Alejandra Lobos, defensora local jefa de Lo Prado: "Nosotros defendemos personas, independiente de su color político"

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Mi casa parece una manifestación artística de tres lucas. Comparto mi pasión por el arte con mis hijas Florencia y Martina, de 13 y 10 años. Tenemos cuadros por toda la casa, hacemos esculturas, todo tipo de manualidades. Todos mis hermanos tienen cuadros en sus casas hechos por mí. Pinto con óleo y acuarela. Voy probando, nunca me he metido a un curso. Lo saqué de mi abuela materna.

Mi papá me preguntó que cómo iba a vivir del arte. Yo siempre había querido estudiar Arte o Diseño. Entonces decidí 'voy a estudiar Arquitectura, que algo tiene que ver con el arte'. Nada que ver, son puros números. No alcancé a durar un año. Jaime Hales, que era el decano, me vio el Tarot (ríe) y me ayudó a cambiarme a Bachillerato en Humanidades; fui la mejor alumna de la carrera. Entonces opté por Derecho, aunque jamás lo había pensado.

El Derecho tampoco me gustó tanto. Lo que más me llamaba la atención es la transversalidad que tiene, está en todas partes, regula toda la convivencia social, pero el estudio era tan fome, todo de memoria, estructurado y tedioso.

Me saqué un 7 en el examen de grado. Al día siguiente me llamaron de la Universidad de las Américas para contratarme como coordinadora académica. Me especialicé en la Reforma Procesal Penal que se venía en 2000, que es el área que finalmente me deslumbra.

Yo veía el sistema antiguo como una cosa tan oscura... Ahí el investigador era juez y parte. Con la reforma aparecieron los derechos. La persona que estaba imputada por un delito al fin tenía el derecho a que se presumiera su inocencia, a que fuera puesto a disposición de un juez para que controlara por qué estaba detenido y a controvertir las pruebas de todo este aparataje estatal.

Hay gente en mi familia que me pregunta "¿por qué defiendes delincuentes?". Nosotros defendemos personas, independiente de su color político; el color nuestro es el de la libertad. Lo que queremos es defender los derechos de las personas, porque cualquiera puede estar en el banquillo de los acusados. La gente prejuzga. Tú dices "bueno, pero tanto delincuente que queda libre", y sí, puede pasar eso en un sistema, pero es mucho más grave para la sociedad que se condene a un inocente.

El estallido social ha hecho nuestra misión mucho más palpable. Desde que comenzó, se han redoblado los esfuerzos operativos y logísticos. Nos dimos cuenta de que había un gran número de personas detenidas que no llegaba a los tribunales. Más del 50%. Había que fortalecer ese aspecto de la defensa, donde la gente está más vulnerable, en las comisarías, donde las personas están recién privadas de libertad. Y ahí tú ves que hay gente que actúa motivada por el compromiso que tiene con el rol del defensor.

He aprendido que uno debe ser inmensamente feliz en lo que haga. Esta es tu vida; o sea, en el trabajo pasas más horas de lo que pasas en tu casa. Por lo tanto, tienes que ser feliz, sino la vida de verdad se hace cuesta arriba.

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