Paco bueno, paco muerto

REUTERS/Andres Quezada

Ni Juan ni Francisco merecían morir ese día y es hora que nuestra atormentada sociedad comprenda que, si seguimos confrontándolos artificialmente, este tipo de conflictos y trágicos sucesos van a repetirse con mayor frecuencia.




Paco bueno, Paco muerto”, no solo es un slogan que se repite en múltiples grafitis callejeros sino también una “canción” interpretada por el grupo Pirómanos del Ritmo que dice, entre otras barbaridades, que “no existe peor esclavo que el que tiene el látigo en la mano; Paco, haz algo bueno y dispara tu arma a tu cerebro; Paco bueno, paco muerto”.

Juan no se levantó esa mañana con ganas de disparar ni de matar a nadie. A cientos de kilómetros de su familia y su pequeño hijo, simplemente y al igual que todos los días, salió a cumplir su labor de garantizar y mantener el orden público. Pero quizás, en los últimos años, ese transitar por las calles de Panguipulli o Temuco, se ha sentido más pesado al ser depositario del odio y resentimiento que miles de Carabineros sienten día a día, por parte de fanáticos seguidores del perro Matapacos, que preferirían que esa institución no existiera.

Francisco tampoco se levantó esa jornada pensando que sería la última de su vida. Distante a cientos de kilómetros de su comuna de origen, había deambulado errante por muchos lugares dentro y fuera de Chile, antes de arraigarse en Panguipulli. Como cualquier día, salió con sus machetes a pararse en una esquina y ejercer su oficio de malabarista, buscando a través de chispazos de ilusión y asombro, entretener a otros para ganarse un plato de comida.

Francisco no merecía morir abatido a balazos por un Carabinero. No hay contexto ni razonamiento que nos pueda llevar, tranquilamente, a concluir que ese escenario era deseable. A sus 27 años y con una compleja vida a cuestas, Francisco no era el héroe que algunos, cercanos y no cercanos, buscaron dibujar a pocas horas de su triste muerte. Al contrario, Francisco era un marginado social, abandonado por su familia y por toda la sociedad, carente de condiciones mínimas de dignidad, privado de tratamientos de salud indispensables y que, de no mediar este horrible desenlace, habría muerto solo y desamparado en algunos años, sin la concurrencia masiva y oportunista que atendió su funeral.

Juan tampoco merecía morir doblegado por un par de machetes. Solo la justicia, imparcial y razonable, si es que existiera, debiera determinar si su defensa fue proporcional y legítima a la agresión que recibió en ese acto irracional. Juan no es el monstruo que algunos pretendieron configurar a pocas horas de esta tragedia ni es el símbolo vivo de la supuesta represión desatada de la fuerza policial chilena. Al contrario, Juan es simplemente uno más de los miles de Carabineros que, a pesar de todo, se levantan todos los días y ponen sus vidas en riesgo, literalmente, para protegernos a todos nosotros.

Los que creemos que en toda sociedad democrática debe existir seguridad y orden, sabemos valorar el enorme rol que cumple Carabineros en la compleja articulación de los derechos y deberes que nos corresponden como ciudadanos. Los que no, son los mismos que, bajo la excusa de homenajear a Francisco, proponen la refundación total de nuestras instituciones y, además, promueven quemarlo todo, metafórica o literalmente.

Ni Juan ni Francisco merecían morir ese día y es hora que nuestra atormentada sociedad comprenda que, si seguimos confrontándolos artificialmente, este tipo de conflictos y trágicos sucesos van a repetirse con mayor frecuencia.

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