El estadio de los simios

Colo Colo vs Universidad Catolica

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No basta con declaraciones tibias ni con miradas complacientes: se requiere de acciones decididas y de coraje para enfrentar a estos seres irracionales. Se puede estar a favor del movimiento social, en contra de Piñera y, a la vez, rechazar la acción de los simios.


No habían transcurrido más de 5 segundos del "minuto de silencio" que los jugadores de Colo Colo y Universidad Católica ofrecían al fallecido arbitro Rubén Selman, cuando desde el sector de la Garra Blanca comenzaron los cánticos contra el Presidente de la República. "Piñera…. C… asesino… igual que Pinochet…". Es el grito de moda en los estadios en esta temporada y, para este partido, representaba un aperitivo del escándalo futbolístico que se produciría después. Más allá de la figura de Selman y su recuerdo entre los hinchas, quedaba claro que no iba a ser una jornada tranquila ni menos enfocada en el juego de la pelota.

Desde el inicio del estallido de violencia, los llamados barrabravas del fútbol, independiente del nombre del equipo, asumieron un protagonismo especial. Por lo pronto, fueron activos participantes de las concentraciones en Plaza Italia y decoraron las calles y estatuas con sus símbolos y banderas. Además, como un hito significativo, lograron suspender el campeonato nacional del año pasado, presionando y amenazando la integridad de los jugadores y el publico asistente a los estadios para conseguir ese objetivo. ¿Cuál es la motivación de estos pseudo-hinchas para contribuir al caos social? ¿Quién financia sus actos de desorden y tolera sus conductas ilegítimas? ¿Cuál es la estrategia detrás del estado de convulsión permanente que amenaza a una actividad tan importante para los chilenos?

La aproximación inicial del mundo del fútbol fue de comprensión y apoyo a estas expresiones de protesta. Para Marcelo Barticciotto valían la pena los cánticos, las marchas y los retrasos; para el "Comandante" Mario Salas, las manifestaciones debían continuar como un recordatorio permanente y los futbolistas debían ser empáticos con lo que pasaba en la calle; Aníbal Mosa, el dirigente albo, afirmaba que también había marchado, despotricando contra Carabineros y validaba, implícitamente, la violencia y las presiones que buscaban imponer el desorden social. Cada una de estas expresiones, junto a muchas más de actores políticos y sociales, relativizaron los actos de violencia grave que ocurrieron y siguen ocurriendo en el país. Cada una de estas muestras de "empatía", terminaron por validar la acción de una minoría violenta e incontrolable, que ha convertido la protesta social en un campo de batalla y que busca imponer el caos y la anarquía, por sobre la normalidad.

En la jornada del domingo, no eran más de 50 los desadaptados que provocaron los desórdenes, interrumpieron el partido y obligaron a su suspensión luego del ataque que recibió un jugador de Colo Colo. A ellos, se suman algunos cientos de personas más, que los ocultan y los encubren dentro del estadio, facilitando su impunidad. El resto -los miles de espectadores en el Estadio Monumental y cientos de miles que lo ven por televisión-, tenemos que permanecer impávidos frente a este espectáculo y asumir que la normalidad no se va a recuperar y que el fútbol no puede continuar.

Yo al menos, me resisto a eso. No estoy dispuesto a seguir callado frente a este tipo de injusticias y ser complaciente ante una violencia que se pasea frente a nosotros y no somos capaces de rechazar con contundencia. Esos pocos que provocan desórdenes y que tienen capturado al fútbol no son hinchas: son delincuentes, que se comportan como verdaderos simios o primates, porque demuestran tener poco cerebro o carecer de ello; actúan en grupo inconexamente y se comunican con agresiones, gritos e insultos, no con palabras.

Por todo esto, es fundamental que jugadores, dirigentes, periodistas e hinchas, dejen sus banderas políticas de lado y se sumen a la condena total a este tipo de comportamientos salvajes que están dañando el fútbol y destruyendo al país. No basta con declaraciones tibias ni con miradas complacientes: se requiere de acciones decididas y de coraje para enfrentar a estos seres irracionales. Se puede estar a favor del movimiento social, en contra de Piñera y, a la vez, rechazar la acción de los simios.

De lo contrario, arriesgamos mucho más que la suspensión de un partido de fútbol o la paralización de una actividad que tendrá enormes consecuencias para los trabajadores del mundo del fútbol. Un estadio capturado por los simios es el preludio de un Estado capturado por estos mismos primates que avanzan libremente ocupando el espacio público, gracias al silencio cómplice y la inactividad de una mayoría que no reacciona ante tan grave amenaza.

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