Columna de Héctor Soto: Gobernar es resistir

Con la actual composición del Parlamento y con lo polarizada que está la discusión, a Piñera la política le seguirá siendo chúcara. A pesar de haber llegado dos veces a La Moneda, la comunicación con la gente, en términos de conexión y compromiso, no es un ámbito donde el Presidente se maneje con soltura. Sin embargo en la economía, que va a ser una variable bien decisiva en lo que viene, el Mandatario podría recuperarse si la ciudadanía sabe que está al mando.



A l Presidente de la República le quedan todavía dos años de gobierno. Serán años duros no solo porque la oposición parece haber sido atrapada en la dinámica ultrista impuesta por el PC y el Frente Amplio, cosa que terminó de destrozar al Partido Radical y por anular la estrategia de perfilamiento propio que en algún momento tuvo intenciones de llevar a cabo la directiva DC, sino también porque el país está entrando a un ciclo inevitable de politización. Es cosa de mirar el calendario. La temporada parte en abril con el plebiscito constitucional de entrada, sigue después con la elección de los constituyentes, de los alcaldes y concejales, también de gobernadores regionales, en octubre, y todavía no terminaremos de comentar esos resultados cuando -ufff- ya tengamos que prepararnos para el plebiscito constitucional de salida, para las elecciones parlamentarias del próximo mandato y la presidencial del año 21.

Para un Presidente que tiene rangos de apoyo ciudadano inferiores al 15%, ese escenario es cualquier cosa, menos tranquilizador. Quienes han estado con él dicen que lo ven bien, que está muy entero, que el hombre entrega lo mejor de sí cada vez que está en la adversidad y que conoce perfectamente el terreno que pisa. Lo que se ve desde lejos, sin embargo, no es tan así. A siete semanas del cambio de gabinete sigue sin entenderse en qué pudo haber estado pensando el Presidente cuando el 29 de octubre aquel, en un momento decisivo de la crisis, quiso nombrar a Felipe Ward como ministro del Interior. De lo que da cuenta ese episodio es de una grandísima confusión. Y en un plano más general, la impresión que Sebastián Piñera deja en la gente cuando lo ve en la televisión es la de un Mandatario ansioso, inseguro, emocionalmente desconectado de la audiencia, que todavía no termina de instalar una política pública cuando él mismo anuncia otra que relega o desgasta la anterior, en un goteo interminable que lo que hace no es acumular, sino más bien restar y diluir. A lo mejor el problema no es exactamente ese, pero en función de los resultados es lícito pensar que pocas veces en el presidencialismo chileno hubo tanta sobreexposición y déficit atencional como ahora.

Sometido a una presión que, sin duda, es inédita y que ha sido muy corrosiva, durante las últimas semanas el Presidente, no obstante haber llegado por varios días al límite de su extraordinaria capacidad de trabajo, ha perdido más de la mitad de su base de apoyo y el intento que ha hecho por conectar con las demandas sociales, junto con irritar a su electorado más duro, no le ha reportado ningún reconocimiento de la oposición. Es posible que las percepciones ciudadanas actuales estén muy contaminadas por la dura campaña en contra que sigue teniendo. Son muchos los grupos que reconocen no solo querer derrocarlo, sino incluso matarlo. Así están las cosas ahora en el país. Cuando bajen las pasiones, tal vez sea posible que la actuación del Presidente en esa crisis sea vista con mayor ponderación y con otros ojos. Piñera ya estuvo en zonas de peligro en su primera administración, cuando el 2011 los estudiantes y los movimientos sociales llevaron a cabo el ensayo general de la reciente revuelta del 18 de octubre. Pero zafó gracias al cambio de gabinete y a la gestión política de Andrés Chadwick en Interior, en términos tales que el gobierno pudo terminar con cifras de popularidad no excelentes, pero sí atendibles. Ciertamente, la posición del Mandatario ahora es mucho más débil. Sin embargo, una cosa es segura: no va a ser Sebastián Piñera quien tire la toalla. Hay pocos políticos más resilientes que él. A lo largo de su trayectoria, en las dos o tres veces que ha estado en la lona, nadie hubiera apostado que se iba a poder levantar y eso fue exactamente lo que hizo.

Que lo pueda volver a hacer va a depender mucho de los meses que vienen. Con la actual composición del Parlamento y con lo polarizada que está la discusión, a Piñera la política le seguirá siendo chúcara. A pesar de haber llegado dos veces a La Moneda, la comunicación con la gente, en términos de conexión y compromiso, no es un ámbito donde el Presidente se maneje con soltura. Sin embargo en la economía, que va a ser una variable bien decisiva en lo que viene, el Mandatario podría recuperarse si la ciudadanía sabe que está al mando. Por lo mismo, como algo de tiempo aún queda, no se puede dar el capítulo por cerrado.

A la cabeza de un gobierno que ya no es el que su programa prometió, y en vísperas de un proceso político donde no podrá tomar partido abiertamente ni por la aprobación ni por el rechazo a una nueva Constitución, Sebastián Piñera pronto comenzará a abandonar la escena. Seguirá siendo, por cierto, el director de la orquesta. Pero está claro que la partitura que se escuche será cada vez menos la suya.

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