Claudia Pizarro: "La esperanza para los pintaninos es que hemos dejado de ser invisibles"

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La alcaldesa de La Pintana explica qué ha ganado y qué ha perdido su comuna desde el 18 de octubre, y por qué los pintaninos son más comunitarios que el resto del país y aun así quieren irse del lugar.


Nacida en La Victoria, Claudia Pizarro llegó a La Pintana a los cinco años y desde entonces vivió casi siempre en la comuna que hoy gobierna. Formada en la Iglesia popular de los 80, en su discurso conviven sin problemas las consignas radicales y las conciliatorias: es crítica de la transición y siente haber nacido de nuevo con el levantamiento social, pero asegura que "el temor al consenso" es el gran escollo por delante y que si Piñera la invita a conversar, ella va. Aquí explica qué ha ganado y qué ha perdido su comuna desde el 18 de octubre, y por qué los pintaninos son más comunitarios que el resto del país y aun así quieren irse de La Pintana.

Casi nadie objeta que tenemos un pacto social por construir, y muchos hablan de una nueva forma de vivir juntos. Pero el contenido de esos sueños todavía es misterioso. ¿Cómo se imagina la vida social que va a resultar del estallido?

Es súper difícil, porque cada día estamos menos seguros de lo que viene. Creo que este es un cambio revolucionario, porque es un cambio de paradigma, y por lo tanto no vienen tiempos fáciles. Todos nos sentimos más vulnerables, como que en cualquier minuto puede pasar algo. Pero a mí me da energía poder pensar, por primera vez después de mucho tiempo, que Chile va a cambiar. Este estallido social ha tocado cosas muy profundas para mí, por las que vengo luchando desde muy chica. A los 15 años fui con mi mamá al Caupolicán, cuando Frei Montalva llamó a votar contra la Constitución del 80, y ahí escuché hablar por primera vez de asamblea constituyente. O sea, llevo 40 años soñando que esto pueda ocurrir.

¿Ya militaba en la DC el año 80?

Entré a militar ese año. Y ese día fuimos al Caupolicán con mucho miedo, pero con la clara comprensión de que esa Constitución buscaba someternos al individualismo y al mercado por largo tiempo. También hicimos mucho puerta a puerta para que la gente no se cambiara a las AFP, porque sabíamos lo que iba a pasar. Luchamos contra la municipalización de los colegios, les poníamos cadenas, porque también veíamos lo que iba a pasar. Entonces, mirando eso hacia atrás, yo digo que hoy estamos volviendo a nacer, aunque tenga 55 años. Y mi esperanza es que ahora somos más. En esa época yo acompañé a mis padres en esta lucha y hoy me acompañan mis hijos y mis padres, somos varias generaciones. Mi hijo tiene 24, mi hija 22 y están todos los días en la calle. Y yo, ahora que me sitúo en este otro lado como alcaldesa, siento una gran responsabilidad de ayudar a provocar el cambio.

Como proyecto político, ¿cuál sería la definición central de ese cambio?

Yo creo firmemente en el comunitarismo, en un Estado que se relaciona con la comunidad, más que con individuos. Es decir, agruparnos en torno a los problemas que tenemos en común y construir desde ahí.

Dijo hace poco que la DC tiene que "dejar atrás los paradigmas del humanismo cristiano".

Sostengo eso porque las autoridades somos herramientas de cambio social, no podemos preocuparnos sólo del cristianismo. La propia Iglesia, al cerrarse en sus dogmas y no mirar al otro, se alejó de lo esencial, que es ser instrumento, movilizar. Yo me eduqué en las organizaciones cristianas de base, ahí aprendí a vivir en comunidad.

Iba para monja, estuvo cerca.

Sí, porque yo abrí los ojos con ellos.

¿Abrió los ojos a qué?

