Venganza de kosovares

Kosovo declaró su independencia en 2008, aunque Serbia siguen considerándolo como parte de su territorio. Ayer, Xhaka y Shaqiri, dos suizos con raíces en el pequeño estado, marcaron los goles y celebraron con un gesto político.


“Hasta donde yo sé, los primeros meses de mi padre en la cárcel estuvieron bien. Luego comenzaron las golpizas”, confesó Granit Xhaka, jugador suizo de origen kosovar, en una entrevista a The Guardian el pasado noviembre.

Su padre, Ragic, estuvo preso en Yugoslavia durante tres años y medio por protestar contra el regimen comunista que gobernaba en Belgrado, ahora capital de la República de Serbia.

Xhaka padre tenía 22 años y era un estudiante de la Universidad de Pristina, en Kosovo, que en 1986 se establecía como una comunidad autónoma dentro de Yugoslavia.

Y reclamaba. Por no poder votar para tener derechos básicos, para ser escuchados. Y su único crimen fue alzar la voz. Como pena recibió seis años de presidio. Recluido en una celda que compartió con otros cuatro hombres, salía de allí una vez al día, por solo 10 minutos.

“Mi padre preguntó: ‘¿Por qué no somos demócratas aquí? Merecemos ser demócratas. Merecemos ser escuchados’”, relata Granit al periódico inglés.

En 1990 sus padres emigraron a Suiza, buscando un nuevo comienzo. Se asentaron en Basilea y concibieron a su primer hijo, Taulant, un año después. El país de la cruz blanca terminó por convertirse en hogar.

La historia de los Xhaka podría reflejar fácilmente la de cientos de miles kosovares que escaparon a Suiza en la década del ’90. Si bien Kosovo gozaba de autonomía en el territorio yugoslavo (debido a que la mayor parte de su población es étnica y lingüísticamente albanesa, además de musulmana), en 1989 el gobierno serbio de Slobodan Milošević suprimió tal carácter y asumió la representación de sus instituciones.

Se desató la guerra. El movimiento separatista creció exponencialmente y, tras la disolución de Yugoslavia, Kosovo pasó a integrar a Serbia y Montenegro. Luego de la secesión de estas dos naciones, los kosovares quedaron anexados a la primera.

No lo aceptaron y en 2008 declararon unilateralmente su independencia. La tensión nunca ha cesado en la península de los Balcanes y el fútbol se ha visto salpicado por ella.

Ayer fue un ejemplo de aquello. Además de Xhaka, Xherdan Shaqiri y Valon Berhami también son suizos de origen kosovar. Ante Serbia no solo enfrentaron a una selección que busca eliminarlos del Mundial, sino a la de un país que desconoce la nación de sus padres.

En los bares de Samara se podía escuchar, luego de la victoria de los serbios frente a Costa Rica, gritos de “Kosovo je Srbija” (Kosovo es Serbia). Algunos rusos entonaban al unísono.

La animosidad política llegó a las redes sociales cuando Shaqiri presentó en Instagram sus botines para la Copa del Mundo: el izquierdo tenía la bandera de Suiza; el derecho, la de Kosovo.

“Si ama tanto a Kosovo, ¿por qué rechazó la oportunidad de jugar por ellos?”, preguntó irónicamente Aleksandar Mitrovic -que convirtió el tanto serbio- cuando la foto de los zapatos se hizo publica, hace un mes.

Pero la FIFA -que junto a la UEFA reconocieron a esta selección recién en 2016- no permite el cambio de escuadra una vez que ya se ha representado a otra. Xhaka, quien señaló que “haría todo lo que estuviese en su poder” para jugar por el país de sus padres, vio truncadas sus intenciones. Lo mismo que Shaqiri (nacido en Kosovo) y Berhami.

Ayer, Xhaka y Shaqiri anotaron los tantos helvéticos y celebraron con un gesto tan polémico como reivindicatorio: con sus manos simular el águila bicéfala, símbolo de Albania y de la mayoría de la población kosovar. Los gestos fueron reprobados, en el estadio, por los hinchas serbios y rusos, aliados históricos por ser eslavos y ortodoxos.

Así, Xhaka y Shaqiri hacen profesión pública del amor a la tierra de sus antepasados, remontándoles un partido a sus enemigos con un par de goles salpicados de habilidad kosovar.

La selección de Kosovo, en cambio, terminó última en su grupo clasificatorio para el Mundial, pero en Pristina, la capital, celebran los goles suizos como si fuesen suyos. La gente en los bares brinda en nombre de Xhaka, Shaqiri y Behrami; sus hijos.

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