Columna de Ascanio Cavallo: Desde el momento de odio…



El Presidente ha convocado a un acuerdo nacional sobre sanidad y recuperación económica, excluyendo, con un cuidado que no ha sido su rasgo de estilo, el debate propiamente político y el constitucional. Un fragmento de la oposición, el Partido Comunista, rechaza de plano la idea. Otro fragmento lo condiciona a que se acepten sus prioridades, lo que más o menos equivale a rechazarlo, porque no hay baile cuando una de las partes exige imponer sólo su música. Queda otra parte, que está al aguaite. Y con razón, porque tampoco las cosas se ven claras en las filas del oficialismo. Al presidente del partido del Presidente se le ha ocurrido presionar por algo parecido al cuoteo: quiere a un ministro suyo en el equipo negociador.

La velocidad de la política chilena está muy por detrás de la velocidad de la pandemia. En el puzzle formado por las proyecciones inservibles, las cuarentenas que refrenan los contagios, el desempleo que aumenta con las cuarentenas y los alcaldes que exigen cuarentenas como si fuesen la panacea social, la política se ha visto confinada al rincón de la irrelevancia, recubierta por un manto de desconfianza más espeso que el que envuelve a la sociedad.

¿Por qué es así? Veamos.

El gobierno vivió un semestre (octubre a marzo) en el que hubo un esfuerzo masivo por derribarlo con métodos no electorales, bajo el pretexto, justo o envidioso, de eliminar los privilegios de una sociedad abundante. Con distintos grados de intensidad, toda la oposición terminó subida en esa ofensiva, que no se detuvo, como se ha dicho, con el acuerdo constitucional de noviembre, sino que se extendió por lo menos hasta marzo pasado, justo antes del estado de catástrofe. El Presidente debió ver los miles de rayados callejeros que le exigían la renuncia o que lo daban por terminado, para no hablar de los llamados a liquidarlo. Unos ciclistas se lo fueron a gritar a su casa, por si faltara.

Al otro lado, la oposición, repentinamente liberada de su derrota en las urnas, se sentía al alza hasta el mismo marzo, celebraba la caída de popularidad y se mostraba bastante disponible para un “golpe blanco”, como la renuncia del Presidente o, mejor, su destitución por el Congreso. A los malos números de las encuestas agregaban la pereza de la economía y algunos pensaban que el plebiscito constitucional previsto para abril podía ser convertido en un referendo final sobre el gobierno. Para decirlo en forma (apenas) figurada: el 27 de abril por la mañana debía renunciar el gabinete y, por la tarde, el Presidente. A la oposición le parecía que esto no era del todo ilegítimo, porque -con la prueba de “la calle”- Sebastián Piñera había perdido la mayoría que lo llevó a La Moneda.

La pandemia cayó sobre Chile en ese momento psicológico. La palabra puede ser dura, pero no injusta: un momento de odio. Y ocurre que 11 semanas después, con un país totalmente alterado en su vida sanitaria y productiva, aterrado por un eventual colapso del sistema de salud, sintiendo que sube por una pendiente agónica de contagios y muertes, parece no haber otro camino que buscar un acuerdo nacional. Con los mismos actores del psicodrama anterior. ¿Tiene alguno de esos actores la capacidad psicológica de salir y olvidarse del estado en que vivía hasta tan poco? Los que se sentían entonces ofendidos por la actitud del gobierno, ¿pueden pasar del agravio? Y el Presidente, ¿puede zafar de la memoria de los rayados, los gritos, la furia?

Una situación análoga -sans comparison- con la que vivió Salvador Allende después del tancazo de junio de 1973, aunque los caricaturistas de la historia suelen ignorar estos matices. En aquellos días, a la vista de la grave crisis política que representaba la asonada de métodos no electorales, el Presidente invitó a la oposición al diálogo. El secretario general (por entonces se llamaban así) del partido del Presidente descalificó a su ministro negociador. El Partido Comunista, en cambio, apoyó al Presidente. Sólo una parte de la oposición aceptó. La otra quería que el Presidente renunciara o, mejor, que fuera destituido por el Congreso.

El agón se prolongó por varias semanas, en un ambiente de furia en el que volaban las amenazas de lado a lado: paralizar Chile, movilizar Chile, incendiar Chile. Cada día había alguien que empeñaba su mejor ingenio rabioso para impedir el acuerdo, que por supuesto se vio cada día más inviable.

El resto es historia conocida.

Las circunstancias son muy diferentes ahora. La presión no la pone un golpe de Estado, sino las muertes pandémicas, día por día, hora por hora. Según las estimaciones del MIT -hasta ahora, las más certeras, admitiendo su grado de volatilidad-, para fines de junio Chile tendría que registrar algo más de cuatro mil muertes. Lo que quiere decir que lo peor está por venir y es bastante inútil el tironeo de si es muy temprano o demasiado tarde.

A lo menos desde Tocqueville, la democracia no sólo supone la existencia de un gobierno y una oposición, sino también que esa distancia sea elástica, según lo indiquen las amenazas contra la sociedad. Esto es clamorosamente obvio, pero los indicios de que esté ocurriendo son aún muy débiles. En la oposición, sólo el presidente del PPD, Heraldo Muñoz (que ha convocado a encuentros con figuras ajenas a su partido), y el senador socialista José Miguel Insulza, un paso adelante y otro atrás, parecen haber sintonizado con el hecho de que la pandemia no le sirve a ningún grupo democrático. ¿Lograrán cambiar la dinámica prevaleciente en los bloques políticos?

A propósito de Tocqueville: el gran filósofo político escribió alguna vez que la envidia es también, y esencialmente, un sentimiento democrático.

Comenta

Por favor, inicia sesión en La Tercera para acceder a los comentarios.

Imperdibles