A querer al otro, no sólo a mi núcleo familiar. Entender que si en mi población hay niños desnutridos, tengo que hacerme parte. Así surgieron los comedores de Ayuda Fraterna, donde yo les entregaba desayunos a esos niños de mi misma edad. En ese tiempo eran los chicos adictos al neoprén, hacíamos talleres con ellos, tratando de salvarles su vida. Los días de semana, yo llegaba de jumper al campamento Silva Henríquez, no pasaba por mi casa, volvía en las noches y ahí aguantaba el reto. Entonces, para mí es súper fuerte tener un Estado que busca soluciones en forma individual y a través del mercado. Y creo que la mayoría de los pintaninos también quieren algo distinto.

¿Diría que quieren un cambio de modelo?

No lo entienden como modelo neoliberal, pero sí son súper comunitarios. La gente de esta comuna se moviliza cuando alguien sufre, se vuelca a la calle por ayudar al otro. Todos los fines de semana tenemos bingos por el que no puede salir adelante.

Aun así, el proyecto de vida de alguien que crece en La Pintana es irse de La Pintana, ¿o no?

Sí, es irse de la comuna. ¿Pero por qué? Porque aquí no se construyen viviendas ni barrios pensando en que te pueda ir bien. Y nadie se quiere sentir pobre, nadie quiere que lo sigan estigmatizando toda la vida por ser pintanino. El concepto de sociedad que tenemos hace 40 años es que todo se compra con plata, y sentir que te marginan de esa sociedad es súper penca, es peor que la pobreza. Es vivir la negación, el derecho a no soñar, el derecho sólo a comer, vestirte y seguir viviendo. Por eso he insistido tanto con este discurso de no sentirnos más invisibles, de contar cómo nos vemos acogotados por no tener acceso a la salud, cómo el Estado nos arrincona construyendo viviendas sociales sin acceso a servicios. No estoy justificando, pero la violencia también es en parte una respuesta del que siente ese rechazo. ¿Por qué no tenemos metro? Porque esta es la gente en la que menos se piensa, siendo que vive más lejos de su puesto de trabajo.

Aunque allí donde el metro sí llegó la violencia no fue menos.

Fue más, incluso. Porque los pintaninos, en general, cuidamos lo que tenemos acá, sabemos lo que nos ha costado. Comunas donde hay 13 supermercados, donde hay mall y muchas farmacias, hoy están destruidas. Pero mi comuna no está en el suelo, mi comuna está bien. Entonces, aquí no está la gente mala, como siempre nos han dicho. Igual saquearon lo poco que teníamos, los únicos dos supermercados en 32 km cuadrados, y en la zona norte nos quemaron el Construmart y la Central Mayorista. Pero el Líder abrió a la semana siguiente del 18 de octubre, porque no lo quemaron. Y no han vuelto a saquear el Líder ni el Santa Isabel.

¿Para los 177 mil habitantes de la comuna hay dos supermercados?

Y un banco. Y cuatro cajeros. Y tres farmacias. Entonces, claro, te matas trabajando muy lejos de tu casa y tienes poco tiempo para estar con tu familia, pocos espacios para recrearte y para la cultura. Yo lo viví en carne propia, me tuve que ir de La Pintana.

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Las calles de La Pintana. Foto: Mario Téllez.[/caption]

¿Cuándo?

Hace unos 10 años. Me fui porque me separé y entré a estudiar de noche. Mientras estuve casada, para que yo trabajara podíamos pagar nana, furgón y un colegio particular subvencionado. Pero al verme con un solo ingreso, sin nana ni furgón, tuve que arrendar en Santiago Centro y cambiar a mis hijos a un municipal de allá. Me fui con dolor, porque acá el barrio es tu segunda familia. ¿Pero sabes qué pasó? Me empezó a sobrar tiempo. Ya no me levantaba a las 5 de la mañana para volver a las 12 de la noche. Empecé a ir al cine con mis hijos, a conocer centros culturales, a estar más con mi familia. Recién ahí sentí la diferencia y entendí todo lo que me había perdido. Pero por qué tienes que dejar tu barrio para tener eso.

¿Cómo se imagina una sociedad más comunitaria si la mayoría de la gente, una vez que sale del fondo, prefiere tomar caminos individuales?

