Columna de Paula Escobar: Virtudes (nada) convencionales

Una mujer emite su voto en el plebiscito constitucional



¿Los independientes o los políticos? ¿Caras nuevas o políticos fogueados? ¿Los “buenistas” o los “malitos”?

Caricaturas aparte, a una semana del plebiscito, esa pregunta ya está instalada y va tomando cierto sabor agrio. Mal que mal, la masiva adhesión al Apruebo (78%) no fue tan sorprendente como la que obtuvo la convención constitucional, que será completamente electa, históricamente paritaria y que tendrá simbólicos nueve meses (extensibles por tres más) para completar su misión.

Y ya empezaron, entonces, los choques con los independientes, que muchos políticos antes ensalzaban. Antes fueron con ellos todo sonrisas y puertas abiertas. Nada extraño, por el liderazgo que -tras el estallido social- desarrollaron personas fuera de los partidos y considerando, además, el muy bajo porcentaje de chilenos que militan o se sienten identificados con un partido. Les ofrecieron posibilidades de cupos dentro de sus listas, y expresaron muchas frases de buena crianza sobre el fundamental rol de la sociedad civil en la nueva etapa. Pero parece que ya llegó la hora de la verdad y varios miembros de partidos -de distinto signo- se han desplegado para, al parecer, hacer que esa posible competencia se minimice.

En efecto, varios dirigentes y parlamentarios -actuales y pasados- han alertado estos días que ser independiente no es una virtud en sí misma (¿alguien lo creía así?). Algunos han subido un poco más los decibeles, planteando que no serían tan transparentes como los que fichan por partidos en cuanto a sus intereses (¿ahí hay un estándar que imitar?). Otros los acusan de ser ingenuos o de padecer del mal del “buenismo”, esto es, de tratar de parecer siempre buenos frente a la opinión pública, más allá de todo principio, racionalidad o coherencia en las decisiones que adoptan... Pero ¿los miembros de partidos políticos son inmunes a ese mal?

El “conflicto” comunicacional tiene su correlato en el Parlamento, donde están a la espera de ciertas medidas tendientes a igualar la cancha para los independientes. Se bajará la cantidad de firmas y se podrán recolectar de modo virtual, pero se ve casi imposible que puedan pactar las listas independientes con las de los partidos. Por tanto, habrá candidatos independientes, sí, pero de ahí a que resulten electos, difícil, salvo que se pongan bajo el paraguas de un partido que los “apadrine”, lo que les quitará identidad y también independencia para representar realmente a quienes los eligieron. Le deberán a ese partido, o a ese dirigente, su nominación.

El dilema de los partidos es que para poder tener un futuro y ser creíbles de nuevo tienen que dar espacio a otros y ceder poder. Si se aferran al sartén y al mango, bloqueando la entrada de nuevas figuras a la competencia, se debilitará a ellos mismos y al proceso constituyente. Porque la responsabilidad de los convencionales será mucha. Deben ponerles bordes a lo que cambiaremos de nuestro pacto común.

Un papel esencial. Como explica el académico y premio Pulitzer Jared Diamond en su libro Crisis, hay ciertos factores que inciden críticamente en que una nación en crisis salga adelante fortalecida o fracase. Uno de los aspectos relevantes, justamente, es el ser capaz de ponerle límites a aquello que se debe cambiar para resolverla. Se debe elegir muy certeramente qué se debe conservar y qué dejar atrás para emprender un cambio significativo, sin el cual no se puede salir. Saber elegir qué cambiar es la llave.

Las fortalezas y virtudes de los que acometan esa tarea deben ser sus conocimientos y experiencias de vida, su capacidad de diálogo en la búsqueda del bien común, de discernimiento racional, de empatía con quienes carecen de privilegios, y de honrar la representación de quienes los eligieron. Virtudes nada convencionales, nada comunes, que por cierto pueden ostentar políticos de viejo cuño, así como también independientes y novatos en política.

Plantear la elección de convencionales en términos maniqueos, de uno versus los otros, no es correcto ni adecuado. Se trata de que en la papeleta exista realmente -y en igualdad de condiciones- la posibilidad de que cada uno elija a quien satisfaga la representación de sus prioridades en materia constitucional. Para ello, no se puede imponer desde las cúpulas partidistas el universo de las alternativas posibles.

Que la competencia sea amplia para que el grupo electo esté a la altura de la responsabilidad histórica que tendrá. Y para que cuando lleguemos al fin de este camino, ojalá sintamos que “cruzamos un umbral crítico” y que, “con la fuerza de la unidad que hemos forjado”, podamos trabajar juntos para “hacer realidad la visión consagrada en esta Constitución”, como dijo el Presidente Nelson Mandela cuando firmó la de su país, en 1996.

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