Marcelo Simonetti

Marcelo Simonetti

Escritor, periodista y guionista ocasional.

El Deportivo

La alegría es nortina


Siempre creí que llegado el día de hoy estaría escribiendo, con el corazón henchido de alegría, sobre el regreso de Wanderers a la Primera División del fútbol chileno. La campaña de la mano de Miguel Ramírez fue, prácticamente, perfecta. Tal vez por eso dolió tanto -nos dolió tanto- la eliminación en semifinales a manos de Cobresal. Pero lo justo es justo: los muchachos dirigidos por Gustavo Huerta mostraron méritos de sobra ante Wanderers y Cobreloa que les permiten regresar, luego de un año y medio, a la serie A.

Es un caso atípico el de Cobresal. Su historia es breve, al punto que muchos de los lectores de esta columna tienen más años que el club de El Salvador. Fundado en mayo de 1979, ha construido una épica de la mano de los vaivenes, padeciendo casi un tercio de su existencia las pellejerías de la serie B. No debe de ser fácil para un club asentado en mitad del desierto, en una ciudad que no tiene más de diez mil habitantes, hacer crecer el número de sus hinchas; sobre todo considerando que a diferencia de Cobreloa -que llegó a dos finales de Copa Libertadores y suma ocho títulos nacionales y una Copa Chile-, la historia de Cobresal es menos nutrida en medallas y vueltas olímpicas.

Pero a pesar de todo, ahí está. Más vivo que nunca.

Hace tres años y medio escribí una columna a propósito del único campeonato nacional que exhibe Cobresal en su vitrina: el Clausura 2015. En aquella ocasión el texto se adentraba en el sabor que tienen los triunfos cuando el equipo de tus amores no es ni Colo Colo. ni la U, ni la UC. Uno de los párrafos decía así: “Es extraño pero la alegría de los que no están acostumbrados a ganar, de aquellos que han vivido más del lado de mascullar su rabia que de los brazos en alto, suele ser diferente. No sabría explicarlo demasiado bien, pero me sabe más fresca, más sentida, más humana. Por lo demás, a los otros, a los que miramos de la vereda de enfrente, esa alegría nos reconcilia con la idea de que el mundo puede ser justo, que no importa cuánto debas esperar, al final, de algún modo, levantas los brazos”.

En esa columna hacía mención a mi amigo Andrés. Él abrazó los colores de Cobresal cuando fue destinado a El Salvador para cumplir con labores profesionales. Desde entonces, vive enamorado de esa camiseta. Y sufre y celebra, no siempre a partes iguales. Pero de alguna manera, Andrés, como todos los hinchas de Cobresal, se desviven precisamente por estos momentos, por estos pequeños paréntesis de gloria.

La vida es un poco así, ¿no? Los días pasan mientras uno se aplica en el intento de sobrevivir. Vives a medias aguas, con una condición climática algo inestable. La existencia se debate entre los días grises y los que te ofrecen cierta luminosidad. Hay semanas en que te vas al diablo y vives en la B y otros en los que todo te sale de maravilla. Si tienes algo de suerte, puede que te toquen abrazos, aplausos y champán. Si no, la temporada de tormentas cae sobre ti. Lo bueno de las tormentas es que siempre amainan, aunque sepamos que tarde o temprano sobrevendrán otras.

Estos son días de celebración para los hinchas de Cobresal (Andrés incluido). Estirarán lo más que puedan este paréntesis de gloria -¿quién no?-, a la espera que la vida una vez más les pase por encima. Entonces, volverán a empezar, como Sísifo, como todos los que no han nacido de pie, esperanzados en que el día de mañana les llegue nuevamente su turno.

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