La última semana de la Unidad Popular

Eduardo Frei Montalva

Frei Montalva junto a Salvador Allende, quien fue su sucesor en La Moneda | Foto: Archivo Copesa

La calle es respetable, pero masiva, y por lo tanto sin conducción. Alguien, generalmente el más vivo, fuerte o pícaro, toma siempre esta conducción. Y eso es siempre la destrucción de la democracia.



Por esas casualidades, estoy en estos momentos terminando mi libro sobre la Unidad Popular que debería estar en librerías en abril de 2020. Estoy en la semana anterior al golpe de Estado. La tentación de decir que hay patrones que se repiten hoy, la primavera de 2019, es alta, pero sí hay algo que se repite, sin duda: la falla absoluta de las instituciones para contenerse unas a otras y, en mí al menos, la sensación de que "todos saben lo que va a ocurrir".

La historia no se copia a sí misma tal cual, sino como un eco, dice el dicho. ¿Qué eco siento ahora? El innombrable eco. Lamento lo aguafiestas. Es el eco del horror y del miedo.

Entre el cuatro y el diez de septiembre de 1973 todo el mundo sabía que el golpe militar venía, y que sería sanguinario y brutal.

La negociación pública entre el gobierno y la DC, a principios de agosto, duró menos de 24 horas. Quince días después, Allende y Aylwin —entonces presidente de la DC— se juntaban en secreto en la casa del cardenal Silva Henríquez. Allende parecía disociado de su propio piso negociador, que era factualmente inexistente, pero qué diablos, aún era el presidente de la república. Aylwin no tenía elástico para ceder en nada. Sin embargo, eventualmente, ambos políticos acordaron una vaguedad: continuar con unas conversaciones semi-secretas entre ambos bandos sobre, al menos, las empresas requisadas por la UP y la desactivación de los grupos "paramilitares" según la oposición que, en clave UP, era lo que se conocía como el "Poder Popular".

Llegado septiembre, la evidencia apunta a que Allende, sin tener muy clara la forma, el cómo, ni nada más, comenzó a amasar dos ideas: la primera fue descartada rápidamente por resultar infumable para los partidos de la Unidad Popular, pero existió: llamar a la DC —y de nuevo a los militares— al gabinete. La segunda sobrevivió unos días más: llamar a un plebiscito.

A lo largo de los años, se ha tendido a romantizar esta idea del plebiscito como una suerte de solución de Allende que no fue aceptada por los complotados. ¿Sobre qué era el plebiscito? Lo más probable era sobre la reforma constitucional que permitiría conformar, sobre la base de empresas expropiadas, un "área social de la economía". La DC y la UP se habían enfrentado con respecto a esto porque la reforma que salió del Congreso otorgaba a éste, no al Ejecutivo, la potestad de decidir qué empresas pasaban al fisco. Allende se negó a promulgar la ley. La DC le solicitó un plebiscito, que era la herramienta constitucional, a su juicio, adecuada. La discusión constitucional duró meses. Pero, en fin, más que sobre de qué se podía tratar un eventual plebiscito, el presidente quería anunciarlo: ese solo hecho político podía, creía él, desactivar el complot.

No hubo llamado a plebiscito. Hay evidencia que parece sugerir un arrepentimiento de Allende hacia el 9 de septiembre. Otra, indica que el anuncio se haría en la entonces Universidad Técnica del Estado (hoy Universidad de Santiago), el mismo día 11.

Lo que sea que hubiera pasado —el fantasma del "Poder Popular", la búsqueda del golpe de Estado por parte del "freísmo" DC y el Partido Nacional— hay algo que repica hoy: mientras el sistema político se atrincheraba en sus posiciones, la democracia chilena se desfondaba y a nadie le parecía importar mucho. Por lo demás, las fuerzas que darían el golpe de Estado el once de septiembre ya habían tomado la decisión.

Para hablar con seriedad de la UP se necesita mucho más que una columna, pero si algo se puede decir aquí, hoy, en forma más o menos articulada, es lo siguiente: la Unidad Popular fue una respuesta de modernidad fallida, dada desde una ideología que a comienzos de los setenta gozaba de buena salud, pero que era fieramente resistida por al menos la mitad del país. ¿Alguna coincidencia?

Solo queda un consuelo. Esto es solo un eco, no una sinopsis de las atracciones que vienen. La ventaja que tenemos en este minuto es que aún las eventuales fuerzas que pueden propinar un golpe que deje nocáut a la Democracia no han tomado la decisión. La ventaja que tenemos en este minuto es que aún esto no se ha ido completamente de las manos de la política. Pero está a punto.

Si algo de la tragedia de la UP se está repitiendo ahora es esto: el eco de un golpe de Estado, todos los dioses nos amparen. ¿Cómo será? Tanto o más horrible que las violaciones a los derechos humanos y los saqueos y los incendios y la incertidumbre y el miedo y la rabia. Probablemente todo se apague de la noche a la mañana en una circunstancia así, pero ya sabemos el costo que ello tiene: toma generaciones recomponernos, y las deudas de sangre no se pagan jamás. Lamento, de nuevo, lo aguafiestas, pero la experiencia de primaveras democráticas es esta: terminan mal. La calle es respetable, pero masiva, y por lo tanto sin conducción. Alguien, generalmente el más vivo, fuerte o pícaro, toma siempre esta conducción. Y eso es siempre la destrucción de la democracia. Sin democracia no habrá avances sociales reales. Será penca, fome, lenta y fea, pero es lo único que nos garantiza que los cambios se queden.

La máquina del tiempo no existe y no podemos prevenir, hoy, el golpe de 1973. Pero sí estamos a tiempo de evitar la honda sombra que se cierne sobre nosotros hoy.

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