José Miguélez

José Miguélez

Editor de Deportes.

El Deportivo

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De las cinco selecciones que pisaron Rusia con el rótulo de candidato en la solapa, sólo Francia acertó a resolver su estreno con victoria (y ya vieron cómo: con un remate agónico de Pogba que se envenenó tropezando en un australiano y que traspasó rezando la línea de gol, por apenas un milímetro que solo el nuevo reloj mágico de los árbitros supo detectar).

Lo demás, nada, puros resbalones. Tres empates de diferente sabor (España, Argentina y Brasil) y una campanada, la derrota de ayer de una correcta Alemania ante un inteligente y entusiasta México. No sentencia nada (España ganó su única corona hace ocho años tras perder en el debut frente a la Suiza que ayer amargó a Brasil) , pero complica aritméticamente las cuentas de cada grupo y deja sin más margen de error a las potencias. De momento, que Irán comande una tabla, además de histórico, es sólo un dato anecdótico. Y un mensaje de igualdad y atrevimiento que, eso sí, todavía cuesta imaginar se mantenga en el balance final. En realidad, más allá de las señales negativas enviadas por una Argentina que Sampaoli enreda más que arregla, los que tropezaron en el marcador se impusieron en el juego. No decepciona Rusia 2018; más bien entretiene.

Y eso que aún no se han iluminado dos de las grandes vedetes del torneo. Muy marcado y hasta golpeado por los defensas, Neymar enseñó más peinado (nuevo, bien teñido para la ocasión) que repertorio. Y Messi se reencontró con sus fantasmas y, pese a tirar e intentarlo más que nadie, lo marró todo, hasta un penal. Así que en la batalla individual (la que cuenta para la mercadotecnia, que en la otra sí han ido surgiendo pequeños héroes de perfil bajo) va ganando Cristiano. O su colaborador: ese De Gea que decidió recibirle con la alfombra extendida. Un temblor escénico que sí supieron sacudirse otros más pequeños. Los que por ahora mandan en Rusia.

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