Es que nosotros también estamos tratando de cambiar ese paradigma. Aquí nuestra conversa no es con el individuo, es con las organizaciones. Y las estamos potenciando.

La suspicacia del Estado, en general, es que las organizaciones no representan a tanta gente como dicen y promueven más bien las redes clientelares.

Bueno, para eso también nos relacionamos con la gente por otras vías. Hemos sacado el Concejo Municipal a funcionar en la población, hacemos cabildos, nos levantamos a las 7 de la mañana y conversamos con los vecinos en los paraderos. Pero los problemas se pueden agrupar. Si yo agrupo a la gente que tiene la misma enfermedad, puedo buscar una solución para todos juntos. ¿Por qué el Estado no hace esas cosas? Porque no hay convencimiento, creemos más en el mercado que en la comunidad. Quizás como provengo de las comunidades, yo tengo muy metido en mi cabeza que eso funciona mejor.

Y cuando conversa con jóvenes, ¿siente que ellos creen en lo mismo?

No, no, falta mucho. Ellos están globalizados, metidos en una sociedad súper individualista. Son poco receptivos, creo que les falta madurez. El problema no es que sean rebeldes, sino que no les interesa, no han profundizado, falta educación cívica. Son los resultados de no habernos preocupado de eso. Mucha gente se mete en los partidos por conseguir un empleo. Cuando nosotros entramos a la DC, teníamos que capacitarnos seis meses primero, y buscar nosotros los recursos para eso. Me acuerdo que construimos bancas en una casa, porque no tenían sillas, para invitar a un profesor de Ilades. Y lo íbamos a buscar en micro y lo traíamos en micro. Todo eso lo perdimos. Por eso tenemos militantes que hacen muy mal la pega, en todos los partidos.

Usted fue presidenta de la JDC de La Pintana.

Tres veces. La primera vez, designada, porque cuando entré a militar no había JDC acá, éramos mi hermana y yo. Al final, entregué con 100 jóvenes militando. Y éramos los mejores muralistas. Y todos capacitados con Ilades y con profesores que después fueron ministros.

Y entonces, ¿a qué cree que aspiran hoy los jóvenes movilizados?

Ellos están preocupados de la pensión de su abuela y de cosas esenciales para el desarrollo de sus vidas, pero a lo mejor de forma individualista, no pensando como sociedad. A nosotros nos cuesta mucho cautivarlos y lograr que participen, en todo tipo de cosas. Pero también hago la autocrítica: hemos perdido la capacidad de ver cuáles son sus motivaciones. Lo que uno lee, así en general, es que nos ven muy conservadores. Ellos quieren las cosas más rápido, tienen menos tolerancia, no quieren terminar como sus abuelos. Y yo tampoco quiero eso, porque los adultos mayores son los que más sufren. Son los que pagan la micro aunque les cueste, y los que muchas veces son violentados por sus propias familias, que les quitan la casa. ¡Si esta sociedad es muy egoísta! Por eso nos importa tanto producir integración en la comuna, cuidar la red familiar de esa mujer que se mató por educar a su hijo: que el hijo no siga viviendo con ella, pero que tampoco se vaya muy lejos. Hace seis años, los profesionales eran el 2% de los jóvenes. Ahora, con la gratuidad, son el 8%.

¿La gratuidad lo disparó del 2 al 8?

Rápidamente. Pero ese 8% se va a ir de la comuna y la idea es que no se vaya. Ahora vamos a construir, como experiencia piloto, el primer conjunto habitacional con viviendas sociales y departamentos para gente que pueda pagar un dividendo, muy cerca de la futura estación del metro. Es un gran desafío para que nos empiecen a mirar de otra forma.

¿Cree que era preferible construir más lento pero mejor, aunque algunos esperaran un poco más por su vivienda?

Lo que nunca debieron hacer es sacar a la gente de sus comunas y traerlas a La Pintana. Tenían que haberles construido allá, adonde ellos habían llegado antes que muchos otros.

