Hasta que se rebasó

marcha

Si bien las interpretaciones de las causas que originaron el malestar a la base de la seguidilla de protestas sociales se multiplicarán, creo que la pregunta relevante no es tanto qué fue lo que rebasó el vaso, sino qué lo fue llenando hasta derramarlo.




Durante las semanas y meses previos al estallido social iniciado el 18 de octubre, la siempre densa trama de encuestas sobre la arena social y política no mostró en ningún momento al transporte en un sitial relevante entre las preocupaciones ciudadanas. Sin ir más lejos, la encuesta CEP de junio de este mismo año lo ponía en el último lugar -sí, leyó bien- de los problemas a los que debía abocarse el gobierno.

¿Fue un problema de las encuestas y su capacidad predictiva lo que no nos permitió avizorar la crisis social que se desataría en el país? En este caso, creo que no. Más ahora que ha quedado meridianamente claro que el alza en las tarifas del metro fue sólo el detonante de una crisis larvada, desatando una de las revueltas sociales más grandes en la historia de Chile.

Si bien las interpretaciones de las causas que originaron el malestar a la base de la seguidilla de protestas sociales se multiplicarán, creo que la pregunta relevante no es tanto qué fue lo que rebasó el vaso, sino qué lo fue llenando hasta derramarlo. También creo que información para ver cómo se llenaba el vaso, había.

De hecho, las mismas encuestas mostraban una sostenida pérdida de confianza en el modelo de desarrollo neoliberal, basado en un crecimiento económico que, en los hechos, distribuye muy inequitativamente sus frutos entre las personas. Una pérdida de legitimidad social que asentó un malestar en torno a cómo se distribuían sus beneficios y costos: cuando el crecimiento económico era alto, favorecía principalmente a las clases altas y cuando era bajo, afectaba masivamente a los segmentos medios y pobres.

Para empeorar la confianza en el modelo de desarrollo, la promesa de tiempos mejores que llevó a Sebastián Piñera a La Moneda, basada en el reimpulso del crecimiento y la inversión, no se materializaba en los bolsillos de una amplia mayoría de ciudadanos. La frustración devenida en rabia avivaba la incertidumbre sobre el curso presente y futuro de la economía personal.

El INE en tanto confirmaba el alto endeudamiento de la población, aguzando el agobio ante la pérdida de esperanzas en el horizonte económico. Concretamente, a más del 60% no le alcanzan los ingresos mensuales para sobrellevar su vida, debiendo incurrir cada vez en más deudas para paliar sus necesidades.

Complementariamente, las encuestas evidenciaban que las pensiones se tornaban algo tanto o más acuciante que la delincuencia, y que la salud apretaba por todos lados: acceso, calidad de la atención y precio de los medicamentos. Ambos temas -pensiones y salud- prendía recurrentemente las alarmas en medio de un acelerado envejecimiento poblacional, que anuncia para amplios sectores de clase media asalariados una vejez de pobreza. Haber hecho grandes esfuerzos por salir de la pobreza perdía así su sentido, al ser el punto de retorno después del camino de sacrificios que incluyen años de largos traslados entre el hogar y el lugar de trabajo, extensas jornadas, bajos sueldos y el riesgo latente de ser alcanzado por las deudas ante la cesantía o la enfermedad.

Por el lado de las instituciones, hacía rato arreciaba una crisis descomunal de confianza sobre el parlamento, tanto por su incapacidad de hacerse cargo de las demandas ciudadanas como por privilegiados sueldos condimentados con jugosas dietas y la evidencia de su coaptación a partir del financiamiento ilegal de sus campañas.

Una "clase política" que, tras haber optado por el voto voluntario, ahora era elegida por menos de la mitad del padrón electoral y apuntada -transversalmente- como más preocupada de mantener sus privilegios que de resolver las demandas ciudadanas.

Como si esto fuera poco, los últimos dos gobiernos habían caído en desgracia al conocerse los privilegios a los que accedían los hijos de los mandatarios, terminando por mellar también la confianza en el Ejecutivo.

Un escenario ciudadano cuyo telón de fondo es una experiencia de desigualdad de ingresos y oportunidades tan grande respecto de la elite económica y política que se tornó insoportable.

Mientras los (¿ex?) ministros de Hacienda y Economía se mofaban de las dificultades que conllevaba el alza en la tarifa del metro, un masivo segmento de la población encontró el polvorín que faltaba para expresar rabiosa y colectivamente el agobio contenido antes las dificultades para sobrellevar la vida cotidiana.

Información había, las demandas estaban. El error estuvo en la interpretación poco empática y desconectada de la ciudadanía que de ellas hicieron el gobierno y buena parte de la homogénea elite política y económica. Por querer seguir viendo el vaso medio lleno del oasis en que supuestamente vivíamos, no vieron que el vaso estaba listo para derramarse.

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