Columna de Ascanio Cavallo: Chronos contra Kairós

Marruecos.



La pandemia del Covid-19 ya ha dado una vuelta al mundo y está en la mitad de la segunda. Las noticias sobre segundas y terceras cepas (variaciones del virus) y olas (nuevos períodos de contagios) tienden a oscurecer el horizonte. La confusión ha evitado, hasta cierto punto, que esos hechos provoquen efectos políticos inmediatos, excepto en casos tan raros como el de Holanda, donde las protestas contra la implantación del toque de queda coinciden con el vacío político creado por la anterior renuncia del primer ministro liberal Mark Rutte.

La experiencia europea, que está por completar un año de pandemia efectiva, sugiere que hay dos tipos de impactos políticos sucesivos. El primero es la caída de los ingresos y los empleos, a la que los gobiernos han reaccionado en lo inmediato con paquetes de ayudas y subsidios. El segundo es la eficacia de la gestión del aparato público, donde los países tienden a compararse con otros; en Francia, por ejemplo, se plantea como un debate amargo la pregunta de por qué su cifra de muertes es casi tres veces mayor que la de Alemania, teniendo sistemas de salud similares.

Mientras el primer impacto sumirá a gran parte del mundo en una pobreza que se creía superada, el segundo replanteará la calidad de los servicios estatales: un cóctel altamente inflamable. Y como lo malo siempre puede ser peor, la presión por las vacunas ha terminado por quebrantar las expectativas generales: la inmunización será más lenta y más desigual de lo temido.

El historiador francés Francois Hartog ha recordado la vieja lucha entre Chronos (el tiempo lineal) y Kairós (el tiempo oportuno y, para algunos teólogos, “el tiempo de Dios”), que se presenta, por primera vez simultáneamente ante todos los gobiernos del mundo, en lo que puede ser el primer “hecho social total” de la historia. Chronos es la implacabilidad del tiempo, su avance indiferente a la prisa o la demora humana. Kairós es, por lo general, la paciencia, el tiempo controlado por una cierta noción del destino, y a veces puede ser la impaciencia, el tempo dominado por la pasión o el miedo.

Frente al peligro de una “catástrofe moral” advertida por la OMS (los países pobres esperando hasta el 2022 o 2023, mientras los ricos se vacunan este año: un Chronos determinado por la codicia), India y Sudáfrica encabezaron una moción en la misma OMS para suspender los derechos de propiedad intelectual en los tratamientos para el Covid-19. Unos 100 países ya la han suscrito. (Como para confirmar la violencia de los contrastes, justamente un sudafricano es el símbolo del Chronos catastrófico: Johann Rupert, dueño del grupo del lujo Richemont, consiguió vacunarse el 23 de enero en una clínica suiza, con una sucesión de maniobras que lo han obligado a explicar por qué se considera más indispensable que otros).

Son numerosos los gobiernos que temen ahora que la percepción de una mala administración de la vacuna -demora, prioridades indebidas, desigualdad, descuido- tenga una conflictividad social mucho mayor que la de la fase inicial de la pandemia. Si ha sido muy difícil convencer al mundo de que el Covid-19 es peligroso, más lo será manejar una solución manufacturada.

El gobierno chileno está iniciando el proceso de vacunación masiva al mismo tiempo que los últimos países de Europa. Esto no tiene que ver con su eficacia, sino con el ritmo en que han estado llegando las vacunas, que a su turno depende de las prioridades de sus fabricantes. El aparato de salud entra en otra carrera contra Chronos: esta vez, para llegar antes de la tercera ola que, según el exministro Jaime Mañalich, podría producirse con un nuevo invierno.

No es una pura razón climática. Ya parece evidente que, como ha estado ocurriendo en todo el mundo, un segundo proceso de confinamiento resulta intolerable, por razones económicas, psicológicas y de simple cabreo. De un lado, los programas de ayuda, que “pudieron llegar antes”, según la expresión del saliente ministro de Hacienda, se empiezan a agotar en conjunto con los recursos previsionales. De otro, a las rebeliones de baja intensidad -fiestas, asados, playas- se sumarán las necesidades de las campañas electorales. Todo eso tendrá su fase de aceleración entre marzo y abril.

Es un hecho que la situación de Chile es mejor que la enorme mayoría de los países de la región. Sus números en cuanto a caída del producto, aumento del desempleo y crecimiento de la pobreza estarán, al final, muy por debajo de toda Sudamérica. Incluso, con sus cifras raras, el paquete de ayuda oficial será uno de los más robustos del vecindario.

Pero como a esa parte del gobierno no le cree nadie, habrá que ver con las vacunas. En este campo cuenta al menos con una rareza, la sostenida credibilidad del ministro Enrique Paris, que ahora enfrenta su verdadero desafío. El hecho político que le toca, con todo su potencial explosivo, es este; sustituir a Mañalich fue sólo una especie de ensayo.

Será una circunstancia singular que el proceso de vacunación y salida del estado de encierro coincida con el debate constitucional. Tenía Chile que tener su particular Chronos contra Kairós, cómo no. Todavía es muy temprano para saber si sólo se trata de una ironía, o de esa vieja, inefable, incomprensible sabiduría de la historia.

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