El gatopardo en Algarrobo

Atardecer en el Litoral Central

15 de JUNIO de 2012/ALGARROBO FOTO: OSVALDO VILLARROEL / AGENCIAUNO

El paisaje, aunque afeado por el progreso a la chilena, sigue siendo el mismo, esas playas exquisitas, esas encantadoras casas de piedra y madera, esa luz y esos roqueríos imponentes y, sobre todo, esos inmensos bosques que, hoy como ayer, encantan, aunque estén cortados por un edificio más irregular que la gestión de Aróstica en el TC.


El tiempo no pasa en vano y nada ni nadie es nunca exactamente el mismo.

No viene esta obviedad a propósito de #FaceApp, esa aplicación fotográfica de moda que simula la vejez, sino porque estuve el fin de semana por tercera vez en mi vida en Algarrobo y si bien, tal como me habían comentado con cierta alharaca, todo ahí ha cambiado mucho, me pareció que, en el fondo, nada ha cambiado tanto.

Seguramente me influyó andar leyendo El Gatopardo, maravilla de novela que expone la serena aceptación de la revolución por parte de un príncipe ejemplar que confía en que nada será nunca tan revolucionado, que es necesario que todo cambie para que todo permanezca.

Vi un Algarrobo que, a diferencia de otros lugares (como Concón), no ha sido totalmente desfigurado por el progreso irracional. Más bien, creo, todo sigue ahí, partiendo por el bosque de El Canelo. Otra cosa es que el clasismo chileno, que tampoco ha cambiado mucho, desprecie a los que con el tiempo han llegado al litoral.

Mi primera ida a Algarrobo fue al final de la niñez en un paseo de curso del cual, aparte de la permanente voluntad de pichanga, lo único que recuerdo es que en las noches, en unas cabañas aledañas al bosque de El Canelo, tomábamos pisco a escondidas: la meta era vomitar o, más bien, hacerlo para poder contarlo al día siguiente como choreza.

De mi segunda ida, ya al final de la adolescencia, el 98, recuerdo entre otras cosas haber paseado también, aunque sobrio, por ese bosque. Recuerdo, de hecho, cómo esa segunda vez me estremecí de nostalgia al pisar las ramas de pino seco y rememorar mis pasos por ahí mismo durante esa beoda visita escolar, ocurrida apenas seis o siete años antes, aunque entonces me diera la impresión de que entre una y otra mediara una vida entera.

Ahora que volví tras dos décadas me pareció que no había pasado casi nada. Que si bien cambió –la aparición de mil condominios, la sonajera permanente del trap en el viento–, en el fondo, tal como en la Sicilia del Gatopardo, nada cambió demasiado. El paisaje, aunque afeado por el progreso a la chilena, sigue siendo el mismo, esas playas exquisitas, esas encantadoras casas de piedra y madera, esa luz y esos roqueríos imponentes y, sobre todo, esos inmensos bosques que, hoy como ayer, encantan, aunque estén cortados por un edificio más irregular que la gestión de Aróstica en el TC.

Y si bien los bosques son una clásica y universal metáfora de la permanencia, que el de El Canelo aún lo sea en el Chile neoliberal no deja de ser. Mientras el Gatopardo pasea con un amigo se dice que, a diferencia del campo, donde "se halla implícito un sentido de tierra transformada por el trabajo", el bosque de espinos por el que caminan está "en el idéntico estado de maraña aromática en que lo habían encontrado los fenicios, dorios y jonios cuando desembarcaron en Sicilia en la Antigüedad".

Lo que quiero decir es que, aunque el llamado proyecto de desarrollo modernizador de Chile nos tiene los lugares y las costumbres totalmente reinventados, subsiste un espíritu, maraña aromática, ADN o como quiera llamársele que sin temor a parecer nostálgico yo calificaría como mejor al hoy predominante, más sereno, menos achorado y agresivo, de mejor gusto, arquitectura y humor, menos salvaje e irreflexivo, más acogedor.

En Operación masacre, de Rodolfo Walsh, uno de los sobrevivientes al fusilamiento evoca la silueta de un gran árbol que, dice, divisó a lo lejos tras percatarse de que seguía vivo. A Walsh, que le dio crédito al testimonio de estos sobrevivientes y escribió uno de los libros clave de la no ficción y el coraje mundiales, no le calzaba ese detalle, pues en el lugar había muchos árboles. Walsh sabía que ese hombre no le mentía, y al volver nueve meses después descubrió que se trataba de un efecto óptico producido desde el sitio exacto del fusilamiento, que bastaba alejarse unos pasos y el "árbol fantasma se descomponía en varios".

Algo así habría que hacer con el Chile tapiado. Saber verlo, romper el hechizo que lo oculta. Si todo ha cambiado pero en el fondo nada ha cambiado tanto, es cosa de saber mirar, de localizar el punto de vista adecuado para hallar las señales de ruta y comenzar la gran recuperación. Pero primero, como Walsh o el Gatopardo, hay que saber confiar.

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