Columna de Ascanio Cavallo: Reducción del campo

FOTO: KARIN POZO/AGENCIAUNO



Según la encuesta de Criteria conocida esta semana, el promedio de los electores se ubica a sí mismo, dentro de una escala de 1 a 5, en el 3,08. Esas mismas personas identifican en el extremo derecho a José Antonio Kast, con 4,79, y en el extremo izquierdo a Gabriel Boric, con 1,9 (apenas ligeramente superado por Eduardo Artés, con 1,67). Ambos son los candidatos más distantes del “centro” que supone la posición promedio; los más cercanos a ese punto son Franco Parisi y Marco Enríquez-Ominami. Y sin embargo, como han venido señalando todos los estudios de las dos últimas semanas, Kast y Boric aparecen con amplia ventaja en intención de voto.

Puede que las encuestas se equivoquen -como repiten majaderamente los comandos de uno y otro-, pero las tendencias son coincidentes con algunos hechos: por ejemplo, que los candidatos principales no han hecho esfuerzos significativos por moverse hacia posiciones más moderadas. En sus núcleos, siguen presentando visiones radicales acerca del pasado inmediato (el 18-O muestra el disenso más extremo) y también acerca del futuro, a pesar de que sí hay acuerdo en que las perspectivas cercanas de la economía son sombrías.

Una encuesta posterior a la de Criteria, esta vez de Feedback, ha sido la primera en dar una ventaja significativa a Kast, en primera y en segunda vuelta, y también en la mayoría de los atributos que hoy significan gobernabilidad, excepto en el de promover mayor cuidado con el medio ambiente. Este es un discriminador de la mayor importancia para los votantes jóvenes; y en él sólo Boric aparece con ventaja sobre Kast.

La única explicación teórica para este cuadro de aguda polaridad en las presidenciales es que se haya instalado como eje conceptual el de la inseguridad-seguridad, tanto en el campo del orden público como en el de la economía, una posibilidad que había sido sistemáticamente rehuida por los asesores de todas las tendencias. Este es un eje que siempre intenta promover la derecha, a menudo sin lograrlo, pero ya no se puede descartar que la radicalidad del juego político, en el Congreso, en la Convención Constitucional, en los partidos y en las redes digitales, haya terminado por impulsar su implantación en la elección de noviembre. La instalación de un eje suele ser una mezcolanza complicada entre la realidad y lo que emana de las campañas. Una manera de simplificar la decisión. O también una actualización del refrán acerca del que siembra vientos.

Eso es lo que sugiere también la distancia que favorece a Kast en el grupo D y a Boric en el C1, los dos grupos que suelen favorecer las posiciones más duras. Y es lo que sugiere, con aún mayor fuerza, el hecho de los demás candidatos hayan dejado de comportarse como opciones competitivas y estén actuando, más bien, como el que espera que un serio tropiezo saque del camino a los demás. Llama la atención que Provoste apueste tanto a un hecho como el cuarto retiro (de fama incierta incluso entre sus votantes) y Sichel cargue los dados con una enérgica crítica a los partidos (de incierta prestancia incluso entre los suyos).

Hasta hace unos meses se afirmaba, sin perder el tipo, que no era la sociedad la polarizada, sino las elites. Sin necesidad de discutir esa tesis, todo indica que ha sido superada por la dinámica política y social. Quizás no tenga las mismas connotaciones que en el pasado, pero la polarización lo ha permeado todo, hasta el punto de que la discusión social se ha ido desplazando hacia el terreno más angustioso de la integridad. Como también es usual en las últimas fases de campaña, se ha reducido el campo de batalla.

Si esto es así, si el eje principal de las elecciones es el de inseguridad-seguridad (y no, por ejemplo, el de cambio-continuidad, o renovación-conservadurismo, o cualquier otro similar), cabe suponer que influirá también en las elecciones parlamentarias. Esto puede afectar de manera inesperada, y en un tramo de muy cortos días, a las candidaturas más estridentes, que hasta hace poco parecían tener el protagonismo asegurado. Un tramo en el que cada paso en falso puede costar toda una elección, y acaso más de una.

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