Entre Arellano y Caronte

FOTO:FRANCISCO LONGA/AGENCIAUNO

"Para los miles que esperaron ver pasar el bus rumbo a Talca, escoltado por unos impetuosos y poco atractivos carros policiales lanzaguas, ahí dentro no iba tal o cual jugador, que méritos para ser ovacionados, salvo uno que otro, no habían precisamente hecho demasiado. Allí iba el alma colocolina".




El fin de la temporada de Colo Colo no acaba nunca de llegar y va, consistentemente, de mal en peor. Porfiado en no terminar, como una consulta al VAR que no te deja celebrar un gol decisivo. Sorprendente en su tristeza que agrega y agrega capítulos a una teleserie que ya debería haber sido sustituida hace rato.

El equipo de fútbol a pedazos, salvándose a medio morir saltando de caer al amenazante infierno de la Segunda División. La concesionaria, Blanco y Negro, hace rato cuestionada en su esencia, aún buenos resultados futbolísticos y bursátiles, ahora lo es también en su capacidad de administrar. Su confianza, cuando se pensaba que ya no podía ser menor, sigue hundiéndose (cualquier semejanza con otras instituciones quizás no sea sólo una coincidencia).

Sin embargo, el orgullo de colocolinas y colocolinos por sus colores se ha visto multiplicado exponencialmente. Han salido a calles, plazas y carreteras, de cemento y virtuales, dando ejemplo de valor, jamás sin descansar, sabiendo que la senda triunfal hace rato que se convirtió en un sendero repleto de malos resultados. Demostrando que la alegría por una victoria, o la pena por una derrota, puede durar poco, apenas hasta que termine el siguiente partido. Pero el orgullo es otra cosa.

El renacer de la identidad alba y de su convocatoria han tenido un buen aliado en el Club Social y Deportivo Colo Colo. Una instancia paralela con la que otras concesionarias futboleras están aliviadas de no tener que soportar. El Club Social y Deportivo no tiene, contractualmente, mayor peso. Muchos de sus socios pagan sus cuotas con menos fe de quien le prende velas a San Expedito. Se asemeja a los gobiernos en los exilios que producen las dictaduras. Pero compensa su escasez de atribuciones reivindicando, con éxito, un patrimonio moral. Y eso ha ido de la mano, pese a las críticas que puedan recibir sus directivas, del orgullo por ser parte del albo campeón. Incluso, conjugan un nuevo verbo: arellanizar, que viene a significar algo como transmitir los principios que buscó plasmar David Arellano al fundar Colo Colo en 1925.

Entonces, ¿indios?, claro que lo somos. ¿Guachacas?, obvio. ¿Flaites?, bueno, también. ¿Chipamoglis?, no sabemos bien qué significa, pero por qué no. Colo Colo es Chile y Chile es Colo Colo.

Todo ese sentir ha pasado a formar parte de los activos directos de la hinchada, representada, bien o mal, por el Club Social y Deportivo. En esa mesa, Blanco y Negro no tiene ninguna representación. Ha desperdiciado todas las oportunidades que ha tenido por arrimar una silla a esa mesa.

La última fue entre martes y miércoles, cuando para seguir con la imagen infernal de la Segunda División, Colo Colo parecía destinado a subirse con la cabeza gacha y el espíritu destrozado a la siempre inhóspita barcaza de Caronte. Pese a que se escuchaba el sonido del remo en el agua, miles, decenas de miles, de colocolinas y colocolinos salieron a acompañar al plantel de jugadores rumbo a su propio Armagedón.

Ese asalto a calles y redes sociales fue espontáneo, multiplicado por internet, al igual que los sucesos de octubre de 2019 (cualquier semejanza puede que tampoco sea coincidencia). Por cierto, no fue convocado por el Club Social y Deportivo ni organizado por nadie.

Para los miles que esperaron ver pasar el bus rumbo a Talca, escoltado por unos impetuosos y poco atractivos carros policiales lanzaguas, ahí dentro no iba tal o cual jugador, que méritos para ser ovacionados, salvo uno que otro, no habían precisamente hecho demasiado. Allí iba el alma colocolina. En esos mullidos asientos viajaba el orgullo por ser albo, aun en esos, los momentos más tristes y vergonzosos de su historia.

Pero eso tan evidente, incluso para los matinales de televisión, no lo captaron en Blanco y Negro.

Apenas pasada la alegría por no haber descendido, los directivos de la concesionaria hablaron de autocrítica y parecieron sintonizar con el ánimo del pueblo colocolino.

Pero al día siguiente, sin comprender que la alegría ya había pasado y que el orgullo y el cariño por el Cacique estaban más fuertes que nunca, despidieron por teléfono, sin ponerse de acuerdo ni siquiera con el entrenador, con menos brillo que un diario a sus estudiantes en práctica, a jugadores que han construido la historia del club en las últimas décadas.

Para un/a colocolino/a el Mati, el Almirante, Esteban Efraín y el Mago no necesitan apellidos ni cargos para ser reconocidos. Son parte de su orgullo. Se les respeta más allá de cuántos minutos jugaron en el último torneo, se les quiere mucho más acá de si dieron buenos pases o marcaron algunos goles.

Los directivos deben haber pensado, asesorados por quizás quién, que sería una gran idea echarlos rápido, aprovechando la efervescencia de una victoria pírrica y desnutrida. Daremos una señal fuerte, deben haberse repetido, de que tenemos a Colo Colo en nuestras manos a toda la hinchada. Aunque es probable que hayan dicho accionistas en vez de hinchada.

Ciegos y sordos ante las señales que por montones entregaba el pueblo colocolino. Porque ante la falta de propuestas tácticas avasalladoras y gestos técnicos deslumbrantes, colocolinas y colocolinos se emocionaron durante semanas con el desorden fuerte e inagotable del Peluca Falcón, con los abrazos de líder de Barroso a sus compañeros, con el aliento del histórico Paredes desde la banca, con el veterano Valdivia que saltaba como niño en la tribuna, con el niño Solari que lloraba como hombre en el borde de la cancha. Pero no. No leyeron nada de eso. No lo comprendieron. No lo vieron ni venir ni llegar.

Quedó claro que tienen el poder accionario, pero ni una sombra de autoridad noble y altiva. Decidieron que Mati, el Mago, el Almirante y Esteban Efraín no llevarían más la insignia del Cacique en el pecho. Un llamado telefónico. Unas fotos piñuflas en las redes sociales. Y sería todo.

No comprendieron, una vez más, que para los jugadores y los hinchas no se trata de una camiseta de ocasión, sino que es un emblema que se lleva bien dentro del pecho.

Eso es lo que el colocolino, desde el mar a los Andes, les reconoce y agradecerá por siempre. Como al Pajarito Valdés, al Pistolero Fierro, a Barti y otros que han sido maltratados por B&N. No tendrán el mismo reconocimiento directivos, gerentes o asesores que ven al a Cacique como un activo o una marca explotable.

Gente que no entiende que Colo Colo significa tanto para tantos que tienen tan poco.

Ese es su principal valor. Millones de personas humildes para quienes, como ha dicho magistralmente el Chino Caszely, Colo Colo es su única alegría. Y para otros tantos que, teniendo más, quieren, aman, empatizan, lo que sea, se enorgullecen de pertenecer a ese mismo sentimiento, que es antorcha inmensa de gloria para su destino.

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