De ida y vuelta en una burbuja

Parte del plantel de la U, tras caer en Antofagasta, espera en Santiago al bus que los trasladará al Centro Deportivo Azul.

La Tercera fue parte del viaje de la U a Antofagasta, en medio de los protocolos anti Covid-19 que no siempre se cumplieron. Un traslado que desde las limitaciones del fútbol refleja la nueva realidad del país.




Son casi las nueve de la mañana del jueves 15 de octubre y Hernán Caputto es el primero en aparecer por el puesto de control policial del aeropuerto de Santiago. Detrás de él, uno a uno comienzan a aparecer con sus respectivas mascarillas los jugadores de Universidad de Chile citados para viajar rumbo a Antofagasta para el duelo de esa misma tarde ante el equipo local. El charter que trasladará al plantel, en el que junto al resto de la comitiva azul también viajó La Tercera, está programado para salir apenas una hora después hacia el norte del país.

Hay tiempo aún para la salida del vuelo JA1124. Y por eso uno que otro fanático del chuncho aprovecha para traspasar la burbuja sanitaria imaginaria y pedir selfies en el trayecto de los futbolistas desde que pasaron por las huinchas de rayos X hasta la puerta 25, desde donde saldrá la aeronave. Rodríguez, Montillo y Beausejour son los más solicitados para las instantáneas. No será la única vez que las recomendaciones del documento “modalidades de viajes y desplazamientos de las delegaciones” del “protocolo para regreso a la actividad deportiva en el fútbol” elaborado por la ANFP se verán obviadas.

Exactamente a las 9.04 de la mañana Fernando de Paul invitó, quizás inocentemente, a Jean Beausejour a un café del Starbucks. Detrás de ellos siguieron otros jugadores como Joaquín Larrivey, Camilo Moya, Osvaldo González, Luis Casanova y Nicolás Guerra. En cualquier circunstancia distinta a la del Covid sería un acto intrascendente, pero en el mismo protocolo emanado desde Quilín, en su página 10, la recomendación es clara con este tipo de situaciones referidas a los integrantes de la delegación: “Luego de pasar el control de policía, no deben dirigirse a sector de restaurantes o servicios o realizar compras en tiendas del aeropuerto, para reducir el contacto con personas u objetos, debiendo permanecer en un sector común, idealmente alejados de terceros y seguir utilizando mascarilla y guantes, y en todo momento respetar el distanciamiento físico”.

Cafés en mano, los jugadores llegan hasta la puerta donde será el embarque. Es la manga más alejada de esa zona del aeropuerto. Detrás de ellos solo hay vidrios, aunque también algunos curiosos que se acercan a pedir saludos por video. En esa misma espera también aguardan algunos de los dirigentes que viajarán por el día hacia Antofagasta, como el presidente Cristián Aubert, los directores deportivos Rodrigo Goldberg y Sergio Vargas o el director Mario Conca. Hay también otros miembros de la comitiva. Todos los ahí presentes, como dicta la norma de la ANFP, tienen su examen PCR al día, con resultado, obviamente, negativo y con no más de 72 horas de antigüedad. Es el gran requisito para subirse al avión.

Ya son casi las 9.30 y llega el llamado para abordar. Los primeros en hacerlo son jugadores y cuerpo técnico, quienes, con asientos vacíos de por medio, copan las primeras filas de la aeronave. Una vez todos instalados, las azafatas ofrecen alcohol gel puesto por puesto. El viaje se desarrolla sin contratiempos y con varias idas al baño.

Diez minutos antes del mediodía, el charter ya está en el Aeropuerto Andrés Sabella de la ciudad de la Segunda Región. Toda la comitiva debe esperar a que los dos buses que la trasladarán se estacionen a la salida del aeropuerto. Una vez avisados de que esto ya se produjo, los jugadores cruzan la puerta hacia los vehículos y en ese instante, tal como en Santiago, son abordados por una decena de fanáticos que los estaban esperando. No hay puertas ni tratos especiales para lograr un aislamiento efectivo. A Montillo, por ejemplo, le regalan una réplica de La Portada de Antofagasta.

El procolo también hace referencia a estas situaciones: “Al descender del avión, los jugadores, cuerpo técnico y médico deben dirigirse directamente al bus destinado para la delegación, evitando la cercanía con otros pasajeros, personal del aeropuerto y público en general”. Y aunque la organización de la U intentó evitarlo, la presencia de los hinchas, en este caso, pudo más. La burbuja imaginaria, otra vez, se rompió entre avión y bus, donde los clubes tienen poco control y capacidad de acción.

