Columna de Ernesto Ottone: El angelismo de las bellas almas

Plaza Italia

Para aislar a los violentistas, además del uso de una fuerza regulada, se requiere una actitud clara y decidida de condena a la violencia por parte de la mayoría democrática.



Es difícil predecir cómo se encaminarán las cosas en nuestro país. Momentos de esperanza se alternan con demasiados momentos de estupefacción, espanto e impotencia frente a gestos de barbarie que corren el cerco en el peor sentido de la expresión, el de la destrucción y el matonaje.

Las cosas, sin embargo, se han movido. El acuerdo logrado por diversos sectores políticos en relación a un cronograma para elaborar una nueva Constitución, que posee dos momentos de consulta ciudadana, sin duda marca una inflexión positiva. También la actitud del Presidente de ponerse, ojalá de manera durable en un plano más sobrio, ha jugado un papel positivo, lo mismo que la aparición de figuras ministeriales que han contribuido al diálogo para la búsqueda de salidas a la actual situación.

Todo ello es todavía frágil. La crisis de representación democrática es un fenómeno profundo y global, la desconfianza en las instituciones tomará mucho tiempo en morigerarse.

El camino a seguir será escarpado y lleno de obstáculos. Resulta fundamental que después de esa noche en la que predominó una cierta grandeza en el mundo político no vengan muchas noches de cálculos y mezquindades que nos hagan regresar al pantano anterior. Las señales hasta ahora son más bien equivocas.

Hoy, el momento constitucional está colocado en primer plano, encarna simbólicamente la legitimidad popular en este nuevo ciclo, ese es su valor principal.

Será necesario mucho trabajo y mucha discusión para que se entienda que una nueva Constitución no cambiará la realidad instantáneamente, que ella deberá contener las normas básicas de nuestra vida republicana, que deberá albergar las diversas concepciones que conviven en una democracia y no podrá ser el ideario de solo una parte de los chilenos.

Junto a ello, deberá impulsarse con denuedo el cambio de la situación social que responda a muchas demandas justas e indispensables, que termine con abusos y discriminaciones, que resuelvan, con la urgencia que no se tuvo ayer, una mejoría de las condiciones materiales de existencia de una gran mayoría que trabaja mucho y vive con agobio y pide algo esencial: dignidad.

Ello se tendrá que hacer en condiciones económicas difíciles y requerirá audacia y responsabilidad.

No se trata de igualar hacia abajo, como asevera el pensamiento doctrinario conservador, se trata de pensar el proceso de desarrollo de manera más sólida y flexible.

Es verdad que partiremos de más abajo, porque este remezón social dejará marcadas cicatrices, lo importante es que el camino a emprender sea estructuralmente más igualitario.

Si quienes gozan de una situación altamente privilegiada no entienden eso, si ellos imitan a los borbones, que en palabras de Talleyrand después de la Revolución Francesa "no aprendieron nada ni olvidaron nada", será muy difícil recuperar la paz social.

Un nuevo pacto social requiere un cambio dramático de actitud para cimentar un acuerdo político y cultural que termine con la violencia actual.

Esa violencia que está conduciendo a Chile al borde del abismo no tiene hoy frente a sí un dique que la detenga.

Los destrozos materiales, la humillación de las personas, las acciones contra bienes públicos y privados, actos deleznables contra bomberos voluntarios que acuden a salvar vidas, han tenido, por parte de muchos, de demasiados, una condena débil, blandengue y en algunos casos de los dientes para afuera.

Algunos han llegado a justificar la violencia como "partera de la historia", volviendo a la vieja teoría de que no hay cambio sin sangre y fuego.

Es verdad que en la historia de la humanidad la violencia ha ocupado un rol desgraciadamente muy central, pero la violencia no es una ley física, obligatoria: han existido cambios en la historia, muchos de ellos mayores y perdurables sin violencia, y la acumulación civilizatoria demanda que así sea.

Quienes delinquen y destruyen en nombre de la justicia parecieran olvidar que cuando se anula el imperio de las reglas democráticas, si llegan a perder, sus vencedores aplicarán sobre ellos el terror, y si vencen, serán ellos los tiranos.

La línea es muy frágil y difusa entre esa gran mayoría que reclama pacíficamente los cambios y las minorías bárbaras que usan como escudo las grandes manifestaciones y con un guion bien estudiado desatan en un momento la violencia.

Cuando las manifestaciones decrecen, actúan solamente como bandas, con más violencia, abriendo paso a saqueos oportunistas y masivos, paralizando la vida ciudadana, incluyendo hasta los estadios.

Con ellos no pueden hacerse concesiones, no son paladines de ninguna causa noble, son soldados narcos mezclados con rufianes y bellacos, barras bravas, almas en pena, mozalbetes aspirantes a truhanes, enemigos de la democracia, anarquistas ignaros hasta de su propia doctrina.

Ellos nada han inventado. Un revolucionario ilustrado como Marx los llamaba ya en el siglo XIX "lumpen proletariado", y así los describía: "Vástagos degenerados y aventureros de la burguesía, vagabundos, organilleros, traperos, afiladores, caldereros, mendigos, en una palabra, toda esa masa informe, difusa y errante que los franceses llaman bohème".

Claro, exageraba -creo yo- con los respetables organilleros, afiladores y caldereros, pero eran otros tiempos. Él describía bien esa masa de maniobra que suelen utilizar para sus propios fines, demagogos y oportunistas de pelajes muy diversos.

La democracia de por sí es vulnerable, porque no favorece la fuerza sino como último recurso, debe defenderse sin sobrepasar sus reglas, sus protocolos y el respeto a los derechos humanos. Cuando ello no se cumple debe exigir cuentas y aplicar el peso de la ley a quienes han abusado de la fuerza que les confiere el Estado.

Por eso, ella requiere, para aislar a los violentistas, además del uso de una fuerza regulada, una actitud clara y decidida de condena a la violencia por parte de la mayoría democrática.

Esa mayoría no puede caer en la trampa del angelismo de las bellas almas, que se prohíben a sí mismas criticar lo inaceptable, para como decía Hegel "no perder su íntima pureza", y adoptan un extraño maximalismo moral con estándares distintos: extremadamente severos y acres con las fuerzas del orden, incluso cuando son atacados por una masa muy superior y, a la vez, condescendientes con las bandas enfurecidas que destruyen las ciudades.

El momento que atravesamos no se resolverá a través de la perennidad de un aquelarre revolucionario, dará paso a reformas profundas en democracia o concluirá en nombre del orden y del miedo en un autoritarismo que nos hará regresar a las cavernas del arbitrio y del terror .

"Uomo avvisato mezzo salvato" (hombre avisado, medio salvado) solía decir mi abuelo, trabajador ferroviario piamontés, que atravesó dos guerras mundiales y el fascismo.

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