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Viviendas sociales en La Pintana. Foto: Referencial/Agenciauno[/caption]

Se refiere a los traslados de los 80.

Del año 81, cuando se salió el Mapocho. La gente que llegó a El Castillo siguió yendo a trabajar a Las Condes, se sentían de allá, después votaban allá, nunca se han sentido de La Pintana. Y acá eran números, no personas, porque la dictadura les entregó las casas por números, no por apellidos. Entonces, es súper difícil que te digan alcaldesa, lograr el respeto. Si ya nos perdieron el respeto por esas cosas.

Se ha especulado harto sobre cuánto ganaron los narcos con esta crisis. ¿En La Pintana se fortalecieron?

Hemos retrocedido. Estábamos avanzando, generando más confianza entre las instituciones y la comunidad, pero el foco cambió a lo que estaba sucediendo y perdimos la cooperación. Ahora hay que empezar de cero. Y los narcos pueden estar de fiesta, porque volvimos a escuchar las balas locas en las noches. Nos da pena, perdimos un trabajo rico, pero ya estamos luchando de nuevo con un discurso más comunitario, de amor, de no violencia, de la capacidad de entendernos, de dejar de ser anti todo. Tratamos de meter siempre ese discurso. Pero hemos perdido territorio y va a ser difícil recuperarlo. Nos va a significar más tiempo, no sé cuánto.

Además, la relación de la comunidad con Carabineros quedó muy dañada.

Esa es otra complicación, porque veníamos recién saliendo de una muy mala experiencia con el retén de El Castillo, donde muchos carabineros se metieron en las redes del narcotráfico. Eso nos obligó a hacer todo un trabajo para regenerar confianzas: sentar al carabinero con el dirigente y los vecinos, junto con la alcaldesa, y llegar a compromisos que después fuimos midiendo con indicadores. Así estábamos logrando que la gente se acostumbrara a una cierta normalidad, a ver carabineros caminando en la calle y que no les pasara nada. Hoy eso no se puede. Adonde vayan, les tiran piedras. Perdimos todo eso, me da mucha pena. Pero este problema no ha sido sólo de los carabineros. Fueron también las formas en que ellos recibieron la instrucción de atacar manifestaciones. Y es también que el país volvió a "mi verdad y tu verdad", sin puntos de encuentro, sin ser capaces de decir "me equivoqué, perdón". Para recomponer las confianzas, creo que Carabineros también tiene que decir "nos equivocamos".

¿Ha discutido con ellos sobre esas equivocaciones?

Yo sigo teniendo una relación con ellos, necesito tenerla. Pero como el comportamiento de los vecinos fue en general bueno, Carabineros no necesitó actuar acá como en otros lugares. No puedo meter las manos al fuego: si cometieron una irregularidad, tienen que responder ante la justicia. Pero los dos casos más lamentables que conozco, por lo menos, no los involucran. A Carlos Vivanco, un niño de cuarto medio que perdió la vista de un ojo, le disparó la PDI. Él ni siquiera estaba en la manifestación, estaba al frente del supermercado. La otra es una niña de 16 años. Entraron con un bus a una bodega china, no sé si la niña iba en el bus o corriendo detrás, y salió un chino a disparar con un arma de guerra. A la niña le perforaron el pulmón y quedó en silla de ruedas.

También hubo dos muertos en el incendio del Construmart.

Así es. No creo que hayan estado robando.

¿Cree en las hipótesis de que a alguno lo metieron ahí después de muerto?

No, no, no. Yo he conversado con las dos familias. El caballero de 76 años tenía Alzheimer y llevaba mucho rato perdido. Andaba con la bolsa del pan y vio una multitud… Y entiendo que la hipótesis sobre la otra persona es que entró a sacar al señor y no pudieron salir.

EGOCENTRISMO POLÍTICO

Aun si el proceso constituyente avanza, es previsible que los ánimos sigan crispados por un rato largo. ¿Se puede refundar una comunidad entre tanta desconfianza mutua?

