Columna de Ascanio Cavallo: 2021, wonder year



El plebiscito del 25 de octubre no se realizará en condiciones óptimas: este ya es un hecho e importará poco si la culpa es del gobierno, del Congreso, del Servel o de todos juntos. Importa ahora que sea óptimo el proceso de votación y entrega de resultados. También es un hecho que la discusión constitucional ha comenzado. ¿Qué se puede prever entonces para el 2021?

El primer dato es que el trimestre final de este año dejará, según cálculos convergentes, unos tres millones de cesantes, la cifra más alta que haya tenido Chile desde los 80. Los empleos para ocupar a esas personas demorarán en crearse y esa tarea tomará, posiblemente, todo el 2021. La herencia asociada es la recesión producida por lo que los economistas llaman la “triple parálisis” -oferta, demanda, inversión-, un callejón cuya salida es más estrecha y morosa que la entrada.

El segundo elemento es el Covid-19, que salvo un nuevo giro de la ciencia médica, permanecerá presente, con rasgos más y menos amenazantes, durante la mayor parte del próximo año. La pandemia, que ha venido a ser como la continuación de la globalización por otros medios, será un espectro sentado a un costado de la recesión y no habría que extrañarse si, como ha ocurrido, el vértigo de las imprecisiones, la corrección de cifras y las comparaciones tenga una ronda más rotunda. De momento se puede decir que los altos contagios obtenidos por Chile son una muestra de que su interconexión con el mundo es mayor de lo que los chilenos perciben.

Luego está el ambiente de crisis social, ahora presionado por una situación económica nueva, muy distinta de la que había a fines de 2019. Octubre de este año, el aniversario del 18-O, será, con toda probabilidad, un termómetro para saber si la movilización y la violencia están más calientes o, si por el contrario, se han subsumido dentro la apertura de un “nuevo ciclo”, como algunos creen. Hay una diferencia crucial entre el encapsulamiento y la expansión de la protesta de cara al año que viene.

El 2021 no entrará con discreción, sino con un carnaval de campañas electorales: alcaldes, concejales y, por primera vez, gobernadores regionales. Por restringidas que aún sean las facultades de estos últimos, habrá un reajuste al alza de las regiones y, por rebote, a la baja de las comunas. Desde el punto de vista del capital electoral, en algunos casos un gobernador será lo mismo que un senador y en otros, más. El de Santiago podría quedar cerca del Presidente.

En esa misma elección se agregarán los 155 constituyentes. La convención que los reúne, cualquiera sea la modalidad de integración, será un espejo numérico y distrital de los diputados. Quienes creen, con el pesimismo por delante, que la convención constituyente no será mucho más que una “cámara de segunda”, tienen que admitir al menos la posibilidad contraria: que la convención sea la nueva “cámara de primera”, esto es, que pase a tomar el protagonismo del debate público, con la inevitable confrontación entre -nada menos- los modelos de convivencia para el futuro. Para los diputados, sobrepasar el marco constitucional vigente, o las facultades del Presidente, o del propio Congreso, tendrá en el 2021 impactos y costos diferentes de los que ha tenido hasta ahora; su inteligencia será puesta a prueba para medir de otra forma sus actuaciones en el hemiciclo.

Es obvio que la convención no agotará el debate público, pero lo concentrará y, sobre todo, le dará el rango monumental de una discusión sobre el futuro y no sobre la coyuntura, que siempre es un poco rácana. Ser un convencional debería tener cierta auréola intelectual, mientras que la política se arrinconará un poco más en el espacio demasiado pequeño que las encuestas le están asignando.

Apenas seis meses después de ese momento vendrán otras cuatro elecciones: presidente, diputados, senadores y cores. Parece inevitable que todas ellas se interconecten con todo lo anterior: la presidencial se constitucionalizará, la constitucional se presidencializará, ambas se parlamentarizarán, y así por delante.

Los candidatos a alcaldes, ¿no serán tocados por su gestión comunal de la pandemia? Y los candidatos a diputados y senadores, aunque tocados con el óleo crismal del límite a las reelecciones, ¿podrán dejar a un lado la crisis sanitaria y económica, el poder regional y el momento constitucional para refugiarse en el tipo ya conocido de ofertas electorales? ¿Y qué candidato presidencial podría esquivar la polémica constitucional cuando ésta estará cursando la mitad de su misión?

Queda todavía un grano de otra especia: cuando se inicie el nuevo año, Estados Unidos habrá librado su “elección del siglo”. Trump ya ha demostrado que su presencia no es indiferente para nadie. Si su objetivo hubiese sido sólo notarse, lo ha logrado con largueza y ya no hay duda de que su ausencia significaría un nuevo ambiente mundial. A lo menos desde la pandemia, estas cosas suceden cada vez menos lejos.

En inglés, a wonder year designa a un año “maravilloso”, también en el sentido de “curioso”, “asombroso” o “extraño”. En los dos siglos de República, el 2021 será uno de esos.

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