Columna de Héctor Soto: Romper con el pasado

Gabriel Boric expone en Enade 2022. FOTO: DIEGO MARTIN/AGENCIAUNO



De una semana a otra se volvió fácil establecer lo que en un momento parecía difícil: el nuevo presidente electo gobernará con las ideas que manifestó en la campaña de segunda vuelta, no de la primera. Tanto la entrevista que concedió al Diario Concepción como sus recientes planteamientos en Enade dejan ver una resuelta moderación de sus posiciones. Y no obstante que este vuelco -porque de nada menos que de eso se trata- está siendo recibido con cierta tranquilidad por los viejos tercios de la política y por los agentes de distintos mercados, nada de esto asegura por sí solo que el país podrá restaurar sus equilibrios mínimos y lanzarse, de una vez por todas, a recuperar el tiempo perdido luego de dos años de marcado bloqueo del sistema político y de una crisis institucional que nos colocó al borde del abismo.

El factor más esperanzador del nuevo gobierno es que Boric pueda construir en los próximos meses algo parecido a un proyecto de unidad nacional que congregue e interprete a la mayoría ciudadana. El país lo necesita. Nuestro presidencialismo se aviene poco con un mandatario deficitario tanto en términos de estimación pública como de respaldo político. Eso es un problema que la nueva administración debería dejar atrás. Si todo sale bien, como todos esperamos, en los próximos meses veremos lo mucho que la política puede ayudar a la economía. Será un cambio sideral, porque en los últimos años nada ha jugado más en contra de la economía que la política.

Para construir ese proyecto de futuro, Gabriel Boric tiene una base potente: el 54% del electorado que le dio su apoyo, unido a la fuerte corriente de simpatía con que la gente está mirando su liderazgo, según las encuestas. También es posible que consiga ganarse la confianza de sectores que históricamente han estado tomando distancia del juego político más encarnizado y contingente. Es un factor muy importante en todo esto, desde luego, el sentido de responsabilidad con que el entorno del presidente electo se prepara a tomar posiciones en los máximos cargos del aparato del Estado. Se trata de gente joven, bienintencionada, estudiosa y muy preparada académicamente en varios casos.

Pero tiene también el nuevo gobierno un horizonte desafiante de adversidades. Está, por un lado, la inexperiencia de los equipos. Está, por el otro, su pesada mochila de malas ideas, como podría ser la del impuesto a los súper ricos, de promesas irresponsables, como lo es la condonación del CAE, de diagnósticos apresurados que no sabemos mucho qué significan, como es el caso de la descalificación en bloque del modelo supuestamente extractivista que a Chile le reportó tanto desarrollo como economía y tanto bienestar como sociedad, y también está el peso de muchas prácticas políticas de la coalición triunfadora que en los últimos años significaron un grave deterioro de nuestra democracia. Hay en su prontuario un historial de complicidad con la violencia como forma de lucha, de apoyo indiscriminado a las huelgas, tomas, barricadas y protestas para fines estrictamente disruptivos, de transgresiones recurrentes a la ley y a la Constitución en el proceso legislativo e incluso sus huellas están marcadas en las dos intentonas que hizo la actual legislatura por destituir al Presidente de la República. Nada de esto tiene mucha grandeza. Nada tampoco es muy esperanzador. Corresponde, por decirlo así, a una caja de herramientas de inspiración bélica más que política, con la cual se articuló exitosamente como eje de la oposición, pero que ahora no sirve de mucho para construir algo y menos todavía para gobernar. En este sentido, la coalición que está llegando ahora al gobierno tendrá necesariamente que expurgarse del juego sucio y reequilibrarse en función de una idea de país que sea constructiva. Esa es la gran incertidumbre del momento. Sabemos lo que la coalición Apruebo Dignidad no quiere. Tenemos ideas bastante más vagas y confusas respecto de lo que quiere.

Puesto que para el nuevo mandatario será difícil explicarle a la totalidad de su conglomerado que lo que hasta la semana pasada eran cosas execrables ahora ya no lo serán (por ejemplo, el orden público y un mayor control policial en La Araucanía, el respeto a la iniciativa económica exclusiva del Presidente, el control de la inmigración, el rechazo a saltarse los torniquetes, por solo señalar cosas aisladas), no es en absoluto aventurado anticipar que la nueva administración va a enfrentar, aparte de la resistencia de un sector relevante de la derecha, una fuerte oposición también de grupos radicales de izquierda, a los cuales el Frente Amplio y el PC defendieron y entregaron durante años apoyo logístico y protección. Como se actuó con mucha demagogia, puesto que llegó el momento en que las iniciativas políticas sólo valían en función del daño que podían generarle a Piñera, así fuera que de paso también perjudicaran al país, ahora Boric tendrá que poner límites persuasivos a su coalición, que es lo propio del liderazgo político. No todo vale, les tendrá que decir. No todo se puede conseguir ahora ya. El fin no siempre justifica los medios, particularmente cuando los medios conversan bien con la democracia. ¿Le van a creer, lo van a respetar? A veces puede ser fácil para los líderes políticos romper con su pasado, que es lo que está haciendo Boric. Pero tanto a su coalición como a sus seguidores esa ruptura les costará bastante más.

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