Dos ideas derrotadas en Kabul

Paracaidistas de la 82 División Aerotransportada se preparan para abordar un avión de carga C-17 en el Aeropuerto Internacional Hamid Karzai en Kabul, el 30 de agosto de 2021. Foto: AP




En Afganistán no solo fue derrotado el Ejército más costoso y tecnológicamente avanzado del planeta. También lo fueron dos ideas que hasta ahora habían tenido mucha influencia en el mundo occidental. Una es que la democracia se puede exportar y la otra es que los militares estadounidenses son los mejores del mundo.

Desde que colapsó la Unión Soviética, una de las políticas más permanentes y populares en los países ricos y democráticos ha sido la de promover la democracia en países que no la tienen o donde es precaria y disfuncional. Lamentablemente, los esfuerzos diplomáticos, el dinero, la tecnología y las intervenciones militares no han arrojado resultados muy satisfactorios.

Las transiciones de dictaduras a democracias han tenido más éxito cuando valientes y talentosos líderes políticos locales juegan un rol protagónico y logran que el pueblo tome calles y plazas y paralice el país. Y cuando hay escisiones dentro de la dictadura y los militares se rehúsan a masacrar y reprimir a sus compatriotas.

En el mejor de los casos, el apoyo extranjero a las transiciones democráticas ha tenido impactos secundarios. En otros casos, la intervención extranjera, en vez de acelerar las transiciones a la democracia, las frena o hasta las descarrila.

Combatientes talibanes montan guardia a lo largo de una carretera en Kabul, el 9 de septiembre de 2021. Foto: AFP

La exportación de la democracia no es solo una idea abstracta, una obligación moral o una promesa política. También se ha convertido en un gran negocio que mueve ingentes cantidades de dinero. Se estima que EE.UU., la Unión Europea, Canadá, Australia, los países escandinavos y otros le dedican cerca de US$ 10 mil millones al año al apoyo de programas que buscan fortalecer la democracia en países donde es aún incipiente o donde no funciona bien.

Este inmenso monto de dinero es solo una fracción de lo que EE.UU. le ha dedicado a Afganistán. En los pasados 20 años, y solo en ese país, el gobierno de EE.UU. gastó US$ 145 mil millones en actividades de “reconstrucción”, lo cual no incluye, entre otros, los costos de la guerra. Un estudio de la Universidad de Brown encontró que entre 2001 y 2021 el gobierno estadounidense gastó en Afganistán un total de US$ 2,2 billones.

El caso de Afganistán ilustra de manera muy dolorosa cómo dos décadas seguidas de intervención militar multinacional, amplio apoyo político mundial, cientos de miles de muertos e inimaginables cantidades de dinero no fueron suficientes para afianzar la democracia.

Otra idea que, a la luz de lo que pasó en Afganistán, resultará difícil defender, es que Estados Unidos cuenta con las Fuerzas Armadas más competentes y poderosas del mundo. Es, sin duda, el Ejército más tecnológicamente sofisticado del planeta. Y el más costoso. Pero no el más exitoso.

El general Chris Donahue sube a bordo de un avión de transporte C-17 como el último miembro del servicio estadounidense en salir del Aeropuerto Internacional Hamid Karzai en Kabul, el 30 de agosto de 2021. Foto: Reuters

Ver a un talibán en sandalias, turbante y ametralladora y compararlo con un marine con chaleco antibalas, equipos de comunicación, lentes de visión nocturna, explosivos especiales, múltiples armas y apoyo de drones, helicópteros artillados, aviones y satélites no puede ser más revelador. Equipar al talibán debe haber costado unos cientos de dólares. Apertrechar al marine cuesta US$ 17.500, sin contar los costos del apoyo aéreo, cibernético y logístico. Que el talibán en sandalias y sin mucha tecnología de apoyo haya sido quien derrotó al bien apertrechado y súper entrenado marine es un resultado que será estudiado por mucho tiempo en las escuelas militares del mundo.

Es interesante notar que estas dos ideas derrotadas en Kabul tengan en común el exceso de dinero como un factor que en vez de ayudar a alcanzar el objetivo deseado distorsionó el esfuerzo y, en última instancia, contribuyó a su derrota.

Es muy importante que se saquen las lecciones correctas de estas derrotas. Sería un error concluir que los países que son el baluarte de la democracia mundial deben cesar sus esfuerzos por proteger y fortificar las democracias débiles que hoy proliferan. Lo importante es entender cuáles son las áreas donde la ayuda extranjera puede ser más útil y qué forma debe tener esa ayuda. Es obvio que la manera como se ha instrumentado la promoción de la democracia no está funcionando.

Lo mismo vale para los militares de EE.UU. Claro que deben disponer de la mejor tecnología a su alcance y que sus efectivos deben tener el mejor entrenamiento y equipo. Pero ¿cuesta eso US$ 740 mil millones? ¿Debe superar el gasto militar estadounidense a la suma de todo el gasto militar de los 11 países que más gastan en sus Fuerzas Armadas? ¿No son estos presupuestos prácticamente ilimitados una fuente de errores estratégicos? ¿Hubiese durado dos décadas la guerra en Afganistán si los militares hubiesen tenido más limitaciones presupuestarias? ¿Mi respuesta a todas estas preguntas? No.

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