Columna de Ascanio Cavallo: Las invasiones bárbaras



Un año después del colapso violento de Santiago por efecto de una revuelta multilocalizada, se han emprendido ya abundantes esfuerzos por identificar a los protagonistas de ese momento crítico, ya como segmentos sociales, ya como sujetos simbólicos. Algunos de estos estudiosos prefieren evitar el énfasis en la violencia. Pero esto significaría una alteración fundamental de los hechos: es la violencia de aquella noche, que inauguró la de muchas subsiguientes, lo único que puede abarcar la totalidad del fenómeno y, sobre todo, lo único que lo distingue de otras formas de radicalidad política o social.

Hay más acuerdo en el uso de la palabra “revuelta”: vista su falta de dirección, reivindicación y proyecto, resulta un exceso aplicarles categorías políticas más estructuradas. El alboroto, la riña, el cambio de dirección, que son las principales acepciones de “revuelta”, describen bien la diversidad de los hechos y las consecuencias del 18-O. Del mismo modo, mantiene en el centro el rasgo de alteración violenta del orden público.

Para el registro histórico, la revuelta pone fin al proyecto de gobierno de Sebastián Piñera. Y le da una “vuelta” de tal magnitud, que lo convierte en la administración bajo la cual se realizará un cambio constitucional probablemente extenso y profundo. Algunos cientistas políticos lo han denominado como el quiebre del consenso de 1988; algunos entusiastas, como el fin del modelo, y otros, algo más genéricos, como el fin del neoliberalismo. El fin de algo.

Todo eso debería ocurrir con el proceso constitucional. Pero, aunque resulte majadero, hay que repetir que en el 18-O hubo de todo, menos el reclamo de cambio de la Constitución. Esta es una interpretación que hizo a posteriori la “burocracia política” (el concepto es de Agustín Squella), con el fin de dar una salida político-institucional a algo que no ha terminado de entender. Precisamente: la “revuelta”.

Después de todo lo que se ha dicho y escrito sobre aquellos días, las únicas descripciones coincidentes -con simpatía, condescendencia, neutralidad o repulsa- sólo caracterizan a una masa informe, airada, resentida, frustrada e iracunda, en la que cabrían tanto los extremadamente marginalizados como los segmentos de clase media empobrecida. Parece, además, una masa en blanco, sobre la cual cada analista inscribe sus propias interpretaciones. A veces, con un encono visceral, como se representa a un enemigo; a veces, con una comprensión beatífica, rousseauniana, y aun otras veces con cierta complacencia meliflua, como una amenaza velada.

Pero se puede sospechar que muy pocos de los protagonistas del 18-O querrían identificarse con estas categorías barbáricas. Tampoco es verdad que carezcan de filiaciones, que se trate de personas marginalizadas en el sentido técnico: los barristas del fútbol han sido tan institucionalizados, que hasta solían reunirse con un exministro y crecieron con el financiamiento de notorios dirigentes; los estudiantes secundarios forman parte de un sistema en cuya cabeza siempre hay profesores; los microtraficantes tienen sus códigos y sus jerarquías muy claras; los revolucionarios no son tales si no tienen un mínimo de gregariedad; los saqueadores de supermercados se presentan hasta en los terremotos, e incluso los anarquistas responden a pequeñas (o grandes) organizaciones. Y esto, sin contar los casos en que fue visible la reivindicación de identidades particulares que reclaman un lugar en el espacio público. Estos grupos tienen poco que ver entre sí, excepto en el ataque de ocasión a los bienes simbólicos y a quienes se les enfrentan, empezando por la policía. Tan diferentes, que es casi seguro que ninguna respuesta institucional los podrá satisfacer a todos. Hay un porcentaje de frustración garantizado en la eventual nueva Constitución y en toda la secuencia de elecciones del 2021.

A fin de cuentas, que se sepa, nadie ha realizado un trabajo de campo con los incendiarios del Metro, ni nadie ha entrado en la microtopografía del narco, ni nadie conoce muy bien las lógicas de los colegios notoriamente anómicos. Hay más tesis que pruebas.

Pero un año después, las condiciones no son las mismas del 2019. Si hubo un “momento de revuelta”, la anti-tesis debe decir solamente que se produjo la convergencia de factores objetivos con un espíritu subjetivo pluriforme. Y si esas condiciones se repiten, sólo cabría deducir que las fuerzas políticas y sociales se han quebrantado más allá de los límites que ellas mismas conocen, lo cual incluye -para que nadie se sienta tan a gusto- tanto al gobierno como a la desconcertada oposición.

En ese caso, el “momento constitucional” (la traducción política posterior) habrá empezado a fracasar aun antes de realizarse el plebiscito de partida.

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