Apenas unos segundos después de ello la escolta policial ordena el movimiento de los buses. En el primero van futbolistas y el equipo de trabajo de Caputto. En el segundo, dirigentes, funcionarios y periodistas que son parte del viaje. La primera parada es el hotel Hampton, donde solo tienen permitido descender los del primer bus. Ellos, que son recibidos por casi 30 fanáticos en el hotel, se quedan ahí para almorzar, recibir la última charla técnica y esperar el desplazamiento hacia el estadio. La estadía allí con suerte será de dos horas. El segundo bus sigue su ruta para que el resto de la comitiva también pueda almorzar en otro lugar.

Antes de las 3 de la tarde, los dos buses ya están en el estadio Calvo y Bascuñán. A todos, sin distinción, lo que incluye a jugadores, les toman la temperatura antes de permitirles el ingreso.

Son casi las 16.00 y el partido entre chunchos y pumas está a punto de comenzar. Los protocolos propios de la cancha se cumplen a cabalidad. Fuera de ella, un grupo de forofos laicos se las arregla para llegar hasta el Cerro La Cruz y lanzar fuegos artificiales. Carabineros los dispersa rápidamente y de regreso en el estadio no hay abrazos ni choques de palmas en los saludos. En la cancha, la U se ve muy mal. Los azules, a la postre, perderían por la cuenta mínima y la desazón sería evidente en los rostros de todos los que visten de azul.

No hay mucho tiempo, eso sí, para los lamentos. Son las 7 de la tarde en punto y los jugadores ya se cambiaron raudamente en los camarines del estadio. Desde la U comentaron que fue así porque no había agua en los vestuarios, aunque, al menos hasta el entretiempo, en los baños del área de prensa sí había. En paralelo, los dos buses otra vez están listos para ser escoltados hasta el aeropuerto. La comida será a bordo. El trayecto dura un poco más que a la ida, por el tráfico de esa hora.

Entre la bajada del bus y el ingreso al aeropuerto, otra vez se ven selfies y firmas de camisetas. Y el paso por el control policial no sabe de privilegios para nadie: como cualquier otro pasajero, todos los jugadores deben hacer la fila en que se exhibe el pasaporte sanitario y luego pasar por el control de rayos X. La terminal aérea antofagastina no es muy grande y se juntan hasta tres salidas de vuelos. Hay, incluso, muy poco espacio para estar sentado a la espera de la salida del avión de retorno a Santiago, el que estaba programado originalmente para las 22 horas. Hay algunos futbolistas, los mismos que poco antes estaban jugando frente a Antofagasta, que esperan sentados en el suelo. Otros, como Osvaldo González y Gonzalo Espinoza, compran un té y un jugo en una de los restaurantes del lugar.

La espera, supuestamente, será larga. Por eso Sergio Vargas aprovecha el tiempo para hacerle algunas observaciones futbolísticas a Nicolás Guerra. El resto, los más jóvenes, juega en sus celulares.

Cerca de las 9 de la noche se confirma que el avión de regreso a Santiago saldrá antes. Como es charter, se pueden dar algunas licencias. Otra vez los deportistas y el cuerpo técnico son los primeros autorizados a abordar y, tal como en el vuelo de ida, van separados por asientos vacíos y copando las primeras filas. Antes de partir, el piloto hace sonar el himno de la Universidad de Chile por los altoparlantes. Y un poco después, la jefa de tripulación regalas unas palabras al equipo: “Muy orgullosos y alegres de tenerlos aquí. Les deseamos el mayor de los éxitos en todo lo que queda de campeonato. La U siempre se ha caracterizado por tener mucho aguante”, son algunos de sus dichos antes de, junto al resto de la tripulación, otra vez repartir alcohol gel para todos.

El vuelo de regreso también se desarrolla normalmente. Varios se pasean entre el baño y otros asientos. Gonzalo Espinoza, por ejemplo, sostiene una larga y distendida conversación en la parte trasera del avión con un grupo de periodistas.

A las 22.51 el charter aterriza de regreso en el aeropuerto de Santiago. Es tarde, ya casi es el toque de queda y por lo mismo esta vez no hay fanáticos con los que sacarse fotos ni camisetas que autografiar, solo un camino en solitario hacia el bus que llevará al plantel al CDA a buscar sus vehículos y luego a la burbuja que sí supone el hogar de cada miembro de la delegación.

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