Justamente porque crecí en comunidad, yo siento que somos capaces de ponernos de acuerdo. He sido súper criticada porque me siento con comunistas y derechistas, pero el bien común para mí no es un cliché: todos estamos llamados a construir el país. Los alcaldes lo hemos logrado en temas centrales, la consulta ciudadana dejó muy clara la radiografía de lo que quiere el país. Sin embargo, hay problemas ideológicos que no permiten ponernos de acuerdo.

¿Cuáles?

Hay miedo a una plena democracia, a escuchar al otro. Cada vez nos atrincheramos más en un egocentrismo político y perdemos la tolerancia. Es el gran problema que tenemos hoy para avanzar.

¿Un problema de la derecha?

No, de todos.

¿Por qué cree que ha pasado eso?

Porque se sacan mucho a colación los miedos. El miedo a perder la propiedad de lo que crees que es tuyo. Mira, un claro ejemplo es ponerle "convención constituyente" por miedo a la palabra asamblea. ¿Y por qué? Porque Venezuela. ¡Nosotros no somos chavistas, somos chilenos! En Italia también hubo asamblea constituyente, por qué en Chile hay que ponerle otro nombre. Democracia no es igual a tutelaje, es respeto a las ideas del otro. En política no está permitido enojarse, lo que está permitido es que yo logre plasmar mi idea ante otra persona para que se haga parte de ella. El que no puede lograr eso y se enoja y se va para la casa, ese es el que pierde. Nosotros tenemos grandes personas que terminan yéndose de los partidos.

En la izquierda hay tradición al respecto.

Sí. Yo construyo desde adentro, no desde afuera. Y creer en la participación ciudadana significa no errarle la puerta a nadie. ¡Por supuesto que no es fácil! Cuesta sentarnos todos en una mesa y conversar. Pero uno tiene que dar el paso, hacer el acto de correr el cerco, de ofrecer el diálogo. Si el presidente Piñera me llama a conversar, yo voy a ir.

Le van a dar duro desde sus filas si se junta con él.

Sí, pero nosotros somos instrumento de cambio y yo no estoy gobernando acá para mi partido.

Pero más allá de su partido, ¿ve en la sociedad ganas de conversar?

Lo que yo veo es miedo. Temor a ceder, temor al consenso, eso es lo que veo. Todos quieren tutelar. Se me hace difícil comprender la actuación de algunos… Aquí nadie se salva solo, todos nos necesitamos para salir adelante.

Y en ese espíritu, ¿hoy se siente más cerca del alcalde Lavín o del alcalde Jadue?

De ninguno, me llevo muy bien con ambos. Yo no sé si él (Lavín) podría ser alcalde de La Pintana y hacerlo igual de bien, pero su posición en Las Condes también es difícil, porque ahí se ve gente de un corazón muy chico. Y yo no puedo tenerle odio o hacerle zancadillas porque sea de derecha, tengo que aceptar su mirada, si somos chilenos. Este país sería súper fome si todos pensáramos igual. A nosotros nos han dicho amarillos y a veces tienen razón, porque la DC se ha equivocado muchas veces, pero creo que ser de centro al menos me permite conversar con todo el mundo.

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Foto: Twitter @ClaudiaPizarro[/caption]

¿Usted se siente de centro?

Sí, sí… Bueno, de centroizquierda.

Cuando habla de sentarse con el adversario aunque duela, puede decir que ha predicado con el ejemplo: trabajó tres años en CEMA Chile, a mediados de los 80. No debió ser fácil.

No, pues… ¿Cómo llegué a CEMA Chile, esa es la pregunta?

Y cómo aguantó.

