Columna de Ascanio Cavallo: Lo que sucede allá



La Convención Constitucional cumplió su primer mes, completando 13 sesiones y 115 votaciones. Las encuestas que la han medido muestran que la evaluación pública no es demasiado positiva, pero tampoco demasiado negativa. Parece que está en ese período de “luna de miel”, donde el encantamiento se junta con la expectación. En este estado numinoso y quebradizo, cualquier evaluación parece subjetiva e interesada. Los pesimistas caen dentro del rango de los que quieren que fracase; los optimistas, dentro de los que quieren un resultado a su medida. Todo el que observa es sospechoso.

Sin embargo, nunca habrá habido más observadores. La Convención es quizás el primer experimento de democracia digital en Chile, la primera institución estudiada y monitoreada desde su nacimiento. Cada voto, cada discurso, cada debate está siendo procesado muchas veces en diferentes programas. En tres meses se sabrá más de los convencionales que de los diputados. El análisis impresionista habrá sido sustituido por la masa de datos.

Las encuestas también anotan que el ánimo prevaleciente en el país es el de incertidumbre. Es probable que los contribuyentes principales sean el estado de la pandemia y las próximas elecciones presidenciales, y sólo secundariamente la Convención. Pero es inocultable que la primera semana de funcionamiento entregó toda clase de señales confusas, que han sido benévolamente interpretadas como un pasaje identitario, lúdico o catártico. Puede ser: en estas lecturas suelen combatir el voluntarismo con el rigorismo.

Lo que no cabe en la benevolencia fue el debate por impedir el acceso de la prensa, una medida que se desplomó por su evidente peso antidemocrático, pero que también mostró que en el vientre de la Convención hay alguna pulsión totalitaria, alimentada por unas misteriosas “expertas en comunicación política”. ¿Será por ellas que aún no se pueden conocer los votos en las comisiones?

Mientras tanto, en las cuatro semanas transcurridas ha bajado una parte de la espuma inicial. La contaminación con el debate de paso, y especialmente esa ansiedad por contrastarse con todos los poderes del Estado, ha cedido paso a una mejor disposición para tomar de sus experiencias lo que es racionalmente conveniente. No es fácil ni necesario inventar la rueda.

La Convención se ha dado el mes de agosto para concluir su reglamento. Este puede ser considerado como el primer compromiso que toma con el país, aunque debería tratarse de una discusión clásicamente burocrática. Se ha convertido en otra cosa debido a las polémicas sobre el origen de la Convención, los límites de su soberanía, su relación con la reforma constitucional que la creó y la interpretación del plebiscito que aprobó su instalación. En el trasfondo, en realidad, está la interpretación sobre la disrupción del 18-O: una revolución inconclusa o un desborde de tensiones subyacentes con el orden político y social (una tercera lectura, la asonada de violentistas, está encapsulada en un sector de la derecha). Pero de esto se desprende que el asunto del reglamento no es tan neutral, puede ser autoritario o democrático, engañoso o transparente, según la visión que se imponga. Para eso falta un mes.

Durante las próximas semanas será inevitable -ya lo está siendo- que este debate y los que vengan caigan bajo el influjo de la campaña presidencial, cuya fuerza gravitacional no tiene comparación en la política chilena. La Lista del Pueblo, por ejemplo, nacida para la Convención, ya se articuló lo suficiente como para levantar un candidato presidencial propio, Cristián Cuevas, con el fin de salir al paso, esencialmente, de Gabriel Boric y el Frente Amplio. La operación es bien obvia, porque Cuevas fue un aliado de Boric hasta fines del 2019.

Precisamente esta nueva división de la izquierda ya se venía perfilando en las votaciones de la Convención, donde la Lista del Pueblo ha ejercido una fuerte atracción sobre el PC y algunos independientes, mientras el Frente Amplio ha tomado distancia para ubicarse como fuerza moderadora, capaz de atraer los votos del PS y de independientes afines. Aquí se ve una acción nacida en la Convención que afecta la contienda presidencial. A la inversa, el anuncio del PC de llevar listas parlamentarias separadas ha impactado en las votaciones del Frente Amplio para la integración de las comisiones. Hay más ejemplos, pero estos dos bastan para apreciar la dinámica que se empieza a producir entre la Convención y las elecciones que vienen.

¿Cómo será esto cuando se inicien las discusiones de fondo sobre la nueva Constitución? Aún no se sabe. El único indicio presente es que la Convención se mueve en tres bloques bastante definidos: un polo de izquierda mayoritario, un polo de derecha minoritario y un grupo numeroso de convencionales que se ubica en el medio, aunque no en el centro político clásico (como la DC o el PR), sino más bien en el Frente Amplio y aláteres. Este grupo tendrá un peso decisivo en las decisiones futuras y su movimiento no es perfectamente predecible. Quizás es un anticipo de que el FA ha sustituido finalmente a la Concertación. Un aviso del triunfo de los hijos sobre los padres.

Todo esto significa que las elecciones de noviembre serán muy distintas de todo cuanto se podía imaginar hasta mayo de este año. Lo que sucede acá resuena en lo que pasa allá. La política chilena ha pasado a ser un laberinto de ecos.

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