Columna de Pablo Ortúzar: Ñuñoa tiene una pena


Ñuñoa tiene una pena.

1. Tengo la expectativa de que el Rechazo triunfante no tratará al Apruebo derrotado como ellos trataron a los perdedores en la Convención. La magnanimidad democrática, esa que le advierte a todo bando ganador que mañana le tocará perder y le prohíbe patear la escalera, es la que tiene que salir ganando. Pero para eso debemos tratar de sacar lecciones de todo lo ocurrido. Aquí dejo las mías.

2. El proceso es parte de los resultados. La mayoría de las personas, razonablemente, considera que los medios anticipan y explican los fines. Al adquirir la Convención la forma de una trifulca facciosa e indigna, ese juicio fue trasladado a su producto, el proyecto constitucional. Va contra toda intuición, aunque sea lógicamente posible, defender que un proceso indecoroso y ruin puede producir un texto virtuoso. Esa fue la ilustrada apuesta del Apruebo: olvide la Convención, lea el texto. Sin embargo, dicha apuesta ignora dos cosas: la primera es el hecho de que existía una expectativa popular respecto a la eficacia simbólica de la Convención misma: ella debía operar terapéuticamente sobre un cuerpo social dañado. Mostrar decoro, moderación y grandeza de espíritu era uno de los productos esperados, tanto o más importante que el texto final mismo. Lo segundo ignorado es que el texto propuesto sí refleja el hecho de haber sido redactado por una caterva pendenciera: en vez de unidad, casi en cada uno de sus ejes lo que hace es una repartija entre activismos localistas. El sistema político propuesto –el corazón de una Constitución- es, y lo reconocieron sus propios redactores, una superposición de demandas incoherentes, pues no lograron ponerse de acuerdo. Eso, sin mencionar la horrorosa redacción del documento, que acompañaba cada definición legal de un tren interminable de adjetivos, varios de ellos incomprensibles para alguien ajeno a las facultades de estudios culturales norteamericanas. Así, si bien es lógicamente posible que las características de un proceso no se traspasen al producto de dicho proceso, éste no fue el caso: la propuesta constitucional se parece a la Convención.

3. La Convención no se parecía a Chile. Dentro de un análisis en general acertado, en esto se equivocó Juan Pablo Luna. La idea de una representación vicaria, según la cual alguien que pertenece a un conjunto social determinado es el mejor representante de los deseos e intereses de ese conjunto social fue refutada en la práctica. La foto de la Convención quizás se parecía a Chile en el mismo sentido que las presentaciones escolares que recogen todos los bailes y vestimentas buscan representarlo, pero esa dimensión estética no tiene eficacia política. Esto fue destacado con precisión por Felipe Schwember, y resumido por Valentina Verbal usándose a sí misma como ejemplo: “yo no tengo por qué asumir que alguien, por ser transexual, es quien mejor me representa”. Los seres humanos, especialmente en las sociedades modernas, somos núcleos complejos de roles, identidades y expectativas. No se puede pretender reducir toda esa complejidad a una o dos características. El corporativismo identitario está en abierta tensión con el principio democrático y, en este caso, se demostró mucho menos capaz de articular una representación efectiva.

4. El caso más escandaloso respecto a lo anterior fue el indígena. Bajo la influencia del principio de representación vicaria, se asumió que daba lo mismo si los representantes indígenas efectivamente tenían llegada con los pueblos que alegaban representar. Así, no se estableció ninguna exigencia de porcentaje de votos para conquistar los escaños reservados, siendo electos la mayoría de esos convencionales con porcentajes ínfimos en relación al padrón de su propia etnia. Haber pasado esto por alto este asunto tiene evidentes connotaciones racistas, al imaginar a los pueblos indígenas prácticamente como homogeneidades orgánicas, donde cualquier parte es siempre representativa del todo. La fallida consulta indígena realizada por la propia Convención era la segunda alarma, luego del bajo porcentaje de votos. Nadie la escuchó. La derrota abrumadora de la propuesta en todas las comunidades con alta población indígena, salvo Isla de Pascua, muestra que el etnonacionalismo representado por los convencionales no tiene asidero real en el mundo indígena chileno. Las palabras de desprecio contra su propia gente de Natividad Llanquileo y el paseo por París de Elisa Loncon vinieron a confirmar lo que ya se veía de lejos: el activismo indígena que llegó a la Convención tiene mucho más calado internacional, en los aparatos del buensalvajismo primermundista, que local. Hay una élite indígena con ganas de operar como mediadores entre el Estado chileno y pueblos, acaparando los beneficios de dicha mediación, pero su plan falla en lo más básico: tener algún apoyo en dichos pueblos. Quizás es un buen momento para hacernos cargo, como país, de observar la realidad de nuestros pueblos indígenas, en vez de asumir que es la misma que la Maorí o Inuit, sólo porque admiramos a Nueva Zelanda o Canadá. Los antropólogos chilenos, hasta ahora secuestrados por el activismo indigenista o temerosos de llevarle la contra a la élite que acaparó la Convención, podrían ser de utilidad en ese ejercicio.

