Jóvenes comparsas

Secundarios se toman el Liceo República de Siria en Ñuñoa, sede de la PSU.

El 6 y 7 de enero, las protestas de escolares contra la PSU inhabilitaron decenas de locales.

Quién sabe qué pasa por sus cabezas, pero probablemente no tienen ninguna convicción sobre los medios y los fines: le echan pa' delante, total, el objetivo es echar abajo el neoliberalismo. Al parecer, subyace a sus posiciones una idea de la justicia social que se ha vuelto loca: se dan cuenta que la PSU reproduce una cierta desigualdad social, pero no son capaces de distinguir ni entrar al mundo de las causas que la produce




Polibio caracterizaba la democracia como aquel régimen donde se respeta a los padres, se venera a los ancianos y se obedece a las leyes. Además, añadía el historiador griego, si no se cumplen estas condiciones, con el tiempo se llega a la "oclocracia" o gobierno de la muchedumbre. En Chile, formalmente somos una república democrática, pero no sabemos en qué momento nuestra democracia comenzó a erosionarse, ni tampoco sabemos cuándo las leyes ―en un país con una fuerte tradición legalista―, comenzaron a transformarse en cuerpos sin vida, en jugarretas de los políticos sin aplicación práctica alguna.

Las actitudes y reflejos de los jóvenes dicen mucho de la salud de una comunidad política. Como es sabido, la ACES, un grupo "representativo" de los estudiantes secundarios, "funó"la PSU. Sin mucha resistencia de otro organismo pseudo-corporativista (el Consejo de Rectores), los estudiantes finalmente dejaron a un buen porcentaje de postulantes sin rendir la prueba oportunamente. Lo más llamativo fue la actitud de varios jóvenes progresistas, un poco más grandes y generalmente provenientes de colegios de élite, todos ex dirigentes de política universitaria y posiblemente con altos puntajes PSU, que salieron a criticar la PSU; parecían condenar la violencia, pero en los hechos se sumaban tácita y larvadamente a la "funa". Uno, por ejemplo, se lamentaba de tanta violencia, pero decía "ojalá que sirva para cambiar de una vez por todas la PSU". Otros tantos más, varios de ellos diputados, filosofaban de la violencia como una abstracción, pero olímpicamente eludían el problema. Mientras tanto, muchos padres angustiados no sabían qué hacer, intentando contener a un par de violentistas que parecían dueños del estado.

Estos jóvenes, algunos "no tan jóvenes", no tienen problemas en tararear "el violador eres tú" y condenar ―tirando el tejo bien pasado― la violencia de los hombres hacia las mujeres, pero al mismo tiempo adolecen de una gran dificultad para reconocer la violencia que afecta a la convivencia política más básica y que es origen y destrucción de todo diálogo ciudadano, sobre todo si estamos ad portas de un proceso constituyente. Quién sabe qué pasa por sus cabezas, pero probablemente no tienen ninguna convicción sobre los medios y los fines: le echan pa' delante, total, el objetivo es echar abajo el neoliberalismo. Al parecer, subyace a sus posiciones una idea de la justicia social que se ha vuelto loca: se dan cuenta que la PSU reproduce una cierta desigualdad social, pero no son capaces de distinguir ni entrar al mundo de las causas que la produce. Quizá, agotados del existismo de sus hogares y círculos sociales de origen, han terminado estériles si se trata de distinguir entre fines y medios. Vislumbran la injusticia que sus padres no ven, pero terminan atrapados en el mismo círculo que critican, validando cualquier camino con tal de romper con el statu quo.

El problema es que, en política ―suponiendo que de ellos saldrá la próxima generación de políticos―, no se puede pretender gobernar a otros ―o ser élites para otros, como ellos se muestran en tanto ex dirigentes estudiantiles― desde los complejos personales. La injusticia, la desigualdad y la segregación de todos los tipos, ciertamente influyen considerablemente en el acceso a la educación superior. Y, por su supuesto, es probable que hayan gatillado una buena parte del malestar social que actualmente experimentamos. Es cierto que no es suficiente condenar la violencia y quedarse de brazos cruzados como hacen algunos conservadores, porque generalmente la violencia tiene una explicación en la injusticia. Pero el hecho que la violencia tenga una explicación, no significa que sea justificable en determinados contextos.

Si Polibio tiene razón, la erosión de la democracia chilena comenzó hace varios años con la silenciosa transformación de la juventud chilena. Jóvenes que no vivieron los fantasmas de los sesenta y setenta, ajenos a la memoria del pasado que tanto dolor trajo a Chile y que nos enseñó que la violencia es avasalladora cuando se le concede el más mínimo punto. Son jóvenes al parecer "nuevos", con muchos rostros y orígenes sociales, algunos de la ACES, otros de universidades del barrio alto, otros tantos fueron a posgraduarse al extranjero, otros pelan el ajo ni estudiando ni trabajando y muchos están en la llamada "primera línea". Jóvenes que comparten realidades muy

diversas, pero todos crecientemente incuban una cierta indolencia hacia las generaciones anteriores ni cualquier relación con la memoria histórica, especialmente si se trata de sus propios padres ―ni les importó que hayan sido ellos, inéditamente, quienes estuvieran de guardia apoyando a sus hijos mientras rendían la PSU― y una preocupante y ambigua ―porque no lo dicen explícitamente― validación de violencia política. Por más másteres y doctorados que muchos de ellos tengan, ¿de qué educación nos pueden hablar?

Comenta