Columna de Paula Escobar: Provoste, el patriarcado y la campaña

Foto: Andrés Pérez



“En este modelo patriarcal los medios invisibilizan nuestro aporte como mujeres”, dijo esta semana la senadora Yasna Provoste, consultada por su magro desempeño en las encuestas.

¿Su tercer lugar se deberá a aquello?

Vamos por partes. Primero, tiene razón la senadora en que muchos estudios demuestran que una mujer en el poder es juzgada mucho más severamente que un hombre, incluida la variable de la representación medial. A menudo son representadas estereotipadamente, o son francamente invisibilizadas o silenciadas del discurso público. Ha sido así desde tiempos inmemoriales. En su clásico libro “Mujer y Poder”, la historiadora Mary Beard encontró en La Odisea de Homero el primer antecedente literario de una mujer silenciada por un hombre en público: allí Telémaco calló a su madre, Penélope, y la mandó a tejer. Desde allí, como la profesora Beard dice, las mujeres en el mundo del poder han sido silenciadas por hombres que, además, han visto en ese silenciamiento una afirmación de su masculinidad.

Me dirán que estamos en otros tiempos, y es cierto. Pero la invisibilización sigue existiendo: el último estudio de Global Media Monitoring Project (2020), que realiza la ONU cada cinco años, refleja que persisten serios déficits en la equidad de género medial. Por ejemplo: las mujeres sólo constituyen un 25% de las fuentes citadas y entrevistadas por los medios, y solo el 1% de las noticias trata sobre violencia de género. “Si bien la comprensión y el reconocimiento de las contribuciones de las mujeres han aumentado en el mundo real, no se diría lo mismo de los medios de comunicación”, asegura el informe, y establece que faltan 67 años para alcanzar la equidad de género en los medios.

En segundo lugar, la política es muy machista, en eso no hay muchas discrepancias. En esta presidencial chilena las mujeres han sido bastante ninguneadas. A Evelyn Matthei le impidieron competir y la bajaron por secretaría; a Ximena Rincon la hicieron competir y luego la bajaron con humillación, entre gallos y medianoche. A Paula Narváez la directiva de su propio partido no la apoyó nunca... Y ahora que ya se sabe quiénes estarán en la papeleta de noviembre, el debate se ha enmarcado en los dos jóvenes protagonistas, y todo lo demás parece periferia. Parecería lógico, pues ganaron sus primarias y lideran las encuestas. Pero ese criterio es contradictorio justamente porque las encuestas no predijeron que ellos serían los ganadores, todo lo contrario. Y si hay algo que la encuesta CEP revela con claridad es que esta elección está totalmente abierta: el 65% aún no sabe por quién va a votar, y los favoritos exhiben mucho menos adhesión que otros candidatos a dos meses de la elección.

Hasta allí, puntos para la senadora y el manto de invisibilidad patriarcal.

Pero también es cierto que ello no obsta para que cada cual se deba hacer cargo de los efectos de sus decisiones, acciones y omisiones. Si no, se cae en la misma conducta que se quiere combatir, cual es el que las mujeres sean retratadas frecuentemente como víctimas y no como protagonistas de sus propias vidas.

La senadora Provoste -y su equipo de campaña- también debe preguntarse qué agenda (no) está marcando. Por qué, en una contienda hasta ahora bastante pobre en ideas, ella podría haber descollado y no lo ha hecho. Su trayectoria pública, en diversos cargos y gobiernos, hacen del todo innecesario colgar (se) de cartones en la pared, edad, tatuajes o hijos para explicar quién es. Pero se la ve tímida, dubitativa incluso, para desplegarse en este sentido. Hay tres ejes clave que no han emergido con fuerza: su propia historia personal, su identidad de centroizquierda y su condición de mujer. ¿Dónde está el relato de una mujer que se ha hecho a ella misma, sin deberle nada a nadie? ¿Que fue “desalojada” por la derecha de su cargo de ministra de Educación, hizo una dura travesía en el desierto, y volvió para conquistar la presidencia del Senado? ¿Cuáles son las banderas de la socialdemocracia hoy, y especialmente sus fronteras y límites hacia la derecha y la izquierda? ¿Por qué no resalta sus propuestas diferenciadoras en materia de género? Estas debieran ser mucho más centrales y sólidas viniendo de ella, que vive la experiencia de ser mujer, y cuyo conocimiento de aquellas materias no emana de libros o asesorías, como pasa con sus seis colegas candidatos.

Esos énfasis que faltan en su diseño de campaña le quitan energía, atractivo y visibilidad a su propuesta, y también a la agenda de género en esta elección. La paradoja chilena es que tenemos la primera Convención Constitucional Paritaria del mundo, pero persisten graves inequidades de género en nuestro país.

Los debates presidenciales que vienen deberían ser una oportunidad para que la única mujer en carrera alce la voz y golpee la mesa.

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