Columna de Max Colodro: La otra normalización

Mon Laferte no tiene problemas en validar los saqueos y en acusar al Ejército y a Carabineros de haber quemado las estaciones del Metro. No ha entregado ninguna evidencia, pero tampoco le importa. Estamos en tiempos de trincheras, donde lo único relevante es reafirmar las posiciones propias y destruir las del otro.


¿Existirá un país en el mundo donde la violencia que hemos observado en las últimas semanas no dé lugar a un estado de excepción? ¿Otro país donde, en medio de una crisis de esta envergadura, la oposición se niegue a que las FF.AA. puedan resguardar la continuidad de los servicios básicos; o donde el ministro de Defensa reconozca que la fuerza pública está 'sobrepasada' y eso no derive en inmediatas medidas de emergencia?

Algunos alcaldes reconocían esta semana que en sus comunas la violencia y la destrucción sistemática se están convirtiendo en una "forma de vida", que tiene completamente alterada la cotidianeidad de la población, y han hecho desaparecer el comercio y los servicios en vastos territorios urbanos. Zonas donde la gente transita con el miedo y la angustia pegados a la piel, buscando formas de rescatar un mínimo de seguridad para seguir caminando entre locales saqueados y barricadas todavía humeantes.

Los que viven en las comunas asoladas por la violencia han descubierto, de la peor forma, lo que es sentirse abandonados por el Estado, por una fuerza pública sin ninguna capacidad de restablecer el orden y devolver un umbral de tranquilidad. Una autoridad que tampoco pudo garantizar que el transporte no fuera severamente dañado, aumentando los tiempos de desplazamiento y el temor a sufrir atentados. En efecto, en las últimas semanas es otro el rostro de quienes viajan en los carros del Metro o deben atravesar en bus las zonas vandalizadas. Rostros de silencio, temor y angustia permanentes, que comparten con millones de ciudadanos a lo largo de este Chile que, a pesar de todo, todavía confía en que algo positivo saldrá al final de este enorme estrés y desgaste íntimo.

Se ha vuelto costumbre en muchas escuelas y universidades, pero este año será una práctica generalizada: cerrar el semestre con gran cantidad de clases perdidas y no recuperadas, con materias sin pasar, inventando pruebas y controles para poner notas que poco y nada dicen del sistemático deterioro que las movilizaciones -desde mucho antes de esta crisis- han generado en la calidad de la educación. Trastorno de años en las mínimas condiciones para el proceso formativo, secuela de movilizaciones rutinarias y ritualizadas hasta el vértigo, de las cuales el Instituto Nacional es el principal símbolo.

Movilizaciones que han normalizado el uso de la fuerza y de la violencia para conseguir aquello que se considera justo; derechos sin deberes o responsabilidades, ni siquiera frente a los derechos de los demás. ¿Entienden los estudiantes que participan de una toma que están violando el derecho de aquellos que quieren seguir asistiendo a clases? ¿Y los que participan de marchas y concentraciones no autorizadas sabrán que están afectando la libre circulación, que también está consagrada como un derecho humano? Si lo saben, no les importa; el valor de una causa que consideran justa vale cualquier precio, incluso el de no respetar derechos ajenos.

Por eso, Mon Laferte no tiene problemas en validar los saqueos y en acusar al Ejército y a Carabineros de haber quemado las estaciones del Metro. No ha entregado ninguna evidencia, pero tampoco le importa. Estamos en tiempos de trincheras, donde lo único relevante es reafirmar las posiciones propias y destruir las del otro. El nivel de odio que se ha observado en estos días, el deterioro en el trato, incluso con personas cercanas y familiares, ha sido atroz, y eso a la larga será probablemente más dañino que la propia destrucción material.

Al final del día, se habrán conseguido cosas importantes: una nueva Constitución con mayor grado de legitimidad, mejores pensiones y salario mínimo, una importante caída en el precio de los medicamentos, etc. Pero la fractura que este tiempo dejará en las bases de nuestra convivencia, en la confianza y en el estado de derecho, será enorme y muy difícil de reparar. Pero no hay que engañarse: este quiebre no solo es hijo de la actual coyuntura, que sin duda ha ayudado a visibilizarlo, sino de un largo ciclo donde la violencia, la transgresión de las reglas y a los derechos de los demás, terminaron siendo por muchos completamente normalizados.

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