Columna de Ascanio Cavallo: El fin de una era



Se terminó el sistema de partidos mayoritarios en Chile. Desde el miércoles 15, parece que ya no se volverá a ver grandes formaciones capaces de establecer alianzas sólidas y ofrecer con ellas una garantía de mínima gobernabilidad. Se acabó la derecha como bloque mayoritario, y si vuelve a tener un candidato con aire, pasado o afiliación de derecha, tendrá que postular bajo una urdiembre de partidos menores y grupúsculos chúcaros.

En la votación para autorizar el retiro del 10% de las AFP no hay mucha racionalidad económica. Se invita a la gente a que eche mano de sus ahorros, pero nadie dice si se les devolverán, ni menos con un Estado que agotará sus reservas y comenzará a endeudarse con cargo a las nuevas generaciones. No ha primado esa racionalidad, sino sobre todo una cierta pulsión de venganza, primero contra las AFP y después contra Piñera.

La oposición encontró la oportunidad de infligirle al gobierno una derrota, ya no marginal como estaba acostumbrada, sino sustancial, con sus propios diputados. Una ocasión dorada, que podría confirmar que el antipiñerismo es más que el piñerismo, aunque por ahora no ofrezca una gobernabilidad alternativa. Y los 13 diputados desalineados del oficialismo vieron un momento redondo para expresar su enojo -por muchas, muchas razones- con el Presidente que les pedía su voto. Una pulsión que se satisface sin término.

El resultado ha sido una derrota estructural para el gobierno. Cuando recién asumió, el Presidente solía increpar a sus partidos aliados por haber sido incapaces de trasladar al Congreso la mayoría que él obtuvo en las urnas. Ahora, los parlamentarios han querido demostrarle que el grupo minoritario es el suyo, que está solo, como estuvo el 18-O y como seguramente lo seguirá estando en los 18 meses que le quedan. Han querido decirle que el “pato cojo”, el gobierno abandonado, ha comenzado en julio, mucho antes de lo que se acostumbra.

Más allá de las medidas disciplinarias, la historia de los votantes “díscolos” ya se conoce: en poco tiempo terminan formando un partido propio. Y los desgajados de los grandes partidos terminan siendo pequeños partidos, cuando no varios diferentes: los dos Mapu, la IC, el PSA, la Usopo, la DR, el Padena, el PALR, el PLa, el PIR: una sopa de letras que pasa al pie de página de la historia. La humillación que los 13 diputados de Chile Vamos le infirieron al Presidente Piñera tiene cierto parecido con la que Adolfo Zaldívar le propinó a la Presidenta Bachelet con el presupuesto de un peso para el Transantiago. Zaldívar fue expulsado de la DC y formó un partido que en poco tiempo se convirtió en dos, el PRI (piñerista blando) y el FRSV (opositor duro). Hacia allá se encaminan, quiéranlo o no, por la fuerza de su inercia centrífuga, los 13 o muchos de ellos.

La nueva verdad es que en el Congreso ahora todos son minoría. Sólo hay partidos-fragmentos, como ocurrió en la época de degradación del parlamentarismo, allá por 1925, y parece bastante probable que el país entre en una etapa de alianzas de ocasión (a menudo espurias, según muestra también la experiencia histórica) para disputarse sólo los pedazos del queso. El avanzado proceso de desertificación del liderazgo va de la mano con ese proceso.

La derecha mantenía su unidad en función de resistir a la amenaza de la izquierda. La pandemia le ha proporcionado una razón para ignorar esa amenaza. Pero la verdad es que esa tentación venía de antes, desde el 18-O -cuando el gobierno exhibió su incapacidad de imperio- y quizás aun antes, cuando empezó a elegir a sus candidatos y dirigentes con las encuestas o el número de likes de anteayer.

Un esquema como este hace que el usual balance entre convicciones y conveniencias con que las personas adhieren a un partido se incline con más fuerza hacia este último componente, en un ciclo que se alimenta de sí mismo. Los partidos, que suelen retribuir las convicciones, pasan a pagar aspiraciones menores y más precisas.

Y entonces, ¿se acabó el gobierno? Como ente administrativo, no, de ninguna manera: hay muchas elecciones por delante, además de que está demasiado a la vista una crisis económica de proporciones aún no calculables, una crujidera que demostrará que en vez de debatir sobre la opulencia será necesario regresar a la escasez, porque el país, como la interminable clase media, sólo necesitaba un par de tropiezos para caer de su frágil posición. Dicho sea de paso, uno de esos tropiezos es el confinamiento colectivo, la medida más desgraciada que se le pudo ocurrir al mundo. Pero ese es otro tema.

En cambio, en cuanto ente programático, el gobierno sí se acabó. Los proyectos con que venía han fenecido y el “modelo Cameron” yace arrugado en la papelera, igual que el de Cameron. Como unidad política, es una minoría más. Tal vez la historia diga que tal como con Bachelet 2 se pulverizó la izquierda, con Piñera 2 se pulverizó la derecha y, sin ser culpa de ninguno de los dos, entre ambos le pusieron fin a una era inusual de la política chilena. ¿O la culpa fue del 2?

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