al Rally Mobil sólo para competir y terminé llegando segundo.
Me gustan las películas que dejan algo. El filo de la navaja, de Bill Murray, o esa italiana de un chico que sufre la Segunda Guerra Mundial y el papá le hace una historia para que él pensara que la guerra no existía.
Estoy separado hace tres años. Tuve un fracaso matrimonial por exceso de horas de vuelo en avión y arriba de la moto. Ella es una mujer increíble, pero su desamor empezó a desencadenarse en el tiempo en que yo estaba en competición. Estuve muy afectado, estuve bloqueado un año y medio. Ahora, recién estoy empezando a salir con mujeres, ya no estoy encerrado en mi casa.
Es súper difícil que a un gallo de los fierros le guste el fútbol. Mi hijo Tomás, de 12 años, es fanático de Colo Colo y del fútbol. Quiere ser periodista deportivo y ya es un almanaque: conoce jugadores de todos lados. Cuando lo acompaño al estadio, yo estoy mirando qué cosa sucia hay, la soldadura de los fierros, cualquier cosa. Pero me estoy metiendo de a poco.
Subí cuatro kilos cuando dejé la moto. Era mucho el gasto de energía. Ahora voy al gimnasio, pero no compensa el gasto de calorías que tenía en la moto. No como postre. Cuando siento que realmente me lo merezco, me como un tiramisú. Me fascina.S
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