Juan Cristóbal Guarello

Juan Cristóbal Guarello

Periodista y panelista de El Deportivo.

El Deportivo

El autogol de Temuco


Deportes Temuco está fuera de la Copa Sudamericana pese a ganar los dos partidos contra San Lorenzo y demostrar de local y visita una clara superioridad sobre el cuadro dirigido por el Pampa Biaggio. En la cancha lo obrado por los muchachos de Miguel Ponce fue sensacional, más tomando el pobre momento internacional de los clubes chilenos. Como es sabido, un error directivo los privó de disfrutar lo que se ganó con holgura de manera deportiva. Una leguleyada molesta, pero que se atiene de manera implacable al reglamento de esta Copa.

En entrevista con radio ADN, Miguel Ponce reconoció que “nadie se dio cuenta en el club” de que Jonathan Requena había sido inscrito por Defensa y Justicia para sus duelos de la Sudamericana ante América de Cali. Y creo que aquí está la clave del entuerto: la responsabilidad de los dirigentes de Deportes Temuco encabezados por Marcelo Salas. En muy fácil culpar a los “argentinos tramposos” (y quedar bien con la galería) o al programa computacional Comet de la Conmebol, el que, supuestamente, habilitaba a Requena para jugar. Pero más complicado y doloroso es asumir la propia desprolijidad y falta de atención.

Si Requena venía de Defensa y Justicia y este equipo había jugado la Sudamericana, era lógico haberle preguntado si lo habían inscrito. Luego, había que consultar en las planillas oficiales si estaba el nombre registrado. Finalmente, y como medida de precaución, era obligatorio llamar a la Conmebol o enviar un correo preguntando. Si el bendito programa Comet arrojaba que sí podía jugar, no costaba nada imprimir el comprobante o hacer un pantallazo por las dudas.

Pero Temuco no hizo nada de esto y ocurrió el desastre. No cabe quejarse de que el rival haya usado el reglamento correctamente en su beneficio, tal como lo utilizó el fútbol chileno, casi como un deber patriótico, el año pasado para arrebatarle el empate que Bolivia de manera legítima había logrado en el Monumental.

Lo más lamentable de todo es que, debido a la injusta, deportivamente hablando, eliminación de Temuco por vericuetos reglamentarios, un grupete de hinchas haya creído que se podía hacer justicia como matones de quinta, apedreando el bus de San Lorenzo y luego hiriendo al masajista de un monedazo en la cara. Claro, podemos alegar que es una minoría enajenada, una sarta de pobres individuos con serios problemas de identidad, que van de machos en patota, escondidos en la carretera o sumergidos en el anonimato de una tribuna.

Sin embargo, este atado de subnormales, y aquí viene la penosa voz de alerta, no parece estar solo. Desde el basural de las redes sociales, y también de los medios, se alzaron decenas de voces justificando y aplaudiendo las agresiones porque “habían sido provocados”. Obvio, como los argentinos son “tramposos” y ganan “con el reglamento”, merecen ser tratados de cualquier forma y sean bienvenidos los piedrazos al bus, las agresiones al cuerpo técnico. Vaya, hace menos de un año, como ya señalé, a Chile se le concedieron por secretaría dos puntos que no había sabido ganar en la cancha y a nadie se le ocurrió que por eso el bus de Chile en La Paz merecía ser apedreado y la cara de Alejandro Richino, el entonces preparador físico de la Selección, fuera abierta de un monedazo en el Hernando Siles.

A Temuco sólo le queda que el TAS le dé una compensación económica, ya que la clasificación está irremediablemente perdida. Pero los alegatos de Marcelo Salas van a estar ensombrecidos por los incidentes y las agresiones. Poco le ayudan. Si creían que estaban castigando a San Lorenzo, les tengo malas noticias, se pegaron un balazo en las patas, victimizando al rival, y poniéndole en bandeja a la Conmebol un cerro de argumentos para sancionar el Germán Becker por un buen tiempo. De repente parece que estamos de regreso en el tiempo, que del Maracaná y los sillazos en la Copa Davis no aprendimos nada. Que volvimos a los viejos lloriqueos, un mantra del deporte chileno, donde una supuesta confabulación a nivel planetario opera para evitar que nuestros representantes obtengan los triunfos que merecen. Y por lo mismo había que hacer justicia por propia mano. Con dos Copas América ganadas recientemente, suponíamos que eran historias del pasado.

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