El Pelado no se mancha

FOTO: AGENCIA UNO.

Seguramente, algunos como Oliva creen que la historia, en política o en el fútbol, parte con su generación y que todos los cimientos que le preceden están para destruirlos y renegar de ellos.




“En cualquier tarea se puede ganar o perder, lo importante es la nobleza de los recursos utilizados. Lo importante es la dignidad con que recorres el camino en la búsqueda del objetivo”, afirmó Marcelo Bielsa. Misma frase que se me vino a la mente al escuchar la insólita e injusta analogía que ocupó Karina Oliva para explicar su derrota.

Evidentemente, la comparación sobre los esquemas tácticos de Acosta y Bielsa daría para horas de análisis y agudas discusiones. En el inconsciente colectivo, el ratoneo del uruguayo nacionalizado versus el despliegue ultraofensivo que demostraban los equipos entrenados por el argentino podrían sustentar la teoría de Oliva. Pero no se trata de mirar un partido o táctica en particular: la apelación a la épica, disciplina y convicción de uno, por sobre el otro, constituye un cuestionamiento integral a la figura del calvo estratega que los chilenos no podemos tolerar.

¿Disciplina? Disciplina es lo que requería un joven de 16 años para conciliar el trabajo, su responsabilidad, con el fútbol, su pasión. Es lo que le permitió saltar de un pequeño villorrio al estrellato total; primero en Uruguay y luego en Chile. Más allá de su talento para jugar o entrenar, la historia de Acosta no es una de azar, sino de profunda responsabilidad con el trabajo y amor por la pelota.

¿Convicción? Que más convicción que confiar en la juventud y ser el insigne promotor del recambio en el fútbol chileno. Fue Acosta el que hizo debutar, primero en Cobreloa con 16 y luego en la Roja, con 17, a Alexis, máximo goleador en la historia de Chile. Fue el Pelado, igualmente, quien confió en Bravo para defender el arco de Chile en Barranquilla, en desmedro del histórico Nelson Tapia. Para que celebrara un Bielsa o Sampaoli, hubo un Acosta antes que sentó las bases del futuro.

¿Épica? Que más épica que, luego de 16 años de ausencia en la Copa Mundial, Chile haya regresado de la mano de Acosta con ese contundente triunfo ante Bolivia. La misma épica que demostró Salas para derrotar a Inglaterra en Wembley o con la que destelló nuestra mítica dupla Za-Sa al empatar, en el debut de Francia 98, a la Italia subcampeona del mundo.

Esa es la nobleza y dignidad del Pelado Acosta en su tránsito por el mundo del fútbol y el legado imborrable que dejó. Un uruguayo que decidió convertirse en chileno por convicción; que eligió nuestro país para echar raíces y formar una familia, y que, enfrentado a una compleja enfermedad, decidió retirarse y envejecer con dignidad. No hay ninguna duda que Acosta cumplió con creces los objetivos que se planteó en su vida, y su legado no serán la táctica ni el esquema, sino el corazón y la entrega que demostró a lo largo de su carrera.

Seguramente, algunos como Oliva creen que la historia, en política o en el fútbol, parte con su generación y que todos los cimientos que le preceden están para destruirlos y renegar de ellos. Pero somos muchos los que no solo disfrutamos de los éxitos y triunfos del tiempo presente, sino que valoramos profundamente el rol y el compromiso de miles que nos antecedieron y que contribuyeron, cada uno con su grano de arena y desde sus distintas veredas, a la construcción de Chile, sea en el fútbol o en la política.

Así como emociona ver a Gary elogiando a nuestro gran capitán Iván Zamorano, horas antes de un crucial partido ante Argentina, estoy seguro de que cientos de jugadores, técnicos e hinchas chilenos y extranjeros recordaremos con cariño y agradecimiento al gran Nelson Bonifacio Acosta, y rechazamos, con vehemencia, el desprecio de la fallida gobernadora.

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