Columna de Paula Escobar: “Accidentes”, errores y horrores

Foto: AgenciaUno

Foto: AgenciaUno



A veces parece que al Presidente lo asesorara su peor enemigo.

Pasó con la salida del general director de Carabineros, Mario Rozas. La gota que rebasó el vaso fueron los dos menores de edad baleados por carabineros en un centro del Sename de Talcahuano. Se cruzó un límite y Rozas cayó.

La decisión correcta. Pero las palabras y gestos presidenciales de ese día fueron ambivalentes y confusos. Habló de “niños accidentados”, cuando los dos jóvenes, de 14 y 17 años, fueron baleados.

El Presidente no terminó ahí: “Con toda la claridad del mundo”, dijo que quería expresarle su “mayor aprecio, admiración y gratitud”. ¿Admiración y gratitud a una gestión marcada por violaciones a los derechos humanos durante las manifestaciones y protestas, incluidos casos emblemáticos de pérdida de visión como Gustavo Gatica y Fabiola Campillai?

El último de los casos fue el de Pío Nono: un joven “impulsado” por un carabinero cae al río Mapocho, queda con serias heridas y Carabineros no se digna a socorrerlo siquiera. La institución aplicó su procedimiento habitual. Defender, cerrar filas, excusar...

Es cierto que Rozas heredó una institución ya golpeada -Pacogate, Operación Huracán, el asesinato de Camilo Catrillanca- y en una crisis de legitimidad profunda. Pero él no solo no palió ese déficit, sino que lo empeoró. No quiso, no pudo o simplemente no logró cambiar los protocolos sobre el uso de la fuerza, de modo que los carabineros cumplieran su mandato, que es justamente el orden público, pero con respeto a los derechos humanos de quienes se manifiestan. En una institución jerárquica como Carabineros, no hay justificación a que uno tras otro los errores y horrores siguieran sucediéndose y que Rozas simplemente no se hiciera cargo. Y que el Presidente -y los respectivos ministros del Interior- no lo removieran, pese a todo...

Los niños del Sename, con las balas policiales en sus piernas, cambiaron la situación.

Hizo bien el Presidente en por fin sacar a Mario Rozas, pero sus palabras confunden, empatan y le quitan fuerza a su decisión, lo que siembra dudas de si realmente será este el inicio del fin de una era marcada por los desastres en Carabineros.

Especialmente porque es una institución que requiere -como lo atestiguan las miles de hojas escritas por distintas y distinguidas comisiones- de una reforma medular. Lo saben todos, lo aceptan todos. Una reforma, no una modernización, que implique desde luego el control del orden público con pleno respeto a los estándares de respeto a los derechos humanos; poner transparencia donde hoy solo hay opacidad; instrucción y educación a los jóvenes respecto del uso de la fuerza; sobre todo, volver a vincularse desde la legitimidad con una comunidad que hoy alberga sospecha, temor, rechazo. Pero ese diagnóstico tan compartido ha quedado sistemáticamente paralizado.

Como dijo la académica y experta Lucía Dammert en CNN, este es “un gobierno que pareciera que ha decidido no reformar Carabineros... Lo que se espera es que (el ministro del Interior, Rodrigo Delgado) abra las puertas para pensar que sí habrá un cambio, que efectivamente vamos a lograr una transformación del sector seguridad, que Carabineros no va seguir siendo un espacio cerrado y autónomo”.

La pelota está en la cancha, entonces, del nuevo general director, Ricardo Yáñez, y especialmente del ministro Delgado, quien ya habló de un nuevo trato de los carabineros hacia los manifestantes, dijo que no tolerará violaciones a los derechos humanos y que pediría perdón (y cabezas) si algo así ocurriera en su gestión. Que el general Rozas haya caído a menos de un mes del inicio de su gestión es sintomático de que no fueron solo palabras para la galería. Ahora Delgado debe demostrar en los hechos que el control del orden público y el respeto a los derechos humanos no son incompatibles, y que lo va a hacer realidad. Y para ello, debe ser “el jefe” de Carabineros y evitar que se sigan mandando solos, como lo han hecho desde el retorno a la democracia.

Como escribe Catalina Fernández Carter en su libro Los límites de la fuerza. Mitos y verdades sobre los derechos humanos, la solución es “que sea la autoridad civil (y no los mismos carabineros) la que regule el uso de la fuerza, y que lo haga a la luz de los principios de necesidad, proporcionalidad y distinción. Asimismo, necesitamos una policía que responda frente a los casos de abusos, tomando medidas para evitar su repetición y no dando excusas”.

Porque los niños baleados del Sename, o el joven que cae en Pío Nono, o los que quedaron sin ojos en el estallido, no son “accidentes”, como creen el Presidente y sus asesores.

Por estas -y otras- desafortunadas declaraciones y acciones presidenciales, la opinión pública tiene derecho a saber quiénes son estos asesores.

Comenta

Por favor, inicia sesión en La Tercera para acceder a los comentarios.