Bueno, yo llegué ahí por mi madre. Salí del liceo con el título de secretaria y tenía que ponerme a trabajar. Siempre he tenido más responsabilidades, porque soy la hermana mayor, la nieta mayor, la sobrina mayor, todos los mayor. Parece que fuera la única hija, la única tía… Y bueno, las voluntarias de CEMA Chile pasaban por los centros de madres y mi mamá coordinaba los talleres de mujeres en La Pintana. Y un día me dice que en la muni de La Granja hay un concurso y que me vaya a presentar. No entendí que era CEMA Chile, así que fui. Y lo primero que vi en la oficina fue el retrato de Pinochet. "Perdón, me equivoqué", dije, y cerré la puerta. Pero la secretaria salió a buscarme. Después llegaron cuatro más y yo pensé: "Ya, seguro que no quedo, lo que sé no vale". Pero nos tomaron varias pruebas y quedé yo. "Bueno, la señorita es simpática", pensé, y me quedé. Mira, las voluntarias siempre fueron buenas personas, ahí no tengo nada que decir. Nunca supieron que yo era militante DC, ni que estaba en la Iglesia. Yo era la niñita de la señora del centro de madres Nuestra Señora de Lourdes.

¿Siempre trabajó en La Granja?

En la municipalidad de La Granja, sí.

¿Le tocaron reuniones con la señora Lucía?

Me obligaban a ir al Diego Portales cuando ella y Pinochet daban discursos. Y obligaban a las mujeres de los centros de madres a marchar y yo tenía que ir a pasar asistencia a las mujeres de La Pintana: a las que asistían, después les entregaba cinco kilos de harina que pasaban a la muni de La Granja. Esa era la adhesión que tenía Pinochet. El día que peor me sentí en mi vida fue después del atentado a Pinochet. Nos llevaron a todos los funcionarios de la zona sur a Los Héroes, en varios buses, para marchar en repudio al atentado. Yo no pude, me fugué. Al bajar del bus, me metí por el metro y arranqué de ahí, no era capaz. Ahora, ¿cómo aguanté todo eso? Me sentía podrida, pero era mi trabajo, no tenía otro. Y con mi sueldo le pude pagar la matrícula a mi hermano que entró a la universidad, entonces igual me sentía bien. Era súper machista eso: el niñito hombre era el que tenía que ir a la universidad. Pero yo aceptaba las reglas del juego y me la creía. Mi hermano es profesor y el otro día les contó a sus hijos, dije "pucha que valió el sacrificio de sentirme tan mal, tan insegura". Porque a las voluntarias siempre les llegaban cartas anónimas y yo las abría: contaban que yo andaba en las marchas, que era terrorista, que quemaba las sedes de los centros de madres… ¡Y yo siempre he creído en la no violencia activa! Varias veces me vi enfrentada a mis amigos, quitándoles las molotov de las manos.

Era la DC del grupo.

Sí, la única de la comunidad cristiana que salió DC. Después supe que esas cartas las mandaba una compañera de trabajo que también vivía en La Pintana. Y como mi papá tenía imprenta, porque es gráfico, decían que él hacía los panfletos de las protestas. Yo me aterraba cuando leía esas cuestiones, pensaba que se podían llevar a mi papá por culpa mía. Imagínate que el año 87, cuando finalmente me echan, el jefe de personal era Labbé. Lo pasamos súper mal. Pero en esos tiempos estábamos dispuestos a dar la vida por conseguir la democracia. Teníamos más ilusiones… Quizás sea verdad que muchas cosas no cambiaron, que nos acomodamos a este modelo neoliberal. Pero todos somos responsables. Unos porque no quisieron hacer más y otros porque dejamos hacer. En el fondo, uno también se retiró.

Cuando llegó la democracia.

Claro. Dijimos "ya, lo logramos, ahora ustedes nos van a representar en el poder y todo va a caminar por un tubo". Y nos fuimos retrotrayendo. Yo dejé de participar, confié en que todo se iba a dar y me equivoqué. Había miedos comprensibles, no he olvidado eso, pero esta transición a la democracia ha durado demasiado tiempo. Y hubo gente que se acomodó, poh. Se acomodó en las AFP, en las isapres, en las empresas del Estado. Eso fue decepcionante, nos desmotivó. Por eso todo esto nos ha traído una luz de esperanza, cuando casi la habíamos perdido. Y la esperanza para los pintaninos es sentir que por lo menos hay una mayor conciencia, que hemos dejado de ser invisibles.

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