Columna de Héctor Soto: El bloqueo

El Presidente Sebastián Piñera en el Palacio de La Moneda.



Puede ser cierto que los caracoles son capaces de caminar por el filo de la navaja sin cortarse. Harto más dudoso es que la clase política chilena lo pueda hacer, atendido el curso que fueron tomando las cosas en las últimas semanas. La observación es válida en las actuales circunstancias. Porque el deterioro del escenario político alcanzó tal lógica y velocidad, que si los políticos no reaccionan ahora con un dejo de patriotismo, como se decía antes, o con un dejo de republicanismo, como es más adecuado decirlo ahora, gran parte de lo que el país consiguió en las últimas décadas se irá literalmente a la chuña. No se trata solo de las AFP. Lo que está en juego, sobre todo de aquí a la próxima legislatura y al próximo mandato presidencial, es mucho más que eso. Es si vamos a tener un país donde los poderes del Estado se respeten, donde las instituciones se hagan cargo de las grandes demandas sociales y donde las decisiones ciudadanas adoptadas en el plebiscito reciente puedan traducirse en fórmulas medianamente razonables para proyectar al país al futuro.

Es por segunda vez en un año que Chile vuelve a asomarse al precipicio. Es cierto que hoy la situación es muy distinta a la de noviembre pasado. No está presente el clima de revuelta popular y caos de las jornadas de entonces. El cuadro es distinto y lo es a pesar de los intentos desesperados y violentos por volver a lo mismo. Lo que ocurre es que la pandemia, por un lado, y el acuerdo del 15 de noviembre pasado, por el otro -que se hizo efectivo en el plebiscito- descomprimieron sustancialmente la situación, por mucho que todos los viernes seamos testigos de incidentes y bravuconerías, de vandalismo y amenazas en Plaza Italia, que siguen concitando apoyo en una fracción pequeña del espectro.

Distando mucho de ser el orden público una variable que esté controlada, ahora el país vuelve a exponerse al vértigo de la disociación, pero esta vez más bien en el orden político. Tremenda novedad, dirá usted, con toda razón, atendido que desde que el actual gobierno se hizo cargo de la conducción del país el sistema institucional simplemente dejó de operar con racionalidad. Hay quienes ven en esta parálisis otro capítulo más de la vieja pugna entre la Presidencia de la República y el Congreso, que recorre prácticamente toda la historia de Chile. Y hay buenas razones para creer que esta vez la crisis no va por ahí. La cosa es mucho más simple y compleja a la vez. En tiempos de polarización política, el cuadro de un Ejecutivo y de una mayoría parlamentaria de signos políticos encontrados simplemente no es viable, no sirve, no funciona. Y no funciona no porque los acuerdos políticos sean imposibles (aunque obviamente son más difíciles en el actual contexto), sino porque se desvaneció la racionalidad y el único incentivo que tiene y une a la oposición es hacer que el gobierno fracase, así sea que el resultado sea bueno, regular o malo para el país. Si fracasa, lo sienten como un triunfo. El resto, piensan, se verá después.

Está claro: este gobierno ya fracasó. La pregunta es cuánto más de derrota, sangre y chantaje necesita la oposición. Cuántos más ministros serán acusados. Cuántas más reformas constitucionales rifleras serán llevadas a cabo. Cuánto más populismo entrará a la ecuación para desfondar al sistema de pensiones y descuadrar los equilibrios macro de hoy y del futuro.

La verdad de las cosas es que de un tiempo a esta parte el sistema político apesta. Mantiene bloqueadas iniciativas que son cruciales para el futuro país. Las pensiones, las isapres, la modernización de Carabineros, el tema de La Araucanía, la ley de Inteligencia. Hasta la ley de Presupuestos ha estado bloqueada esta semana.

¿No sería más honesto -en una primera alternativa- tirar el mantel de una vez por todas e ir derechamente a la destitución del Presidente? Es lo que se intentó hacer y estuvo a punto de ocurrir en diciembre del año pasado. No es una salida democrática. Usarla conlleva tanto consecuencias como responsabilidades. Unas y otras son serias y graves. Pero sería bueno que alguna vez la clase política se hiciera cargo de sus decisiones.

La otra alternativa es menos dramática, pero más republicana y responsable. Consiste en llegar a acuerdos mínimos solo para que el actual gobierno alcance a entregarle a la próxima administración un país medianamente operativo y entero.

El peor escenario, que por desgracia es el que tiene más posibilidades de primar, es el de ni de lo uno ni de lo otro. Esto es, el bloqueo, el empate, la parálisis, la pérdida de tiempo, el gesto para la galería, la indignación libreteada para la cuña en la tele, el vacío y la pequeñez sin fin. En eso es en lo que hemos estado. Y todo hace pensar que en eso vamos a seguir.

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