5. Chile tiene una identidad nacional e institucional. No es obvio querer desmontarla. Ñuñoístas y octubristas parecían de acuerdo en que nuestra historia nacional es nada más que una miserable sucesión de despojos y abusos, sin nada que rescatar. Algo lógico si se mira Chile desde los libros del nihilista Gabriel Salazar o el cretinista Jorge Baradit. Luego, todo cambio radical respecto a esa tradición les parecía obvio, básico, indiscutible y un mínimo. Ese tono autoritario, a ratos hasta cogotero, hizo nata en la Convención. Pero desmontar nuestro Estado unitario, que fue tempranamente capaz de poner una escuela, una posta, un retén y un puesto de correos en los lugares más recónditos del país (algo de lo que hasta anteayer la izquierda estaba muy orgullosa), así como disolver nuestro nacionalismo republicano, que siempre se asumió mestizo y vaciado de exclusiones étnicas, es algo tan extremo y radical como el acto de “Las indetectables”. Nunca se presentaron argumentos sólidos para defender este giro radical, y fue una de las grandes razones por las que triunfó el Rechazo (en el mes de la patria, además).

6. La idea misma de cambiar la Constitución nunca fue una prioridad popular. Buena parte de la pólvora detrás del estallido social de 2019 es un desajuste entre estructura social y estructura institucional que deja a nuestras clases medias en tierra de nadie: demasiado pobres frente al mercado y demasiado ricas frente al Estado. Todo el mundo sabe que derechos de papel no iban a resolver esta situación, pero se vio en el proceso constitucional una forma de poner a las élites de acuerdo en el ritmo y dirección de los cambios necesarios. Sin embargo, ganó la polarización elitista, inutilizando el proceso. Ahora será mucho más difícil convencer a la población de seguir con el proceso constitucional, especialmente por la vía de otra convención, ya que el mecanismo condujo al fracaso, y se asume que repetir un esquema similar llevará a los mismos resultados. La magnitud de la farra de los convencionales es difícil de conmensurar, especialmente el daño hecho a las causas de la izquierda. Sin embargo, los convencionales responsables de este año esquivarán el bulto: si fueran capaces de examinar críticamente su propia conducta y hacerse responsables de ella, no habrían actuado como actuaron en la Convención. La indecencia en la derrota de Baradit, Stingo, Bassa, Llanquileo, Atria y tantos otros simplemente es el epílogo de la obra indecente que desplegaron como convencionales.

7. Algo que debería ser dejado de lado, junto con la “democracia radical” schmittiana que convierte a los adversarios en enemigos, es el cuento de “terminar con el neoliberalismo”. Es un paraguas eficaz para articular todos los pequeños activismos de izquierda, pero resulta mentalmente paralizador y políticamente elitista. Carlos Peña siempre tuvo razón en recalcar la legitimidad de la experiencia vital de las clases medias salidas de la pobreza durante el proceso de modernización capitalista (eso que ustedes llaman “subjetividad neoliberal”). Una izquierda que siga negando esa legitimidad y tratándolos de pobrecitos brutos alienados que requieren ser salvados desde arriba no tiene ningún destino. Lo mismo que una derecha que les demande abnegación, sumisión y casi que gratitud por tener zapatos y televisor. Estas dos formas de paternalismo deben ser desterradas de nuestra política. Algo clave, en mi opinión, para terminar con la batalla campal entre élites que tiene paralizado al país es que todos sus miembros se den cuenta de que este proceso no se trata de ellos, sino que se trata justamente de que todo deje de tratarse de ellos. Los miembros de las nuevas clases medias empujan por ser los grandes protagonistas de sus propias vidas, lo que exige ciertas seguridades y soportes vitales. Toda la épica aristocrática y elitista de derechas e izquierdas debe agacharle el moño a esta demanda. A nuestra generación le toca apoyar el despliegue de una sociedad de consumo más democrática. Nada más y nada menos.

8. Como sea que continúe el proceso constitucional será clave que sus actores se fijen a sí mismos el deber de actuar con decoro y amistad cívica en el espacio público. Si necesitan pelear, que lo hagan en privado y sin filtrarlo a la prensa. Le deben al país un proceso y un texto al que todos podamos y queramos ser leales. Si eso lo hace escueto y breve, tanto mejor. Lo bueno, breve, es dos veces bueno. En paralelo a dicho proceso, eso sí, es también necesario comenzar a construir diagnósticos y acuerdos transversales respecto a la nueva etapa sociodemográfica que enfrenta Chile. Si los exitosos 90 y 2000 se trataron de superar la pobreza, todo indica que los 2020 y 2030 deberían dedicarse a la consolidación de las clases medias. Y eso exige mejorar y ampliar tanto la oferta estatal como la privada respecto a esos grupos. Un nuevo pacto de clases necesita una nueva tregua de élites en torno a objetivos nacionales estratégicos. Estamos en los descuentos para forjar una, pero el Rechazo abrió la puerta a su posibilidad.

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