Columna de Óscar Contardo: El tiempo en una botella

Foto: La Tercera



Hay tantas cosas que hace nada nos parecían corrientes, habituales y que ahora nos parecen de otra época. Desde el estallido el tiempo transcurre distinto, se expande y encoge como el fuelle de un acordeón, a veces como espasmos que sacuden un cuerpo y otras dando la sensación de un letargo que se repite jornada tras jornada. Cosas que jamás hubiéramos pensado que sucederían, finalmente ocurrieron; instituciones que exigían admiración, acabaron sumándose a un vertedero del desprestigio; los discursos atemorizantes, usualmente efectivos para controlar desmadres, dejaron de surtir efecto y ahora se encogen frente al avance del espíritu del desquite, que, sin ideología ni estructura, capta la adhesión de los cabreados, esos miles de chilenos y chilenas que están hartos de seguir las reglas que otros rompen sin sufrir castigo: ellos ahora prefieren buscar refugio en quiénes les aseguren una revancha televisada.

El mito del país serio de la región, siempre vestido de traje o luciendo los aro perla del poder, hizo agua sin discreción, se derrumbó por los cuatro costados revelando que la vocación latinoamericana de desigualdad y corruptela estaba disimulada por las molduras de un modelo de laboratorio sostenido por una clase media precaria que ahora se desliza precipicio abajo, a vista y paciencia de los más afortunados, quienes en lugar de arrojarles cuerdas de rescate les exigen llenar un formulario de requisitos que certifique su grado de desesperación.

Al desplome de los muros le siguió el desfonde en cámara lenta de la figura de un presidente preso de sí mismo, un mandatario que aun no cae en cuenta que desde hace un año y medio él es tiempo pasado, no solo porque su promesa de campaña nunca se cumplió, sino porque él mismo decidió aferrarse a unas convicciones ideológicas que, similares a las de los integrismos religiosos, le impedían juzgar fríamente los hechos que ocurrían más allá de su despacho y del cómodo círculo de clase que lo acurruca mostrándole lo que quiere ver, diciéndole lo que añora escuchar. Si el horizonte del presidente era salvar su período de mandato con cierta dignidad cediendo la Constitución y conduciéndose para todo el resto de asuntos tal cuál lo había hecho desde siempre, el objetivo siempre debió darlo por perdido. Por más que sus seguidores alabaran su capacidad de gestión, su sentido de la oportunidad y una inteligencia única en su género, las condiciones neutralizaban cualquier lisonja o acierto anterior. Ya nada era lo mismo ni volvería a serlo. Los desatinos de todo tipo ejecutados públicamente, ya no resultaban cómicos ni intrascendentes, solo podían ser interpretados como agresiones o burlas por esa enorme mayoría que había exigido ser respetada en su dignidad: desde la noche de la pizzería mientras la periferia de Santiago se incendiaba, hasta la declaración de guerra por cadena nacional; desde el entusiasmo sobre lo preparados que estábamos para enfrentar la pandemia, dinamitado por los hechos, hasta la foto a los pies del general Baquedano; desde el regateo en las ayudas sociales que acabaron con la presión sobre los fondos de las AFP, hasta la bofetada del Tribunal Constitucional a su requerimiento de última hora.

La percepción del tiempo ha sido alterada por los acontecimientos, como brotes de aceleración sacudiendo una cuerda en suspenso.

En 2020 en el palacio de gobierno hubo quienes juzgaron que la epidemia era una especie de salvavidas para navegar en la crisis social, san covid, le llamaron en un siniestro ejercicio de ingenio. Efectivamente la emergencia desplazó de las preocupaciones de la opinión pública a las violaciones a los Derechos Humanos ocurridas durante el estallido, pero, en la medida que avancen los meses los estragos provocados por el coronavirus -que se ha ensañado con la población de menores recursos- comenzarán a ser juzgados en conjunto con la catástrofe anterior. En perspectiva el estallido y la pandemia serán vistos como una misma crisis en dos tiempos, dos capítulos unidos por el mismo hilo conductor, los mismos personajes, idéntico guion teñido por la negación de lo evidente.

El cierre de miles de causas por violaciones a los DDHH en la fiscalía es la advertencia de que el imperio de la impunidad entró en escena, esta vez en plena democracia: una policía que aun no da con quienes quemaron las estaciones del metro, un ministerio público que parece querer desentenderse de su rol y una justicia que tarda como en los peores tiempos.

La presentación de una acusación contra el presidente Piñera ante la Corte Penal Internacional por su responsabilidad en crímenes de lesa humanidad, nos asegura que los desplazamientos temporales continuarán por muchas décadas más, y que tarde o temprano deberemos enfrentar aquello de lo que muchos quisieron escapar, dando vuelta una página con rapidez, encogiéndose de hombros y dejando en el pasado algo que no dejará de ser presente.

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