Columna de Héctor Soto: Todo se paga



Puesto que la postergación de las elecciones instala en lo inmediato una burbuja de descompresión del escenario político, las próximas semanas serán decisivas para la rearticulación electoral, sobre todo de la oposición. Si bien la falta de perfilamiento de los presidenciables no es privativa de este sector, qué duda cabe que es ahí donde se ha vuelto más hiriente.

La convocatoria que hizo Carlos Maldonado, el precandidato presidencial del Partido Radical, a sus pares de la oposición entregó un testimonio virtual de unidad que no es menor. Aunque no estuvo exento de cálculo, la iniciativa puso sobre la mesa lo que siempre hemos sabido, que son muchos dirigentes opositores que quisieran plasmar un proyecto político común. Sin embargo, nada de eso ha impedido que las brechas y divisiones del sector se hayan profundizado en el último tiempo. Siendo así, es preferible mirar con cautela los avances que esta iniciativa unitaria vaya teniendo en las próximas semanas. En pocos planos hay más paño que cortar que en éste, no solo porque la convergencia sea difícil, sino también porque son varias las colectividades de este lado del espectro que aún no consiguen perfilarse ni distinguirse del montón.

Tanto o más que describir un enorme desafío político, el encuentro fue también revelador de la debilidad que muestran los precandidatos de los partidos que conformaron en su época la Concertación y que ahora se agrupan en torno a la Unidad Constituyente. Es más: de estar en posiciones más expectables, es dable pensar que difícilmente la reunión habría tenido lugar. O no se habría celebrado en los mismos términos. La invitación, el contexto, los escenarios alternativos y para qué hablar de la impaciencia, todo habría sido muy distinto.

Bien mirado el asunto, lo cierto es que la antigua alianza de centroizquierda no está cosechando nada muy distinto de lo que sembró en su momento, cuando en un verdadero suicidio político hizo suya la descalificación con que tanto el Frente Amplio y el PC como los sectores más autoflagelantes del PS, el PPD y aun de la propia DC leyeron los años de la transición. Si, como lo instaló esa lectura, toda esa etapa, que no por casualidad corresponde al mejor período de la historia del país, no fue otra cosa que una enorme y vergonzosa claudicación, ciertamente es difícil para el bloque encontrar en su estanque doctrinario la energía suficiente como para levantar un proyecto de país que sea convincente y que no esté malogrado ni por el resentimiento ni por la culpa. El discurso del “no pudimos hacer lo que queríamos” puede ser atendible en una coyuntura específica. Pero obviamente cuando se prolonga por 20 años, se convierte, si no en mero pretexto y en un síntoma de deshonestidad intelectual, en algo que es mucho peor: en adicción enfermiza al poder por el poder.

En política las lógicas, junto con ser más crudas, son también más simples. Si tú mismo consideras que fallaste, que no estuviste a la altura de las circunstancias históricas y has terminado comprándole la tesis de la claudicación desplegada por tus peores críticos, sería muy raro que la ciudadanía siguiera confiando en ti, que supuestamente te equivocaste, y en cambio no en la izquierda radicalizada que sí tiene un proyecto político reconocible, el proyecto de un Chile antiliberal y que es, por lo demás, el que tú has abrazado y defendido con entusiasmo desde las trincheras de oposición al actual gobierno. ¿Por qué la ciudadanía debería preferir al converso tardío y no al que estuvo en desacuerdo desde la primera hora? ¿Qué ha hecho la centroizquierda para diferenciarse de la izquierda más radicalizada y estatista en materias como sistema de pensiones, régimen de aguas, propiedad minera, autonomía de los cuerpos intermedios de la sociedad civil, derecho de propiedad, apertura de la economía y rol orientador del mercado? ¿Hay alguien que siquiera esté planteando alguna reserva o matiz? Si esas reservas y matices ni siquiera se explicitaron con la debida fuerza y resolución en una franca condena a la violencia en los momentos álgidos de octubre y noviembre del 2019, ¿se podría esperar que se expliciten ahora frente a dilemas que son menos dramáticos?

No obstante que el panorama presidencial sigue estando muy abierto, al punto que los candidatos mejor rankeados, Lavín y Jadue, están todavía bajo el 15% según la reciente encuesta Criteria, es difícil no reconocer que las candidaturas de la centroizquierda están en serios problemas. Ni Ximena Rincón ni Heraldo Muñoz, y menos todavía Paula Narváez, la gran esperanza blanca del bacheletismo, han logrado hasta el momento despegar. Los días pasan y ni siquiera sus propias colectividades parecen tomar el asunto en serio. Se podrá discutir todo lo que se quiera los merecimientos personales de los candidatos y candidatas, pero la verdad es que el tema los trasciende. Es la incongruencia política y la falta de coraje para defender su propia identidad y legado el factor que les empieza a pasar la cuenta.

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