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Este 8M será recordado como un hito en que las chilenas logramos correr las fronteras de lo posible y convertirnos en ejemplo para el mundo, siendo el primer país que incorpora el principio de paridad de género para escribir la nueva Constitución.

La jornada histórica de votación del 4 de marzo fue la culminación de una verdadera gesta, un camino plagado de obstáculos que se fueron sorteando, con táctica política, conocimiento experto y apoyo decidido de la sociedad civil, volcada a aunar voluntades, establecer puentes y, por cierto, presionar por un resultado favorable. Ad portas de la conmemoración del Día de la Mujer, de la marcha convocada para hoy y la huelga feminista de mañana, era una señal simbólica llegar con esto resuelto.

Los ánimos en el Congreso fueron tensos durante la semana, pero el miércoles ya se evidenciaba un giro respecto del inicio de la tramitación y el rechazo en el Senado antes del receso de vacaciones. Ahora, la oposición estaba “cuadrada” en torno al liderazgo de sus parlamentarias, entregándoles un espacio inédito de protagonismo y una fórmula mejorada de la original, que terminó imponiéndose a otras alternativas.

Mientras, la derecha mantenía gran parte de sus votos en suspenso, sin lograr cohesión en torno a una última propuesta que llegó a destiempo. A esas alturas, el costo de rechazar la paridad ya se había elevado a su máximo y la apuesta fue dejarlo a la negociación uno a uno, confiando en que RN, y el buen hacer de sus diputadas que encabezaron la iniciativa desde un principio, lograría aportar los votos suficientes. Al final se vería “quién es quién”.

El desenlace fue la aprobación por una mayoría amplia y lo ocurrido nos deja varias lecciones. La primera es que no existen sistemas electorales perfectos, todos generan “distorsiones”. En este caso, se buscó reducirlas al máximo para solucionar la mayor de las anomalías: la subrepresentación política de las mujeres, que no superan el 23% en el Congreso y el 12% en las alcaldías.

Dar legitimidad a un proceso constituyente único bien valía este esfuerzo. Porque la nueva casa común nos debe representar por igual. Por eso resulta tan disonante seguir escuchando el manido eslogan de que aquí se “metió la mano en la urna”, olvidando la experiencia del binominal. La segunda lección pasa por seguir la senda de acuerdos transversales que una mayoría ciudadana demanda. En este caso, el movimiento feminista logró hacer de este uno de esos momentos memorables de nuestra historia democrática. Uno en que nuestros representantes lograron cruzar fronteras ideológicas, en aras de un bien común mayor. Mención especial para los parlamentarios dispuestos a ceder cuotas de poder. Para muchos, el feminismo ha dejado de ser tan incómodo. Y es de esperar que mantengan la coherencia de sus discursos en la práctica legislativa. Porque la agenda social no está resuelta y la demanda por la igualdad está en el centro de la misma.

Por último, destaca la contundente acción de las mujeres y su capacidad de incidir en las decisiones políticas, uniéndonos en torno a un objetivo común, poniendo en valor la diversidad que representamos.

Cierto es que este logro no será realidad si el 26 de abril no gana el “apruebo” y la de una convención constitucional 100% electa. Tengo la esperanza de que, finalmente, lograremos hacer historia, avanzando decididamente en el cambio cultural que Chile necesita y que esta semana empezamos a reescribir. Por todas las mujeres, las de ayer que nos abrieron el camino, las de hoy con quienes construimos esta nueva ruta, marchamos este 8M.